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martes, 8 de abril de 2008

inventario de lecturas [ 2 ]


Mis primeras lecturas son bastante irregulares en términos de frecuencia y erráticas desde el punto de vista del criterio de selección. Tal vez sea mejor decir que no hubo en ellas ningún criterio de selección consciente y que las cosas que leí por cuenta propia antes de los 16 años las escogí orientándome por lo que había visto leer a mis dos hermanos mayores o por lo llamativos que me resultaban los títulos de los libros que había en mi casa. Así de sencillo.


La aridez del listado que presento a continuación da fe de que para mí hasta los 16 años leer carecía de interés.


Lecturas por cuenta propia antes de los 16 años:


- Versión ilustrada de El sastrecillo valiente, de los Hermanos Grimm: la primera vez que lo cogí me inventé la historia porque no sabía leer pero después lo leí y lo releí durante varios años.


- Corazón, de Edmundo d’Amicis: como no me gustaba leer, me lo leí tres o cuatro veces para que mi papá viera que de cuando en cuando hacía algo distinto a perder el tiempo.


- Colección familiar de Condorito: mi primer clásico de clásicos.


- Fragmentos de la enciclopedia El mundo de los niños: daba gusto ver en la biblioteca los lomos de los tomos, que en su interior tenían bonitas ilustraciones.


- Fragmentos de la enciclopedia Salvat: me encantaba encontrar siempre una explicación acerca de cualquier palabra que se me viniera a la cabeza.


- Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach: WTF


- Love Story, de Erich Segal: WTF


- Tiempos difíciles, de Charles Dickens: como conté la semana pasada, lo cogí de la biblioteca de mi casa después de que el profesor Ignacio Muñoz nos sorprendiera haciendo guerra de tiza en cuarto de bachillerato.


- Rayuela, de Julio Cortázar: primer intento fallido de tres. Al cuarto vino la vencida.


A pesar de que estuvo plagada de lugares comunes, tengo un bonito recuerdo de mi iniciación como lector a los 17 años. Una buena parte de lo que leí entre 1995 y 1996 —último año de colegio y primero de universidad, respectivamente— forma parte del repertorio de lecturas obligatorias de un lector adolescente del medio del que vengo.


No me cabe la menor duda de que con todo y los odiosos lugares comunes, gracias a estos pocos textos no sólo me hice lector sino que también empecé a querer vivir de los libros.





Lecturas por cuenta propia a los 17 años (último año de colegio):


- Cóndores no entierran todos los días, de Gustavo Álvarez Gardeazábal: una novela sobre la violencia política de Colombia en los años cincuenta que además de tener un argumento excelente está muy bien escrita.


- El fin de la historia y el último hombre, de Francis Fukuyama: lectura inconclusa. Un regalo de mi novia de entonces justo antes de irse a vivir a Paraguay.


- La colonia penitenciaria, de Franz Kafka: impactante y ameno.


- Pedro Páramo, de Juan Rulfo: lo leí hasta el final con la certeza de no haber entendido un carajo.


- ¡Qué viva la música!, de Andrés Caicedo: me pareció insoportable pero me obligué a leerlo hasta el final porque el criterio de algunas personas que me rodeaban y que habían convertido esta novela para adolescentes en un objeto de culto me parecía más confiable que el mío.


- La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera: un primer asomo contundente a la adultez.


- El túnel, de Ernesto Sabato: brutal desde la primera frase.


- La metamorfosis, de Franz Kafka: me costaba trabajo asimilar el hecho de que la gente que sabía de literatura considerara clásico un relato tan simple que hasta yo podía entender sin mayor dificultad.


- El proceso, de Franz Kafka: se me hizo aburridísimo pero como La colonia penitenciaria y La metamorfosis me habían gustado tanto, no me cabía en la cabeza que con esta novela no pasara lo mismo. Lo leí hasta el final a pesar del tedio que me producía la atmósfera lúgubre.


- Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez: la revelación de que la lectura podía ser una fuente de gozo absoluto.






