martes, 1 de abril de 2008

inventario de lecturas [ 1 ]

Mi papá, que no desaprovecha ninguna oportunidad para machacarnos con su cantaleta de premisas y consejos prácticos y que no se lee un libro por nada del mundo, siempre que me veía perdiendo el tiempo me decía ‘mijo, lea que eso le va a servir en el mañana. ¡Leeea, leeea, leeea!’ pero la verdad es que yo nunca le hice mucho caso. Prefería pasarme el tiempo viendo tele, jugando videojuegos, montando bicicleta o no haciendo nada.


Durante mi niñez y mi adolescencia siempre me dio pereza coger un libro hasta que un día cuando estaba en cuarto de bachillerato Ignacio Muñoz —un profesor de Literatura que era idéntico a Bud Spencer— nos sorprendió haciendo guerra de tiza en el salón de clases. Nuestra profesora de Ciencias sociales estaba enferma y cuando Ignacio —que nunca fue profesor mío— entró al salón asumió la situación con esa serenidad tan habitual en él, que contrastaba muchísimo con la histeria característica de la mayoría de las profesoras solteronas en cuyas manos nos habían puesto los jesuitas.


—Le voy a dar un consejo, maestro —nos dijo Ignacio con su voz gutural—. Échese un libro en la mochila y cuando tenga un tiempito libre dedíquese a leer en vez de andar haciendo pendejadas. No hay mejor forma de matar el tiempo en el bus o en la sala de espera del médico que leyendo un buen libro. Por eso yo siempre tengo uno a la mano.


Unos días después fui al cuarto de mi hermano Antonio, que era el único de mi familia que leía, a buscar un libro en la biblioteca que había allí. Como no encontré nada más que me resultara familiar terminé cogiendo de una colección de literatura universal de la editorial Oveja Negra una novela llamada Tiempos difíciles, de Charles Dickens, porque en mi clase de inglés del año anterior habíamos leído una versión abreviada de David Copperfield.




Hasta ese momento no había leído gran cosa ni por obligación ni por cuenta propia. Terminé muy pocos de los libros que me pusieron a leer en el colegio y la verdad es que muchos de ellos ni siquiera los empecé, de manera que la mayor parte de las comprobaciones de lectura las pasé haciendo copia o gracias a los célebres “análisis literarios” de la Panamericana —una papelería, librería y editorial de la mano de la cual nos “formamos” muchos colegiales bogotanos de mi generación—. Haciendo una revisión rápida, sólo recuerdo haber leído completos La campana del arrecife —quinto de primaria—, El hombre que calculaba —primero de bachillerato—, El coronel no tiene quien le escriba —segundo de bachillerato—, The Importance of Being Ernest y la citada versión abreviada de David Copperfield —tercero de bachillerato—, Crónica de una muerte anunciada y La ciudad y los perros —cuarto de bachillerato—.


En fin, mi paso por el colegio estuvo lleno de libros que debía leer y no leí: Por todos los dioses —quinto de primaria—, Doña Bárbara y Un tal Bernabé Bernal —cuarto de bachillerato—, La familia de Pascual Duarte —quinto de bachillerato—, La divina comedia —sexto de bachillerato— y otros tantos que no recuerdo pero que sin lugar a dudas conforman un largo listado.


Todo este preámbulo para llamar la atención sobre los curiosos secretos que esconde la historia de cada lector, que está llena de recovecos. Después de haber hecho copia muchas veces para dar cuenta de libros que no había leído y de haber recurrido en tantas ocasiones a los “análisis literarios” de la Panamericana, terminé matriculándome en la carrera de Letras porque mis estudios de Ciencia Política no me dejaban el tiempo necesario para leer literatura. Por culpa de una guerra de tiza empecé a leer Tiempos difíciles cuando tenía quince años y desde entonces no he podido parar.


No sé por qué de un momento a otro me empezó a gustar leer pero tengo claro que cuando estaba terminando el colegio hubo tres factores que contribuyeron a desencadenar este cambio que fue decisivo para mí: la llegada a Colombia de la colección Alianza cien —esos libros muy bien escogidos, austeros pero bien presentados, que cabían en el bolsillo de un pantalón y que en 1994 costaban mil pesos—; las charlas con mi amigo Roberto, un tipo inquietísimo al que le gusta abordarlo todo a profundidad y que en ese momento estaba enganchado a The Beatles, al beat británico y al existencialismo; y, finalmente, la salida de la colección Narrativa actual de RBA.


