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sábado, 14 de julio de 2007

lecturas de fin de semana [ 32 ] / 'houellebecq y la clonación del mercado'

Aprovecho la fiesta de la Revolución francesa para reproducir un artículo del suplemento Radar, del diario Página/12 acerca de la intriga generada durante el verano de 2005 en el mundo editorial francés alrededor de la publicación de La posibilidad de una isla, de Michel Houellebecq. Cada cosa que hace o dice el autor, que funciona perfectamente como una marca, genera revuelo y en este caso la polémica empezó cuando éste dejó a su editor de toda la vida para irse con Fayard, un sello perteneciente al grupo Hachette. Luego vino todo el misterio en torno a los adelantos del manuscrito, alimentado por la decisión de la editorial de enviárselos solamente a un selecto grupo de periodistas afines a Hachette y al autor. Como si lo anterior no fuera suficiente, por orden expresa del grupo en los días previos al lanzamiento de su nueva novela Houellebecq dio poquísimas entrevistas a medios de comunicación. Algunas editoriales aprovecharon la coyuntura para sacarle su tajada a la polémica, publicando escandalosos libros sobre el autor —entre ellos una biografía no autorizada—. Entre tanto empezó a darse por sentado que La posibilidad de una isla sería la obra galardonada con el Prix Goncourt. Finalmente, el 31 de agosto salió el libro y publicaciones como Les Inrockuptibles y Lire sacaron números especiales dedicados al enfant terrible de la literatura francesa.


Pero la polémica no terminó ahí porque La posibilidad de una isla no ganó el Goncourt y tampoco fue elegido el libro del año. De hecho, la novela no fue muy bien recibida por la crítica. El resultado final de la intriga orquestada por la editorial y amplificada por los medios fue desastroso porque la novela no satisfizo las expectativas. La llamada “República de las letras” experimentaba por primera vez en carne propia la subordinación definitiva de lo literario a las leyes de marketing y del espectáculo.


En su libro Au secours, Houellebecq revient ! (¡Socorro, Houellebecq vuelve!) el editor Eric Naulleau sugiere que ‘asistimos en estos últimos tiempos a una evacuación progresiva de la literatura del campo literario’ y que ésta está ligada a una confusión creciente entre la literatura y la farándula.


polemicas > el lanzamiento del nuevo houellebecq

Houellebecq y la clonación del mercado

A fin de mes sale La posibilidad de una isla, la nueva novela (futurista y protagonizada por clones) del escritor francés Michel Houellebecq, y su lanzamiento se ha convertido en la mayor operación de mercado de la tan seria industria editorial francesa: reuniones conspicuas, bandos enfrentados, panfletos de denuncia, críticos discriminados, manipulaciones mediáticas, biografías no autorizadas y hasta supuestas conexiones con la secta clonaria de Raël. Radar reconstruye el campo de batalla en que se ha convertido el asunto.

Por Eduardo Febbro

desde París


El idioma francés consta de dos preciosas palabras para definir un ardid, un montaje sobredimensionado. La primera es una onomatopeya, “bluff”; la segunda tiene ramificaciones más evidentes: “mystification”, es decir, inflar con contenidos falsos un hecho. Ambas palabras no bastarían para resumir el extraordinario operativo comercial que precede y rodea la publicación de la última novela del escritor francés Michel Houellebecq, La posibilidad de una isla. Golpes bajos, contratos millonarios, intrigas, escándalos programados, rumores, intoxicación deliberada, manipulaciones, ofensivas y contraofensivas, tiraje excepcional, publicación simultánea en varios idiomas, en suma, humo delante del fuego para preparar el escenario con el único propósito de que el próximo 31 de agosto la aparición del libro sea un terremoto en el mundo de la edición.