¿Cuál es mi impresión con respecto a todos estos libros ahora que tengo 30 años? De este tema me ocuparé más adelante. Por ahora sólo diré que en algunos casos es radicalmente distinta.


jueves, 29 de noviembre de 2007

de paseo por las librerías / mesa de novedades [ 9 ]

La mesa de novedades de la Fnac del centro comercial El Triangle pone en evidencia un hecho verdaderamente lamentable al que ya me he referido en ocasiones anteriores —ver las entradas del martes 3 de julio y del viernes 6 del mismo mes—: la creciente homogeneización de la oferta en el segmento del gran público del mercado editorial.


Muchos de los sellos de los grandes grupos editoriales ya no se conforman con dedicarse a publicar en serie libros elaborados a partir de fórmulas temáticas y argumentales que han tenido cierto éxito en el mercado. La ya conocida tendencia hacia la estandarización ahora parece estar consolidándose también al terreno del diseño editorial.


La consecuencia de todo esto es que en este segmento del mercado los sellos pierden cada vez más su identidad en términos tanto de línea como de diseño editorial, por lo cual cada vez es más difícil diferenciarlos entre sí y tal vez llegará el momento en el que sea imposible hacerlo. Como el tamaño del libro, el tipo de imagen y de tipografía que se utilizan en la carátula o la composición de ésta son elementos que han perdido relevancia como rasgo distintivo, cada vez estos sellos se parecen más y el lector ya no podrá distinguirlos unos de otros. Lumen, Alfaguara, Plaza & Janes, Seix Barral o Grijalbo tienden a confundirse cada vez más.


Aunque en las grandes superficies la visibilidad de las editoriales independientes sea casi nula —salvo un par de excepciones que tienen un par de títulos en la mesa de novedades sus libros no están allí, por lo que para encontrarlos hay que irse a las estanterías—, al final ellas son las grandes favorecidas de esta tendencia hacia la homogeneización de la oferta porque su principal fortaleza consiste en la oportunidad que representa el hecho de definir una línea que les permita desmarcarse de las demás y llegar a nichos con intereses específicos que los sellos que están en el segmento del gran público normalmente no satisfacen.


Terminada la diatriba, presento el resultado de mi visita de ayer a la Fnac.


Librería: Fnac (centro comercial El Triangle)

Fecha: miércoles 28 de noviembre de 2007 (6.52 p.m.)

Algunos libros de la mesa de novedades:


- Mil cretins, de Quim Monzó


- Un día de cólera, de Arturo Pérez-Reverte


- Tierra firme, de Matilde Asensi


- Las benévolas, de Jonathan Littell


- El celler, de Noah Gordon


- Las Saturnales, de Lindsay Davis


- Contrato con Dios, de Juan Gómez-Jurado


- El códice de la Atlántida, de Stel Pavlov


- Nido vacío, de Alicia Giménez Bartlett


- Zapatos italianos (Sabates italianes), de Henning Mankell


- La sombra, de John Katzenbach


- La suma de los días, de Isabel Allende


- Vila Diamante, de Boris Izaguirre


- El Mundo, de Juan José Millás


- La carretera, de Cormac McCarthy


- Rant, de Check Palahniuk


- El ticket de tu vida, de Brendon Burchard


- El niño con el pijama de rayas (El noi del pijama de ratlles), de John Boyne


- Criptonomicón, de Neal Stephenson


- El tercer secreto, de Steve Berry


- Nombrar a los muertos, de Ian Rankin


- Fuera de un evidente destino, de Giorgio Faletti


- Agua para elefantes, de Sara Gruen


- La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay


- La llegada de los tres, de Stephen King


- Las cenizas del cielo, de Alma Alexander


- Juegos sagrados, de Vikram Chandra


- Un trabajo muy sucio, de Christopher Moore


- Next, de Michael Crichton


- Maridos, de Ángeles Mastreta


- Mil soles espléndidos, de Khaled Hosseini


- La catedral del mar, de Ildefonso Falcones


- Diario de un mal año, de J. M. Coetzee


- Tu rostro mañana 3. Veneno y sombra y adiós, de Javier Marías


- La ciudad sin tiempo, de Enrique Moriel


- La interpretación del asesinato, de Jed Rubenfeld


- Una novela de barrio, de Francisco González Ledesma


- El castillo en el bosque, de Norman Mailer


- Vida y destino, de Vasili Grossman


- La elegancia del erizo, de Muriel Barbery


- La emperatriz de los Etéreos, de Laura Gallego García


- La llave del abismo, de José Carlos Somoza


- El mar invisible, de Juan Cobos Wilkins

martes, 3 de julio de 2007

la homogeneización de la oferta en el mercado del gran público

Hace unos días cuando estaba viendo el listado de los libros más vendidos que saca El Cultural todas las semanas creí descubrir un gazapo en los datos descriptivos de un par de libros: La sangre de los inocentes, de Julia Navarro y editado por Plaza & Janés, ocupa el tercer lugar en el listado mientras que El pedestal de las estatuas, de Antonio Gala y editado por Planeta, ocupa el octavo.


El gazapo que detecté consistía en que la editorial de ambos libros tenía que ser o Plaza & Janés o Planeta porque a todas luces era evidente que no podían ser de editoriales distintas. Quise verificar que estaba en lo cierto yendo a la página de la Fnac para buscar información acerca de los dos libros. Sin embargo, el resultado de mi búsqueda no hizo más que confirmar la información ofrecida por El Cultural.


A simple vista resulta curioso que dos sellos que compiten por un mismo segmento de mercado lleguen a confundirse por las similitudes existentes en el diseño editorial de sus libros. Sin embargo, pensándolo bien esto es lo más normal si se tiene en cuenta que, cualquiera que sea el sector, en el mercado del gran público es donde siempre hay una mayor tendencia hacia la homogeneización de la oferta —que normalmente se hace por lo bajo— porque allí se puede sacar un margen de ganancias satisfactorio vendiendo volúmenes grandes a un precio razonable como lo hacen Ikea, H&M, Dell, Seat o Zara. Vale la pena destacar que en algunos sectores en los que hay una fuerte concentración de la propiedad como el audiovisual, las telecomunicaciones y el editorial la homogeneización de la oferta ha alcanzado niveles mucho más inquietantes y peligrosos porque los bienes simbólicos que estos producen juegan un papel fundamental tanto en la educación como en la formación de la opinión pública.


Justamente en los nichos es donde mejor se puede explorar la posibilidad de ofrecer un producto cuidadosamente elaborado y donde está el potencial para hacer apuestas que, por recorrer caminos menos transitados, no sólo resulten más innovadoras —y, por lo tanto, arriesgadas— sino que también permitan desmarcarse de la competencia. Al fin y al cabo los nichos están mejor segmentados y menos saturados porque sus consumidores exigen productos que se ajusten a sus necesidades. En las entradas que he hecho sobre las fórmulas del éxito y los lugares comunes en la literatura contemporánea ya me he referido a este tema.



Pero las semejanzas entre La sangre de los inocentes y El pedestal de las estatuas no se limitan al hecho de que el diseño de las carátulas de ambas novelas sea casi idéntico. Revisando las sinopsis de ambos libros en la página de la Fnac —que son más bien argumentos de venta en prosa— encontré una serie de elementos comunes a las dos novelas:


El pedestal de las estatuas

Antonio Gala


De la jamás vista ni oída historia de Antonio Pérez, secretario y cómplice de Felipe II. De cómo se convirtió en testigo privilegiado de intrigas palaciegas y accedió a alcobas de reyes y reinas, y de cómo acabó siendo víctima de sus papeles secretos.


El descubrimiento de unos cuadernos desconocidos de Antonio Pérez, el secretario de Felipe II, permite desvelar la Historia oculta de aquellos años en España. El propio secretario reconoce, en sus últimos días, que continúa con vida gracias al arcón donde guarda copia de documentos, legajos, cartas y toda clase de pruebas que implican en asesinatos y siniestras estrategias a la monarquía, a la Iglesia y a casi toda la nobleza, desde los Reyes Católicos hasta Carlos V y su enigmático heredero. Es la confesión total de Antonio Pérez, el más temido verdugo del poder, que terminó siendo víctima de sí mismo.


