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martes, 12 de junio de 2007

la conexión gringa de lumen




El martes pasado en la librería Laie de la calle Pau Claris me encontré con un volumen de cuentos de Ernest Hemingway que Lumen sacó hace poco y caí en cuenta de que ésta era la ocasión perfecta para destacar el aporte que desde hace un tiempo viene haciendo esta editorial al dedicarles a narradores gringos como John Cheever, Flannery O’Connor y Katherine Anne Porter un volumen —que en el caso del primero de ellos son dos— que reúne los cuentos completos de cada uno de ellos.


Para mí como lector es todo un placer encontrar estas ediciones tan cuidadas que reúnen en un solo volumen un conjunto de textos que hasta ahora se encontraban dispersos en un sinfín de publicaciones —libros publicados por distintas editoriales y revistas—, algunos de los cuales ni siquiera habían sido traducidos antes al español. Parece, además, que tanto las traducciones como el prólogo de estos volúmenes están muy bien.




Desde hace un tiempo Lumen también viene publicando la Biblioteca Joyce Carol Oates y el año pasado publicó Un placer fugaz, la correspondencia de Truman Capote.

miércoles, 7 de marzo de 2007

los milagros editoriales y la supervivencia

Una de las mejores cosas que le pueden pasar a una editorial es que al menos uno de los autores o libros de su catálogo se convierta en un best seller o en un long seller. De hecho, no son pocas las editoriales que se han salvado de la quiebra o que viven gracias a las ventas de un par de autores o libros de estas características que, independientemente de su calidad literaria, les permiten financiar tanto sus apuestas como aquellos títulos de su catálogo que pese a ser fundamentales no les reportan mayores ventas.

Para no ir más lejos, varias editoriales españolas subvencionan al menos una parte importante de sus gastos de funcionamiento, de la compra de derechos, de las traducciones y de la producción de títulos nuevos gracias a la presencia en su catálogo de un par de éxitos en ventas. Por ejemplo, la escritora y ex editora Esther Tusquets cuenta en su libro Confesiones de una editora poco mentirosa cómo durante muchos años Lumen —la editorial familiar que por razones económicas se vio obligada a venderle hace unos años al gigante alemán Bertelsmann— logró sobrevivir gracias las ventas de Mafalda y de El nombre de la rosa, de Umberto Eco.


Así como la editorial Salamandra tiene en su catálogo dos best sellers poderosos como la saga de Harry Potter y El abanico de seda, Umbriel editores tiene El código Da Vinci y los demás éxitos de Dan Brown. De la misma manera, Tusquets tiene desde hace muchos años tanto a Milan Kundera como a Georges Simenon y hace relativamente poco fichó a Henning Mankell y a Haruki Murakami —que, sin lugar a dudas, son dos de las estrellas editoriales del momento—.


El mismo Jorge Herralde ha explicado en varias ocasiones cómo La conjura de los necios se convirtió en el mayor long seller de la editorial gracias a las dos o tres reediciones que anualmente hace Anagrama de la novela póstuma de John Kennedy Toole. Esta editorial también tiene a Paul Auster, que cada año genera tanta expectativa con su novela anual que cuando ésta sale ya tiene asegurada su entrada al listado de los libros más vendidos.


A menudo se oyen historias acerca de la manera como los grandes grupos suelen imponerse sobre las editoriales independientes en las subastas en las que se negocian los derechos de los autores consolidados o en vía de consolidación. Lo anterior explica por qué la posibilidad de ver convertirse en best seller o en long seller a autores o libros de su catálogo puede llegar a constituir la mejor esperanza de supervivencia para las editoriales independientes.

sábado, 3 de febrero de 2007

la censura y la traducción

Entre las herramientas represivas que utilizó el régimen franquista para ejercer el control social necesario para garantizar su supervivencia durante 36 años, la censura parece haber jugado un papel fundamental. Así lo demuestran el extenso listado de artistas e intelectuales españoles que terminaron exiliados principalmente en Francia y México, el hecho de que mientras duró la dictadura en el campo del cine hecho en España no haya habido figuras y obras que hayan marcado hitos en la historia de la cinematografía y los controles ejercidos por el régimen sobre la publicación de libros.