En un país donde las “letras” son sagradas y los autores monjes aún idolatrados, la industrialización de un objeto literario y el recurso a métodos de marketing dignos de productos prêt-à-porter rompe los esquemas tradicionales. Nunca antes en la historia de la edición francesa una obra literaria había sido objeto de una pantomima tan bien orquestada. Todo el mundo habla del “libro” –o, mejor dicho, de la representación comercial que se prepara—. Su escritura, su contenido, su estética, su apuesta formal han estado ocultos hasta hace una semana y ello alimentó una catarata de rumores. Sin embargo, nadie ignora el millón quinientos mil dólares que el autor cobró como adelanto, el 18% que le corresponde por cada ejemplar, las cláusulas del contrato que le otorgan los derechos exclusivos para dirigir una película el año que viene o las mil y un tramas que se armaron para impedir que alguien lo lea antes de que aparezca. La película estará producida por GMT Productions, una filial de la editorial Hachette. Houellebecq rentabiliza su éxito, y su editor —Fayard en primer plano pero la multinacional Hachette en segundo— lo propulsan en la aventura. La caja de resonancia es tal que, simultáneamente con la novela, se publican cuatro libros sobre Houellebecq, entre ellos una biografía “no autorizada” y un panfleto contra el autor de Las partículas elementales llamado ¡Socorro, Houellebecq vuelve!


Hasta la rabia de la crítica literaria parece sabiamente calculada. A pedido de Houellebecq, la editorial privó a los críticos de la lectura previa de la obra y éstos consagraron sus columnas a hablar mal del “fenómeno” que encarna el autor. El resultado es el mismo: cero literatura pero publicidad garantizada. Sólo los medios autorizados por Houellebecq han obtenido el privilegio de recibir algunas páginas por adelantado o, favor supremo concedido por su majestad, de entrevistar al autor: Le Monde, Le Nouvel Observateur, Les Inrockuptibles , France 2. La primicia del manuscrito dio lugar en Francia a una novela de espionaje editorial digna de un secreto militar. Hace unas semanas, ante la sorpresa general, el crítico literario del diario conservador Le Figaro, Angelo Rinaldi, adelantó el contenido de la novela. Pero ocurre que Rinaldi no pertenece a la tribu del escritor sino al grupo parisino de los anti-Houellebecq. ¿Cómo consiguió entonces el libro? Según explicó el mismo Rinaldi, La posibilidad de una isla le cayó entre las manos “por azar”. El crítico se estaba paseando por un parque de París cuando encontró el libro abandonado “sobre un banco de la plaza”.


Es lícito reconocer que Michel Houellebecq es un ferviente abonado al servicio de “escándalos promocionales” y que además goza de una fiel tribu de adeptos en los medios de comunicación. Desde luego, con una empresa tan tentacular como Hachette detrás, ¿quién se animaría a no obedecer las consignas? Durante el año 2001, justo antes de que apareciera su anterior novela, Plataforma, el escritor había levantado olas de ira con sus declaraciones sobre el Islam, al que juzgó como “la religión más estúpida”. Los juicios y la promoción del “autor-libro” recompensaron su volubilidad al tiempo que, luego de un paso ante los tribunales, lo empujaron a un obligado silencio. Esta vez, a fin de evitar todo accidente, su editor no permitió las entrevistas en directo en la televisión. El escritor sólo aparecerá en programas grabados y previamente vistos por el editor que, además, tiene derecho a cortar lo que no le convenga a su protegido. ¡Inédito! El 24 de agosto del año pasado, en Deauville, el balneario más chic de la costa Normanda, Houellebecq asistió a una cena con los ejecutivos del grupo Hachette, hombres de corbata y de grandes negocios que se habían desplazado para asistir al gran acontecimiento “literario” del año: el escritor francés acababa de dejar a su antiguo editor, Flammarion, para formar parte de Fayard, una de las editoriales del poderoso grupo Hachette. “Estoy contento, me gustan los grandes grupos”, dijo el escritor en esa ocasión.