La sangre de los inocentes

Julia Navarro


Las luchas de poder entre los cátaros y el control que lleva la inquisición propician que la crónica del fraile sea un valioso tesoro a descubrir. Su última frase se convertirá en un enigma a descifrar. Siglos después, antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial, el conde d’Amis, descendiente de una de las grandes familias cátaras, recibirá como legado la crónica de Fray Julián. Apoyándose en la erudición del Profesor Ferdinand, insigne medievalista francés, el conde y un grupo de hombres poderosos de ideología nazi verán en las palabras del fraile las claves para alcanzar lo que más ansían: el tesoro de los cátaros, el Santo Grial. Cuando estalla la Guerra, verá con sus propios ojos como el mundo -y el suyo en particular- se desintegra.


Fascinante trama llena de meandros, pistas falsas y enigmas, salpican esta brutal nueva novela, ambiciosa aventura escrita sin concesiones, llena de víctimas y verdugos en la que nadie ni nada es lo que parece.


A continuación presento las similitudes que permite establecer entre ambos libros el texto que utiliza la Fnac para presentarlos —el primer ítem de la igualdad corresponde a El pedestal de las estatuas y el segundo a La sangre de los inocentes—:


Sobre el tema de la novela: ‘intrigas palaciegas’ = ‘luchas de poder entre los cátaros’

Sobre un documento comprometedor como motivo narrativo de la novela: ‘cuadernos desconocidos de Antonio Pérez’ = ‘crónica de Fray Julián’

Sobre el autor del documento: ‘Antonio Pérez, el secretario de Felipe II’ = ‘Fray Julián’

Sobre el documento como algo que sobrevive al paso del tiempo: ‘copia de documentos, legajos, cartas’ = ‘legado [ de ] la crónica de Fray Julián’

Sobre los momentos históricos que cubre el argumento de la novela: ‘desde los Reyes Católicos hasta Carlos V y su enigmático heredero’ = ‘la inquisición [ y ] Siglos después, antes de iniciarse la Segunda Guerra Mundial’

Sobre las instancias de poder como escenario de la acción de la novela: ‘alcobas de reyes y reinas’ = ‘el conde [ descendiente de una de las grandes familias cátaras ] y un grupo de hombres poderosos de ideología nazi’

Sobre el reto que deben asumir el protagonista y el lector de la novela: ‘desvelar la Historia oculta’ = ‘valioso tesoro a descubrir' y 'enigma a descifrar'

Sobre la suerte final del malhechor: ‘el más temido verdugo del poder, que terminó siendo víctima de sí mismo’ = ‘verá con sus propios ojos como el mundo —y el suyo en particular— se desintegra’

viernes, 8 de junio de 2007

lugares comunes

En su blog The Art of Fiction, Mauricio Salvador hace una convocatoria para la creación de un nuevo diccionario de lugares comunes tanto en la crítica de libros, como en los argumentos a los que recurren los autores para justificar su obra. “Durante algún tiempo hemos estado dándole vueltas a la idea. ¡Hay tanto material allá afuera!”, dice Mauricio.


Mauricio cita perlas recurrentes en la crítica como éstas:


- “Una prosa que no deja concesiones”

- “El verdadero protagonista es el lenguaje”


Por el lado de los autores, algunos de ellos terminan descubriendo el agua tibia con sus intentonas experimentales. Mauricio también da cuenta de los ímpetus vanguardistas de ciertos autores que desde hace varios años han hecho las delicias de los académicos de corte postmoderno:


"La idea de la novela me da mucha desconfianza. Es por eso que en mi novela me propuse hacer una crítica de la idea de novela, desarmarla, jugar con los géneros".


Y con respecto a este tipo de manifiesto lúdico – deconstructivo, comenta que es “como si se tratara del Tristram Shandy o cosa parecida”.


Personalmente me interesa mucho el lugar común tanto en la literatura como en el periodismo. En la literatura hay tres clichés que me fascinan:


- La consumación del amor en París

- El detective intelectual

- El misterio en torno a una gran obra de arte


En cuanto al periodismo, el colombiano —que salvo unas cuantas excepciones se caracteriza por ser poco cuidadoso en el uso del lenguaje, irrespetuoso de la sintaxis y empalagoso y lagrimón— tiene cuatro expresiones que me encantan:


- “Caía una llovizna pertinaz”