En su libro Confesiones de una editora poco mentirosa, Esther Tusquets se refiere a la intervención de la censura sobre las traducciones. Dice Tusquets que “los libros se enviaban entonces obligatoriamente a la llamada ‘censura previa’, a Madrid. Te los devolvían aprobados, rechazados, o, lo que en el caso de las novelas era muy frecuente, más o menos mutilados (…)

Tal vez no fuera muy honesto ofrecer al público obras incompletas y alteradas, pero, de no hacerlo así, la mitad de la literatura que se publicaba en el mundo hubiera quedado inédita en castellano o, nos hubiera llegado clandestinamente, como ocurría con frecuencia, de América Latina. Así pues, a menos que las supresiones fueran brutales, nos doblegábamos a la más o menos caprichosa decisión del censor de turno”.

Continúa Tusquets diciendo que era necesario “atenuar miserablemente los textos. Llegaba a hacerse de modo automático. Casi todas las palabras relacionadas con el sexo estaban prohibidas (polla, coño, joder, orgasmo, clítoris, eran sistemáticamente eliminadas, pero me llamaba la atención que no colara tampoco ni en una sola ocasión algo tan inocente como ‘pezones’). De modo que, si el protagonista tenía una erección, quedaba en que ‘la deseaba apasionadamente’; si la penetraba, en ‘la estrechaba con fuerza entre sus brazos’; si le lamía el sexo o le chupaba los nefandos pezones, podías arriesgarte a ‘le acariciaba la espalda’ o, como mucho, ‘los senos’. Todo descafeinado y en clave de novela rosa. Y muchos párrafos eliminados por entero (…) El franquismo nos arrastró a todos —escritores, periodistas, editores— a la sórdida perversión de autocensurarnos”.

Como consecuencia de la censura, las primeras traducciones de lo que se estaba publicando en otras lenguas en esa época las hicieron las editoriales argentinas y mexicanas como Emecé, Sudamericana, Minotauro, Losada o el Fondo de Cultura Económica. Estas traducciones, como lo dice Tusquets, llegaban ilegalmente a España, donde lo poco que se traducía venía o cortado o amañado a los intereses del régimen después de pasar por la censura.


Afortunados quienes no tienen que leer traducciones



Leyendo lo que dice Tusquets me acordé de que en un curso de novela inglesa del siglo XVIII que tomé en la universidad teníamos que leer Pamela, de Samuel Richardson. Como en las librerías de Bogotá no se conseguía ningún ejemplar de ninguna de las traducciones de la novela, tuvimos que sacar un ejemplar de una biblioteca y fotocopiarlo. El método de la profesora consistía en leer en voz alta los fragmentos que eran más importantes desde el punto de vista narrativo para luego analizarlos. Al cabo de un rato las personas que estaban leyendo la novela en versión original empezaron a quejarse de que cuando la profesora leía se saltaba párrafos enteros del texto. Cuando se lo dijeron ella respondió que estaba leyendo todo lo que estaba en la traducción.

En ese momento nos dimos cuenta de que la traducción estaba lejos de corresponder al texto original porque todos los pasajes que aludían al flirteo y a escenas eróticas habían sido omitidos, por lo cual decidimos dejar de leer la novela y pasar a una traducción más reciente de Joseph Andrews, de Henry Fielding, editada por Alfaguara. De ahí en adelante siempre que los profesores pudieron escoger prefirieron las traducciones hechas en Argentina, como la del Ulises de Joyce que hizo José Salas Subirats.

Seguramente la intimidación que supuso el ejercicio de la censura durante el franquismo explican por qué hasta finales de los setenta las traducciones hechas en España no gozaban del mismo prestigio que las que se hacían en otros países europeos como Alemania, Francia y el Reino Unido o en México y Argentina.