Los 200 mil ejemplares de La posibilidad de una isla esperan el 31 de agosto para convertirse en el ya preparado y anunciado best-seller del año. Si al público le gustan las historias, la “historia” de cómo se promueve un libro es ya una en sí. Houellebecq y sus asociados han conseguido que el contenido del contrato editorial trascendiera antes que el del mismo libro. Los ejércitos están preparados. Los pro y los anti afilan sus uñas. Los primeros arguyen que con su último libro, Houellebecq se “muestra superior a todos los escritores norteamericanos”. Qué elogio. Los segundos aseguran que la lectura de La posibilidad de una isla es “agobiante”, un libro que “nos reconforta durante una o dos tardes” y cuya lectura deja la impresión de que “nos hemos encontrado con uno de esos franceses comunes que siempre se quejan de todo”. Pero, por encima de partidarios o críticos, lo más desmoralizador para las letras es corroborar que en torno de un autor se han creado no ya clanes literarios sino industriales. A los 47 años, Houellebecq es el autor francés contemporáneo más traducido (35 idiomas) y ello explica mucho el juego de intereses. Los argumentos se financian con millones de dólares y operaciones de mercado que nada tienen que ver con el mundo del libro, con su luz todavía milagrosamente viva, pese a todo. ¿Cómo explicar si no que un autor joven y vivo, que “apenas” ha escrito cuatro novelas, un ensayo sobre Lovecraft, poemas y dos breves libros de cuentos, tenga ya una biografía? En mayo pasado, la revista Les Inrockuptibles francesa editó un número especial sobre Michel Houellebecq acompañado de un DVD con las entrevistas del autor. Marc Fumaroli, ensayista y célebre autor de un libro sobre la política cultural de Francia (El Estado Cultural), se pregunta si acaso ‘Houellebecq no se ha convertido en el Harry Potter francés para adultos’. El silencio “pactado” del autor de Extensión del campo de batalla y el ruido orquestado por los estrategas del mercado han dejado en segundo plano la obra.


Con panfletos bien venenosos su antiguo editor se venga de Houellebecq, al igual que los escritores de su generación, heridos en su orgullo creador por tanta mercadotecnia puesta al servicio del arte. Según cálculos de la prensa francesa, el editor deberá vender más de 400 mil ejemplares para rentabilizar la inversión. Todo se organizó como si se tratara de un asunto protegido por el sello secreto de la defensa nacional. Quienes leyeron el manuscrito firmaron una cláusula de confidencialidad y, una vez que las primeras pruebas salieron de la imprenta, el libro fue ocultado para que no cayera en manos de ningún crítico. Apenas el español Fernando Arrabal, que publica este mes un libro de conversaciones con Houellebecq, fue autorizado a destilar algunos comentarios prudentes. Eric Naulleau, el autor del panfletario ¡Socorro, Houellebecq vuelve!, dice en su libro: ‘Cuando el gallo se vuelve la gallina de los huevos de oro, el capitalismo literario se pone en marcha”. Michel Houellebecq es, para la crítica, el escritor que mejor describe “el sufrimiento ordinario’ y la frustración de los ciudadanos europeos que viven en una sociedad que ha perdido la “función” de compartir. En sus obras, la solidaridad es una broma y la soledad, el hedonismo y la violencia interior son el mundo de la modernidad. La posibilidad de una isla es una novela de anticipación, de computadoras y clones. Sectas, robotización, pantallas, manipulaciones, inmigración, vejez, una sociedad sin esperanzas, vaciada por el consumo, el aburrimiento y el hedonismo. Los personajes son todos clones. Lo esencial del libro está construido en torno del relato de la vida de Daniel 1, descubierto dos mil años más tarde por Daniel 24 y luego Daniel 25, sus clones futuristas que lo leen luego de que un Apocalipsis nuclear destruyó el planeta. Una secta que reemplazó las religiones que conocemos hoy, los Elohims, promete la inmortalidad a cada uno de sus miembros. Sus adeptos, antes de suicidarse, dejan su ADN y el relato de sus vidas. El objetivo es clonarse indefinidamente para convertirse en un neohumano, una categoría donde ni siquiera el lenguaje o el placer existen. En la hasta ahora única entrevista de Houellebecq publicada por Le Monde el fin de semana pasado, el escritor explicó que ‘los neohumanos comunican de forma virtual. Poco a poco, en el curso de las sucesivas clonaciones, han ido perdiendo las principales características de la humanidad: la risa, las lágrimas, el humor’. En la misma entrevista, Houellebecq predice que lo que narra en su libro se producirá: ‘Creo que algunas cosas son irreversibles. Todo lo que la ciencia permite se realizará. La ciencia dice la verdad. El arte no llega a la verdad, sólo busca dar una visión estética de la vida’. A quienes lo critican porque su última novela suena como un himno a la clonación, Houellebecq responde: ‘Me hacen reproches porque muestro en detalle lo que es la humanidad. Y porque estoy seguro de que todo cuanto es técnicamente posible será realizado, incluso si no es verdaderamente humano. La clonación será una realidad’. En la biografía Houellebecq no autorizado: investigación sobre un fenómeno, Denis Demonpion pone de relieve los lazos estrechos que existen entre Houellebecq y Raël, el gurú de la secta de los raëlianos que hace unos años anunció haber clonado el primer ser humano de la historia. Los hombres cultivan una amistad que, según su biógrafo, está basada en los contrastes: ‘Raël ejerce una influencia sobre Houellebecq porque Raël es un hombre que vive plenamente, que se divierte. A su lado, Houellebecq sufre del complejo del intelectual’.