- “¡Te llamo desde la prisión!” (esta frase es una recreación del pregón inicial de El preso, una canción de Fruko y sus tesos que representa un hito en la historia de la música colombiana y a la cual los periodistas recurren cada vez que alguna de nuestras celebridades se enrola en el grupo cada vez más grande de figuras de la farándula criolla que desfila por los pabellones de nuestras cárceles)

- “En el aire reinaba una tensa calma”

- “Unas son de cal y otras son de arena”




En [ el ojo fisgón ] he intentado dar cuenta de las fórmulas que he encontrado de manera recurrente en novelas que he leído últimamente en las entradas 'fórmulas / variante # 1 del género negro: el thriller religioso-erudito', 'fórmulas / variante # 2 del género negro: el thriller terrenal', 'fórmulas / variante # 3 del género negro: el thriller filosófico-místico', 'fórmulas / la novela francesa de crisis' y 'fórmulas / la novelita romanticona'—. Cito la manera como planteé el ejercicio de identificar estas fórmulas:


“Cada género y subgénero literario tiene sus convenciones: la tragedia, la épica, los libros de caballería, la novela realista del siglo XIX, los folletines y los thrillers. Si en su momento estas convenciones debían ser respetadas para legitimar la obra y su pertenencia a un género determinado, hoy en día muchos autores las utilizan como fórmulas para inscribir sus obras en una tendencia que está teniendo éxito en el mercado y, de esta manera, congraciarse con los agentes y los editores para garantizar no sólo la publicación sino también el éxito en ventas de lo que escriben —y, por qué no, la posibilidad de pegarle a un premiecillo—.


De cierta manera la existencia y la aplicación de estas fórmulas —gracias a las cuales la literatura está cada vez más llena de lugares comunes— garantizan el funcionamiento del mercado editorial en la medida en que las editoriales, los agentes, las librerías y los autores deben inventar cada día la manera de hacer que su trabajo sea rentable para poder seguir viviendo de él. Aunque este fenómeno puede ser visto como una perversión del mercado, también hay que tener en cuenta que éste cada vez está más segmentado y, que por lo tanto, a pesar de la concentración de la industria editorial todo el tiempo están apareciendo nuevos nichos que configuran circuitos a los que los grandes grupos editoriales no llegan”.


Con respecto a las convenciones dice Mauricio:


“Hay un ensayo de John Barth titulado "Literature of exhaustion" en el que crítica duramente la literatura de convenciones, es decir la novela de impulso realista, debido a que esas convenciones había sido 'usadas' mucho. Los nuevos lectores se encontraron entonces con libros que buscaban a toda costa escapar de esos convencionalismos (y lo lograron), construyendo novelas de estructuras fragmentadas o tiempos dislocados o tipografía loca, que durante un buen tiempo alimentaron los estudios académicos de un montón de universidades. El lector que buscaba aquellos convencionalismos baratos se quedó con el ojo cuadrado viendo cómo los académicos y los escritores se divertían horrores con historias en las que cada cinco palabras te recordaban que lo que estabas leyendo no era una ficción, sino un juego literario y que, bueno, como dijeran los anuncios de Pepsi ¡Es lo de hoy!”.


Aplaudo la iniciativa de Mauricio, a la cual espero poder hacer alguna contribución a su diccionario.

viernes, 27 de abril de 2007

fórmulas / la novelita romanticona

Las historias pertenecientes a lo que llamo ‘la novelita romanticona’ se caracterizan por apelar a convenciones como la entrada del protagonista en una fase de crisis, la ruptura de éste con algunas de las personas más cercanas a él, el paso por un periodo de retiro en el que tomará decisiones determinantes y el encuentro con una persona cuya presencia le dará un nuevo sentido a su vida. Tal vez el rasgo más curioso de este tipo de novelas es que los amantes consuman su amor en París, contribuyendo a perpetuar el estereotipo que las novelitas y películas romanticonas han creado en el imaginario colectivo de que ésta es la ciudad de los enamorados—algo interesantísimo porque París es una ciudad con un aire melancólico, deprimente y desesperanzador—.

