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martes, 10 de junio de 2008

inventario de lecturas [ 8 ]

1998 también fue un año interesante y enriquecedor porque empecé a sentir que en la universidad estaba en un entorno que resultaba altamente estimulante en la medida en que a mi alrededor había gente inquieta cuya proximidad incentivaba el desarrollo de las inquietudes que me iban surgiendo y al mismo tiempo me suscitaba otras nuevas.


El año empezó con la compra entusiasta de los Manifiestos nadaístas, cuya lectura fue lo suficientemente decepcionante como para incitarme a no seguir leyendo literatura colombiana contemporánea con la misma vehemencia con la que venía haciéndolo hasta ese momento. Después de año nuevo empecé a leer La montaña mágica, de Thomas Mann, y a pesar de que estaba enganchado no pude acabarla porque cuando iba en la mitad empezaron las clases y no tuve más tiempo para seguir leyendo. Desde entonces tengo con La montaña mágica una deuda que quisiera saldar pero que no sé cuándo podré hacerlo.


Ese semestre no pude seguir evadiendo los cursos teóricos y de literatura clásica porque la consejera del departamento me obligó a matricularme en clases que además de ayudarme a hacerme una idea de los antecedentes de la tradición literaria occidental, me dieran herramientas teóricas para abordar los textos. Fue así como terminé inscrito en Lingüística I, Literatura española I y un seminario del Decamerón. El curso que más me motivaba era uno dedicado a Julio Cortázar, que a pesar de las lecturas que hice resultó siendo una gran decepción.



Los cursos de Literatura española y del Decamerón me sirvieron para sacarme de la cabeza esa idea de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Los romanceros españoles, las antologías de Menéndez Pelayo, el Libro de buen amor, La Celestina y las historias picarescas del Decamerón me revelaron que podía sentir los clásicos como algo cercano a mí y que incluso podía divertirme leyéndolos.


Aunque no estaban incluidos en el programa del curso de Cortázar, en esa época leí La prosa del observatorio, La vuelta al día en ochenta mundos y Último round. Para el curso había leído un puñado grande de cuentos de distintas épocas, Rayuela —por fin completa— y alguna otra cosa de Cortázar.


Ese semestre me colé en un curso sobre Borges en el que un profesor de esos que embaucan a sus estudiantes con una retórica llena de fuegos artificiales—y que a mí me deslumbraban en esa época porque la perspectiva desde la que abordaban la literatura no tenía ningún tipo de pretensiones científicas— nos iba sugiriendo lecturas como Fervor de Buenos Aires, El tamaño de mi esperanza, El libro de arena, El informe de Brodie y Las siete noches. Como iba tomando nota de todas las referencias que oía, de rebote terminé leyendo algunas cosas de Macedonio Fernández, de Felisberto Hernández, de Roberto Arlt y de Adolfo Bioy Casares.


Motivado por las inquietudes que me habían surgido tanto en las clases como en mis interminables conversaciones de cafetería, durante las vacaciones de mitad de año de 1998 leí tres libros que se volvieron fundamentales para mí:


- El árbol de la ciencia, de Pío Baroja

- Niebla, de Miguel de Unamuno

- Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carrol



Durante esas mismas vacaciones decidí leer la Ilíada y aunque no me gustó me obligué a leerla hasta el final porque ahora que me había reconciliado con los clásicos el sólo hecho de pensar en abandonarla me hacía sentir mediocre y culpable. Yo seguía queriendo leerlo todo y me frustraba que un libro me quedara grande o ser incapaz de conectar con él. Afortunadamente un par de años después me quitaría este complejo y empezaría a atreverme a dejar tirado todo libro que no me sintiera a gusto leyendo.

martes, 27 de mayo de 2008

inventario de lecturas [ 7 ]

En el segundo semestre de 1997 finalmente me matriculé en la carrera de Literatura. Yo quería tiempo para leer y ésa fue la mejor forma que encontré de tenerlo. El programa de Literatura estaba estructurado en varias áreas y salvo contadas excepciones uno podía ver las clases en el orden que quisiera porque casi ninguna tenía prerrequisitos.