Houellebecq tiene ahora cita con los lectores. Las pasiones y los odios acumulados por críticos y gurúes de sectas literarias perderán su resonancia cuando empiece la lectura pública, acompañada de otros debates. El 31 de agosto, los lectores de lengua hispana, alemana, inglesa, italiana y japonesa podrán apreciar el valor de la obra lejos del estruendo mercantil organizado para lanzarla. Uno de los personajes de la última novela de Houellebecq, Daniel 1, dice: ‘Era un observador pertinente de la realidad contemporánea pero quedaban tan pocas cosas por observar: habíamos simplificado tanto, diluido tanto, roto tantas barreras, tabúes, esperanzas erróneas, aspiraciones falsas...’. ¿Obra maestra de la literatura o de las técnicas del mercado? Habrá que leer. Profético, en un poema de 1996 Houellebecq escribió: ‘Soy un sistema liberal/ Como un lobo en un terreno vacío’.

sábado, 14 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 5 ] / sobre roberto bolaño: ‘nadie es profeta en su tierra’


El suplemento Radar Libros del diario argentino Página/12 ha considerado que la publicación de El secreto del mal y La Universidad Desconocida, dos libros a los cuales me referí hace poco que recogen textos inéditos y en ocasiones inacabados de Roberto Bolaño, es una buena ocasión para explorar la valoración que se hace de la obra del escritor chileno en su país casi cuatro años después de su muerte. Debido a lo anterior ha recogido la opinión de cuatro figuras de las letras chilenas en el reportaje titulado 'Nadie es profeta en su tierra'.



En el testimonio que dan los autores de los cuatro textos que reproduzco a continuación se destaca la postura crítica de Bolaño frente al establecimiento literario de su país, tanto el anquilosamiento como el espíritu reaccionario de éste y su incapacidad de tomar una distancia crítica para valorar ecuánimemente la calidad de una obra que hacia mediados de los noventa empezó a recibir el reconocimiento de la crítica en España y en los demás países de América Latina —algo bastante frecuente en aquellos medios retrógrados que se construyen alrededor de vacas sagradas a las que sólo le interesa la defensa del status quo para conservar su posición de notables y su séquito de aduladores—.



Nadie es profeta en su tierra


Roberto Bolaño no tuvo una fácil relación con la literatura de su propio país. Habló en contra de muchos autores consagrados y armó un nuevo linaje poético al margen de los grandes nombres. Sus declaraciones y su consagración mundial causaron resquemores y variados enconos. Pero ¿cómo se lee actualmente a Bolaño en Chile? ¿Cuál es la dimensión de su presencia y su peso? Radar estuvo en Santiago para averiguarlo. Además, opinan jóvenes escritores y críticos chilenos.