Hace un par de meses hice una entrada sobre titulada 'París y la literatura' en la que escribí lo siguiente: “sólo en las novelitas cursis hay parejas de enamorados que se despiertan una mañana soleada en una suite de hotel cuyo balcón da hacia la Place Vendôme, desayunan pain au chocolat con café en una panadería atendida por su anciano y jovial propietario, luego salen a caminar cogidos de la mano por el Sena en dirección hacia la Torre Eiffel y después almuerzan une soupe à l’oignon y une crêpe sucrée en una terraza bajo las arcadas de la Place des Vosges, donde los atiende un camarero de silueta esbelta y una mirada de esas que atraviesa la ropa”.



Advierto una vez más que el modelo que propongo, al igual que cualquier otro, no es más que una simplificación a través de la cual intento identificar elementos comunes a un grupo de obras. En esta medida es apenas lógico que en el momento de examinar cualquier obra que intuyamos que podríamos clasificar dentro de la categoría de la novela romanticona, nos encontremos con que a ésta le faltan algunos de los elementos propuestos o bien con la necesidad de añadir algunos elementos que no están en el modelo.

miércoles, 21 de marzo de 2007

fórmulas / la novela francesa de crisis

La novela francesa de crisis normalmente está escrita en primera persona y es bastante introspectiva, por lo cual en ella prima la digresión sobre la narración como tal. Sus páginas están llenas de interminables párrafos escritos en un estilo farragoso, en los que se desarrollan metódicamente un sinnúmero de reflexiones cuyo hermetismo en ocasiones produce la impresión de que en el fondo de éstas no hay más que un gran despliegue de dispositivos retóricos. Por otro lado, en ella escasean tanto los diálogos como las imágenes contundentes que le ahorrarían muchos rodeos al autor y uno que otro fastidio al lector. Debido a lo anterior su ritmo se caracteriza por ser lento y pesado.



Estas novelas parecen más una confesión de un paciente a su psicoanalista, por lo cual leerlas me desconcierta y me llena de tedio. Mientras las leo sólo me queda extrañar la prosa de Balzac, de Stendhal, de Maupassant o de Zola y me pregunto si los escritores franceses de nuestra época se quedaron creyendo que en narrativa no hay nada después de los viajes interiores de Proust y de la crisis del sujeto a la que se refiere el existencialismo. La reiteración de esta fórmula en la literatura francesa me hace pensar en el planteamiento de Jorge Herralde según el cual ésta, “salvo excepciones como Michel Houellebecq, está en retroceso desde hace décadas en el panorama internacional”.


Francia en crisis


Este tipo de novela da cuenta no sólo de la reconocida predisposición negativa de los franceses hacia las cosas, sino también de su estado de ánimo —Y' a pas de morale !—. Y es que no son pocos los indicios que sugieren que Francia es un país en crisis: la incuestionable insostenibilidad de su modelo económico y social, la progresiva pérdida de relevancia del país en los campos en los que había jugado un rol decisivo, la derrota en la final del Mundial de fútbol de Alemania, la muerte de sus grandes pensadores contemporáneos —Bourdieu, Derrida, Baudrillard—, su rezago frente a sus rivales de otros tiempos —Inglaterra, Alemania y Estados Unidos—, las tensiones que genera la incapacidad de la sociedad francesa de integrar a los inmigrantes y la notable reducción de la influencia del francés por fuera del ámbito de la francofonía europea y subsahariana —si la cosa sigue como va, no tardará en llegar el momento en el que por fuera de los países francófonos esta lengua sólo será utilizada en los corrillos de pseudointelectuales—. C’est chiant, hein ?


Como siempre, advierto que esta fórmula es un intento por recoger en un esquema algunos elementos comunes a un grupo de textos lo suficientemente amplio que he leído.

viernes, 9 de marzo de 2007

fórmulas / variante # 3 del género negro: el thriller filosófico-místico

El thriller filosófico-místico es la tercera y última variante que he podido identificar del género negro, en la cual las reflexiones, las palabras y el comportamiento del detective sugieren que sus actuaciones se rigen tanto por el método de un sistema filosófico como por una moralidad particulares. Justamente gracias a la aplicación explícita del método en cuestión y a la orientación de un gurú, el detective tiene una revelación que le permite resolver el misterio que se esconde tras los crímenes que está investigando.