En esta serie de entradas titulada “inventario de lecturas” que empiezo hoy intentaré dar cuenta de la manera como he ido saltando de una lectura a otra, lo cual ha ido formando mi gusto y mis intereses literarios al permitirme descubrir y descartar autores, géneros, obras, épocas, movimientos y registros. Sin lugar a dudas este ejercicio pondrá en evidencia mis gustos e intereses, mis fobias, lo que me gustaría leer algún día y los vacíos existentes en mi formación como lector.

8 comentarios:

Raúl dijo...

Seguiré esta sección con interés. Siempre he pensado que los lectores podemos escribir nuestra biografía únicamente a través de los libros que hemos leído (y los que no hemos leído, en ocasiones más importantes).

Casualmente, o no tanto, alguna vez he pensado en elaborar una serie de posts al repecto. Igual me animo...

martín gómez dijo...

Hombre, Raúl, pues deberías animarte a escribir esa serie de entradas para compartir tu experiencia con nosotros. A mí me encantaría que lo hicieras.

Está claro que lo que leemos habla mucho acerca de nosotros.

Saludos.
Martín.

Oscar Chamat dijo...

Me encantó esta entrada... jelicitaciones...

Sobre como comenzamos a leer... me acuerdo de una colección de grandes aventuras de la oveja negra (creo). Por ahí comencé yo.. me acuerdo de miguel strogoff y como le queman los ojos. Ahí supe de Vladivostok, luego pasé a otra colección de la oveja negra de tapa granate y creo que es a la que tu te refieres. Ahí conocí a Maximo Gorki... en fin, desde entonces todavía no he podido parar. Sin embargo creo que mi afición por la lectura comienza como a los 14 años, cuando me ponen en mi colegio de curas a leer Aura o las Violetas y descubro la primera escena de sexo que leí en un libro... Cuando iba por la mitad del libro, el profesor de religión que también era de español, nos dijo que mejor no leyéramos ese (teníamos tres opciones), pero para mí ya era demasiado tarde...

en fin...

Sobre "por sus libros los reconoceréis" totalmente de acuerdo. Es una de mis indiscreciones favoritas cuando voy de visita: mirar la biblioteca.

En fin... seguiré este inventario.

abrazo

omch

martín gómez dijo...

jeje, veo que eres del parche fisgón.

En fin, a mí me produce mucha emoción hacer ese viaje hacia las lecturas del pasado. Me da pistas para entender cómo carajo llegué hasta acá.

Seguimos en sintonía.
Martín.

javier beltrán dijo...

Ese inventario de fobias y filias literarias debería incluir también las relecturas que uno ha hecho durante su historia como lector. De este modo, habría libros que figurarían primero en el apartado de los gustos y luego en el de los descartes, y viceversa. Incluso habría otros a los que se tendría que clasificar dentro de más apartados (la risa, el asco, el dolor de cabeza, la empatía, etc) según lo que han producido en uno con cada lectura.

¿Cuántas veces aparecería entonces «Tiempos difíciles» en su inventario?

martín gómez dijo...

Xavi, ¿y qué me dice del apartado de las vergüenzas?

Prefiero no adelantarle nada pero si sigue la serie podrá pasar de la emoción a la burla en un segundo.

Lo bonito de mi historia es haber podido darle una nueva oportunidad a La Celestina después del colegio y renegar de Benedetti. ¿Cómo la ve, maco?

javier beltrán dijo...

En el apartado de las vergüenzas tengo varios autores, pero sin duda el que lo encabeza es Benedetti.

Por su parte, tengo al Quijote y a «La Vorágine» dentro de uno que yo llamaría "libros que sobrevivieron al canon colegial".

Qué buena cosa esta nueva sección del fisgón.

martín gómez dijo...

Yo agradezco que en el colegio no me hayan hecho leer ni La Orestiada, ni El Quijote ni La Odidsea ni Madame Bovary porque me habría costado mucho trabajo dejar de odiarlas.

Por otro lado, empiezo a sentir miedo de la cantidad de lugares comunes que emergerán en el apartado de las vergüenzas.