Por Mauro Libertella, desde Santiago de Chile


Una noche de 2003, una famosa y poco lúcida conductora de televisión chilena anunció, en vivo y a todo color, que Roberto Bolaño, el Chavo del Ocho, había muerto. La confusión podría tildarse de simpática —la animadora pensaba en el actor Roberto Gómez Bolaños, que sigue vivo y coleando— si no escondiera tras sus pliegues una realidad inquietante: a la hora de su muerte, Roberto Bolaño era en su país un escritor más bien fanstasmal, de apellido intercambiable. Con cincuenta años encima, marcados por una concepción utópico-idealista pero altamente contemporánea de la literatura, Bolaño dejaba tras su paso un puñado de libros definitivos; libros escritos con urgencia, con humor, y con una pasión que a muchos nos hizo creer de vuelta en la epifanía literaria como un sueño posible. Sin embargo, en el país en el que había nacido y del que se había ido de adolescente, para volver sólo unos días antes del golpe de Pinochet y exiliarse para siempre, la opinión era todavía difusa. ¿Cómo explicarlo? En primer lugar, la aniquilación y la pausada reconstrucción que hizo Bolaño de lo que se entendía por “literatura chilena”, una literatura anquilosada y dormida en los colchones espinosos de la dictadura, fue radical. Desde sus cuentos y novelas, Bolaño tallaba sobre un mármol perdurable una idea de Chile, hecha con la materia de una inagotable biblioteca personal, pero también con un universo de ideales morales y estéticos que jamás se corrompieron. Así, Bolaño es el escritor que desde España escribe sobre el Chile que recuerda, pero en ese recuerdo está agazapada la proyección de un Chile posible, de un país en donde la mediocridad o el silencio pueden ser denunciados con elegancia pero sin concesiones. Y es lógico: muchos escritores y críticos chilenos sintieron en Bolaño a un forastero que hablaba desde afuera, y tejieron sobre su obra un silencio casi simbólico, que se puede entender como miedo, como rechazo o como la aceptación de una evidencia incontestable.


Y además, claro, están los jóvenes escritores, esos que llegaron a la literatura cuando Nocturno de Chile o Estrella distante se estaban imprimiendo. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo escribir después de Bolaño? ¿Por qué puerta entrar a las catedrales de la literatura chilena, cuando uno de sus más grandes escritores vivos decía: “Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo”? De un solo modo: quemando las barcas por la escritura. Tomando la herencia de Bolaño desde su costado vital y luminoso, que más que un costado es su centro mismo. Pero, desde ya, la propuesta de Bolaño no es de simple ejecución. Implica una revisión total de la tradición, invirtiendo valores que años de dictadura y operadores culturales a su servicio habían erigido, armando con los ladrillos de la mentira una idea de la literatura chilena —esplendorosa, vendedora—, que un escritor como Bolaño, en muy pocos años, pudo hacer temblar.


Para ilustrar la relación esquiva y pantanosa de Bolaño con la patria y el suelo de pertenencia, se ha mencionado el hecho de que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana, escrita por un chileno que vivía en España. Esta extraterritorialidad (en términos de Ignacio Echevarría) fue lo que evitó que el mundillo literario chileno le palmeara la espalda, neutralizando su literatura. Y esa misma extraterritorialidad —solitaria, vertiginosa, lunática— fue la que le permitió también hacer declaraciones como “los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”.


Hay un momento en el archipiélago de la obra de Bolaño en que la idea de Chile hace expansión y se convierte de súbito en la idea de “Latinoamérica”. Pareciera que de Chile a Latinoamérica hubiera un solo paso, la misma pisada áspera pero imprescindible que lo llevó del Chile fundacional al México infrarrealista (reconvertido en “real visceralismo”), y de México a la España de su trabajo narrativo. Y cuando Bolaño se vio a sí mismo reflejado en el espejo prolífico y mediático de la literatura latinoamericana de fin de siglo, no vaciló en espetar sus pareceres. Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.