El detective es la figura central en este tipo de thriller, por lo cual hay un énfasis particular en los rasgos de su personalidad y en su historia de vida que al final le permite al lector entender su racionalidad y la forma como se aproxima al caso que lo ocupa.




No sobra volver a aclarar que este esquema sólo es una simplificación que permite establecer elementos compartidos por un grupo de textos y que una obra cabe bajo la etiqueta del thriller filosófico-místico si su estructura responde en líneas generales al modelo propuesto.

lunes, 5 de marzo de 2007

fórmulas / variante # 2 del género negro: el thriller terrenal

Una variante mucho más convencional del género negro es el thriller terrenal. Aunque con frecuencia abordan cuestiones históricas —sobre todo de la segunda guerra mundial y de la guerra fría—, las historias de este tipo no suelen involucrar temas religiosos ni tampoco articularse en torno a referentes pertenecientes a lo que podríamos llamar la alta cultura. A pesar de que es probable que tanto para las editoriales como para el público los thrillers terrenales actualmente resulten mucho menos atractivos que los thrillers religioso-eruditos, considero que la supervivencia de esta variante está lejos de verse amenazada en la medida en que está más arraigada y en que al ser más sencilla tiene menos elementos susceptibles de ser afectados por las modas de un momento dado.



Advierto una vez más que el modelo que propongo, al igual que cualquier otro, no es más que una simplificación a través de la cual intento identificar elementos comunes a un grupo de obras. En esta medida es apenas lógico que en el momento de examinar cualquier obra que intuyamos que pertenece al thriller terrenal, nos encontremos con que a ésta le faltan algunos de los elementos propuestos o bien con la necesidad de añadir algunos elementos que no están en el modelo.

jueves, 1 de marzo de 2007

fórmulas / variante # 1 del género negro: el thriller religioso-erudito

El thriller religioso-erudito es una de las variantes del género negro que está más en boga actualmente. El éxito en ventas de las historias de este tipo —que da impulso incluso para llevarlas al cine con el propósito de ampliar su ámbito de circulación y de hacerlas generar una nueva fuente de ganancias— responde al hecho de que además de apelar a la historia tanto de la alta cultura como de la religión, exploran los recovecos del poder de las sectas y las grandes corporaciones.



El modelo que propongo, al igual que cualquier otro, no es más que una simplificación a través de la cual intento identificar elementos comunes a un grupo de obras. En esta medida es apenas lógico que en el momento de examinar cualquier obra que intuyamos que pertenece a esta variante del thriller, nos encontremos con que a ésta le faltan algunos de los elementos propuestos o bien con la necesidad de añadir algunos elementos que no están en el modelo.

jueves, 22 de febrero de 2007

¿fórmulas del éxito?

Cada género y subgénero literario tiene sus convenciones: la tragedia, la épica, los libros de caballería, la novela realista del siglo XIX, los folletines y los thrillers. Si en su momento estas convenciones debían ser respetadas para legitimar la obra y su pertenencia a un género determinado, hoy en día muchos autores las utilizan como fórmulas para inscribir sus obras en una tendencia que está teniendo éxito en el mercado y, de esta manera, congraciarse con los agentes y los editores para garantizar no sólo la publicación sino también el éxito en ventas de lo que escriben —y, por qué no, la posibilidad de pegarle a un premiecillo—.


De cierta manera la existencia y la aplicación de estas fórmulas —gracias a las cuales la literatura está cada vez más llena de lugares comunes— garantizan el funcionamiento del mercado editorial en la medida en que las editoriales, los agentes, las librerías y los autores deben inventar cada día la manera de hacer que su trabajo sea rentable para poder seguir viviendo de él. Aunque este fenómeno puede ser visto como una perversión del mercado, también hay que tener en cuenta que éste cada vez está más segmentado y, que por lo tanto, a pesar de la concentración de la industria editorial todo el tiempo están apareciendo nuevos nichos que configuran circuitos a los que los grandes grupos editoriales no llegan.



En los próximos días publicaré algunas anotaciones con respecto a algunas de las fórmulas que he podido identificar en algunos ámbitos específicos como la novela francesa contemporánea, el thriller y la novelita romanticona.

lunes, 19 de febrero de 2007

parís y la literatura

¿Habrá una ciudad más literaria que París? ¿Una ciudad que haya inspirado tantas obras literarias, que haya sido tanto el escenario como el tema de tantos relatos dentro o fuera del ámbito de la ficción, que ocupe un lugar tan importante en el imaginario literario y que sea tan estratégica en el mercado editorial?



Desde que empecé a leer literatura he venido llenándome la cabeza de imágenes de París: el primer París que me llegó fue el de la pensión Vauquer de Papá Goriot y luego vendrían el de los Pequeños poemas en prosa de Baudelaire, el de Rayuela —ese inolvidable momento en el que la luz de ceniza y olivo que flota sobre el Sena deja distinguir las formas de la Maga en el Pont des Arts—, el de Nana, el de Bel ami, el de París era una fiesta, el de Guía triste de París, el de Ampliación del campo de batalla y el de las anécdotas acerca de Wilde, del dadaísmo, del surrealismo, del círculo de Sylvia Beach en la librería Shakespeare & Company — Pound, Joyce, Beckett, Hemingway o Fitzgerald—, de Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, de los escritores del boom latinoamericano que en algún momento se fueron a vivir allí —Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa—, de Julio Ramón Rybeiro y de todos los que en algún momento decidieron irse allá para convertirse en escritores.


París y sus lugares comunes


El imaginario literario que se ha construido alrededor de París está lleno de lugares comunes, de los cuales tal vez el más importante es el de que para ser escritor hay que irse allí. Una vez en París, para seguir con los lugares comunes obligados hay que andar toda una tarde lluviosa por el barrio Latino, por el boulevard Saint-Germain o por Montmartre fumando Gitanes y, en medio del recorrido, sentarse a tomarse un café en el boulevard Saint-Michel —o en la Place des Vosges si se tiene un poco de dinero—. Cuando uno ha sido seducido por el encanto de ese París literario que es un mundo paralelo al París real, es inevitable no querer que la vida de todos los días se parezca a lo que cuentan en sus melancólicos relatos Baudelaire, Hemingway, Sartre, Henry Miller y Anaïs Nin, Cortázar, Rybeiro o Bryce Echenique.


Tal vez el aire melancólico, deprimente y desesperanzador es en lo que más se parecen el París literario y el París real. Sólo en las novelitas cursis hay parejas de enamorados que se despiertan una mañana soleada en una suite de hotel cuyo balcón da hacia la Place Vendôme, desayunan pain au chocolat con café en una panadería atendida por su anciano y jovial propietario, luego salen a caminar cogidos de la mano por el Sena en dirección hacia la Torre Eiffel y después almuerzan une soupe à l’oignon y une crêpe sucrée en una terraza bajo las arcadas de la Place des Vosges, donde los atiende un camarero de silueta esbelta y una mirada de esas que atraviesa la ropa.


La República de las letras


Por otro lado, París también es un gran centro editorial. Allí están importantes editoriales como Gallimard, Christian Bourgois, Fayard, Flammarion y Actes Sud que más que una simple vitrina para los escritores son una puerta fundamental hacia su consagración. Jorge Herralde, el editor de Anagrama, incluye en su libro titulado El observatorio editorial una entrevista que le hizo Dunia Gras Miravet en 1999 en la que afirma que “París sigue jugando un papel importante como faro, como promotor en todas las literaturas. Es decir, se da la paradoja de que así como la literatura francesa, salvo excepciones como Michel Houellebecq, está en retroceso desde hace décadas en el panorama internacional, París sigue siendo la capital de la reválida, del despegue, cosa que no tienen ni Londres ni Nueva York, porque casi no publican traducciones. Es decir, para los autores no anglosajones, París sigue siendo todavía absolutamente determinante. Ahora ha aparecido un amplio trabajo, muy interesante, en Francia, que se llama La République mondiale des Lettres, de Pascale Casanova, que nosotros vamos a publicar el año próximo, donde se hace precisamente este análisis sobre el papel central de París. Entonces, para la literatura latinoamericana fue importante pero, en muchos casos, no decisivo. Fue mucho más decisiva Barcelona, en general, o Buenos Aires para Gabo. En algunos casos, sí. El boom Borges empieza en París, en Les lettres nouvelles…”.