Caminando por las calles de Santiago se puede percibir el singular imaginario letrado de un país que carga en su haber con dos premios Nobel de Literatura, ambos poetas. Es una relación con la literatura al mismo tiempo cercana —Pablo Neruda es algo así como el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa, si no afirman habérsela tomado, además de haberlo leído en la escuela, al igual que la Mistral— y de idealización, de protección casi guerrera de sus vacas sagradas. Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra. Por eso, tal vez, la irrupción repentina y feroz de Roberto Bolaño en el mapa de las letras locales, con su ímpetu de quiebre y su fascinación por lo menor y lo dislocado, fue difícil de asimilar. Fueron unos pocos años de torbellino y fragor. En 1996 publicó Estrella distante y en el 2003 moría en un hospital, dejando en el horno su magna obra 2666. Un destello de siete años en donde se astilló el arco biológico de una vida, y en los cuales ni la crítica ni los lectores pudieron ignorar que algo definitivo estaba pasando.



I.

La parte de Chile

Por Alejandro Zambra *


Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.


Los libros de Bolaño —de un tal Bolaño, Roberto, chileno sólo a medias, porque “ha pasado la mayor parte de su vida en México y en España”— más temprano que tarde llegaron a las librerías nacionales. Fue el origen de un subterráneo pero efectivo caos. Los narradores comenzaron a leer poesía y los poetas a leer y hasta a escribir cuentos y novelas. Secretamente, eso sí: después de comparar Los perros románticos con La literatura nazi en América o Estrella distante, la conclusión del gremio lírico fue unánime: como poeta, Bolaño era un estupendo novelista. No faltó el narrador, en tanto, que definió Los detectives salvajes como una buena novela de aventuras, ni el que caracterizó a Bolaño, con calculada malicia, como un escritor “para poetas”. Los críticos reaccionaron con desconfianza o con incredulidad: muy pronto las aguas se dividieron entre quienes pasaron de Bolaño —y siguieron buscando al sucesor de José Donoso o divirtiéndose con Tolkien— y quienes reseñaron Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes con un entusiasmo que muchos consideraron excesivo. Los profesores, siempre más aplicados que el resto, aprovecharon el bullicio para diversificar un poco el corpus de lecturas obligatorias: sumaron, entonces, a Hernán Rivera Letelier, a Roberto Ampuero y —para internacionalizar un poco el asunto— a Paulo Coelho.


La muerte de Bolaño dio lugar a retroactivas declaraciones de amistad y a soterradas escaramuzas que con justicia podrían tildarse de bolañianas. Más tarde, la publicación póstuma de 2666 generó debates que poco o nada tenían que ver con la novela; el momento más cómico de la discusión fue la insólita respuesta de un escritor herido que, sin siquiera arrugarse, confesó, en El Mercurio, que no había leído la novela, lo que según él no le impedía opinar que los elogios a 2666 eran desmesurados. En fin: no son pocos, en Chile, los lectores capaces de opinar sin leer los libros. La literatura chilena se piensa a sí misma como una isla orgullosamente distante, que recibe con los brazos abiertos a los turistas, pero mira con desconfianza a los hijos pródigos. “La cantilena, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira”, decía Bolaño, y ese saludable descreimiento le valió la antipatía de unos cuantos. Fue, claro está, el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y más allá de las querellas literarias el hecho es que vamos a seguir varias décadas leyendo y releyendo sus libros con invariable ansiedad. ¿Bolaño, entonces, es el nuevo Parra o el nuevo José Donoso de la literatura chilena? Es una pregunta absurda que, sin embargo, en un notable artículo sobre el propio Donoso, Bolaño ya contestó: “Desde los neoestalinistas hasta los opusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman discípulos de Donoso. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.


Por lo pronto —y es aquí donde entra Borges que, en realidad, nunca ha estado fuera— Bolaño no tiene sucesores, sólo precursores: voces que aún no hemos descubierto, pero que sin duda vagan dispersas por las páginas de Amuleto, Nocturno de Chile o 2666. Los lectores chilenos de Bolaño son también lectores de Wilcock, de Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, de Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, de Fernando Vallejo, de Enrique Lihn; autores, todos, que no suelen figurar, por cierto, en las listas de lecturas obligatorias.

* Nacido en 1975 en Santiago, publicó libros de poesía y la novela Bonsai.


II.

El deshielo

Por Alvaro Bisama **


Habría que explicar la relación —o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras —a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba —para equilibrar un crítico presupuesto familiar— a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.


Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.


Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.


Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.


Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.


De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.


Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.

** Escritor y crítico literario, escribe una columna semanal en El Mercurio titulada ‘El Comelibros’.


III.

Una bocanada de frescura

Por Matias Rivas ***


La instalación definitiva de la figura y de la obra de Roberto Bolaño en la literatura chilena aconteció en el año 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. Fue, por supuesto, el mismo año en que Bolaño se hizo conocido y respetado en la literatura en español por su prosa vertiginosa, elocuente y única. Ganó el Premio Rómulo Gallegos y se despachó un discurso impresionante por su franqueza y sutileza para referirse a sus comienzos como escritor y a su generación política.


La instalación en Chile de Bolaño vino, además, acompañada de cierto escándalo: Bolaño escribió un artículo, feroz y divertido, donde relataba la intimidad de una cena en la casa de Diamela Eltit. Este artículo fue publicado por la revista Ajo Blanco y causó escozor en el tímido ambiente cultural de los años de la transición democrática. Luego las emprendió contra el fallecido José Donoso, descartando la mayoría de sus novelas sin piedad; al poco tiempo, desestimó a la entonces triunfante “nueva narrativa” chilena compuesta por Arturo Fontaine Talavera, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Jaime Collyer, entre otros.


La actitud combativa de Bolaño hacia los narradores chilenos motivó el odio de una caterva de enemigos literarios insignificantes que hicieron lo posible por minimizar la calidad de su obra. Entre ellos hay que nombrar al crítico literario del diario El Mercurio, José Miguel Ibáñez, alias Ignacio Valente, sujeto que le sirvió de inspiración a Bolaño para el personaje central de Nocturno de Chile, sin duda su libro más polémico, donde ajusta cuentas con la derecha católica que gobernó las letras chilenas en los años de la dictadura.


Pero Bolaño no sólo criticó cuando volvió a Chile. También escribió y habló elogiosamente de dos poetas claves para él: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Les dedicó agudos artículos. Y fue el mismo Bolaño quien empujó la publicación de las Obras Completas de Parra en España. La razón para su filiación con estos autores: Parra y Lihn poseen obras contundentes, escritas con ironía, inteligencia y libertad. Las mismas características de las que hace gala Bolaño en sus mejores textos.


Para entender cómo se lee a Bolaño desde Chile hay que pensar en que sus libros pueden ser comprendidos desde la antipoesía de Parra. Así como sus discursos, despiadados y lúcidos, dirigidos al establishment literario local e internacional, pueden compararse a los furiosos ensayos de Lihn redactados en plena dictadura contra los poderes omnipotentes de un Estado asesino. Bolaño, al vincularse con estos escritores, declara a qué parte de la tradición literaria chilena pertenece y a cuál no. Se sitúa cerca de la poesía radical, y lejos de la narrativa. Si se leen atentamente sus cuentos y novelas, es fácil percatarse de que Bolaño es un prosista avezado, que conoce de ritmos, de precisión, de soltura y de adjetivos exactos. Siempre fue un poeta dedicado a la prosa con el mismo rigor que piden los versos.


Bolaño, asimismo, fue para los lectores y escritores que descreían de las novelas locales, una sorpresa. Muchos chilenos sólo leen a Bolaño y se saltan con brutalidad a todos los demás narradores porque se aburren con ellos. Eso significa que los libros de Bolaño marcan un hito en la literatura chilena. Para muchos jóvenes su lectura fue una bocanada de frescura en un ambiente cultural sofocante. La velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas. El imaginario que Bolaño impuso aún es una patada certera al realismo bruto y al surrealismo trasnochado.


¿Cómo leemos a Bolaño desde Chile? Con fascinación, gratitud y humor. Bolaño tiene la virtud de inspirar a otros escritores. Su descendencia podría ser generosa.

*** Nacido en 1971, publicó poesía y es director de Publicaciones en la Universidad Diego Portales.