Empezar no fue nada fácil. Revisando el programa de estudios me encontré con que había un montón de cosas que no me interesaban o que me producían pánico pero a las que tarde o temprano tendría que enfrentarme: literatura del Siglo de Oro, lingüística, épica griega, teoría literaria, literatura precolombina o historia de la lengua.


Yo sólo quería leer literatura moderna y contemporánea.


Estaba frente a un problema y como no quería enfrentarlo en ese momento, opté por inscribirme en la clase de Introducción a los estudios literarios —que era obligatoria— y por escoger dos cursos sobre temas que me interesaran: Teatro colombiano y Seminario de Vargas Llosa.


En mi curso de Introducción a los estudios literarios la profesora proponía un recorrido por la literatura universal que empezaba con el sacrificio de Isaac de la Biblia y terminaba con Crónica de una muerte anunciada. Todo iba bien para mí hasta que la profesora nos dijo que empezáramos a leer la Poética de Aristóteles para discutirla en clase porque así nos familiarizaríamos con los géneros clásicos y tendríamos herramientas para abordarlos.


En ese momento tenía 19 años y venía del colegio con el trauma de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Obviamente nunca empecé a leer la Poética ni mucho menos la Odisea, así que mientras mis compañeros discutían sobre la catarsis del héroe en la tragedia o sobre las reglas de la hospitalidad yo me quedaba mirando por la ventana hasta que se acababa la clase. Superado el impasse griego, antes de llegar a Crónica de una muerte anunciada leímos El Lazarillo de Tormes, Hamlet y algunos cuentos de Balzac, de Poe y de Cortázar. Al final del curso hice un trabajo pésimo acerca de De sobremesa, de José Asunción Silva.



El curso de Teatro colombiano fue un desastre. Yo me había inscrito en él pensando que me serviría para conocer las nuevas tendencias del ámbito teatral colombiano pero me encontré con que a la profesora sólo le interesaban el Teatro La Candelaria y el Teatro Experimental de Cali. Aunque las clases eran un poco aburridas —de hecho creo que en ninguna sesión me quedé hasta el final—, las obras que leíamos me gustaban un montón porque en ese momento me interesaba mucho la literatura como vehículo de transmisión de ideas políticas.


El Seminario de Vargas Llosa fue el curso que salvó el semestre. Ahí releí La ciudad y los perros y leí por primera vez Conversación en La Catedral, El elogio de la madrastra e Historia de Mayta. Además de hacerme muy feliz, la lectura de estas novelas de Vargas Llosa hizo que me dieran muchas más ganas de leer.


Entre tanto, por fuera de la universidad seguía perdido en el hoyo negro de la literatura colombiana posterior a García Márquez. Continuaba con la idea de que era importante conocer lo que se había escrito en Colombia durante las últimas décadas y lo que se estaba escribiendo en ese momento. Si no estoy mal, cuando me hastié del nadaísmo fue que me di cuenta de que había tocado fondo y de que era necesario corregir el rumbo.


Afortunadamente corregí el rumbo y al hacerlo mi percepción con respecto a los clásicos y mi relación con éstos cambiaron radicalmente.

miércoles, 21 de mayo de 2008

inventario de lecturas [ 6 ]

Seguimos en la primera mitad de 1997. Durante esos meses continué leyendo a algunos de los autores que había empezado a leer con asiduidad a raíz de las reuniones de los viernes en la tarde en El café de la luna lela: Álvaro Cepeda Samudio, Edgar Allan Poe, Álvaro Mutis y Julio Cortázar.


Durante las vacaciones de mitad de año hicimos con Roberto un paseo por Cartagena, Barranquilla y Sincelejo. En Barranquilla mi tío Armando me dijo que fuera a su biblioteca y cogiera todos los libros que quisiera porque él ya los había leído y porque si seguían ahí el jején y la humedad acabarían comiéndoselos. Al final de esas vacaciones regresé a Bogotá con varias primeras ediciones de García Márquez, con los cuentos completos de Oscar Wilde, con Siddhartha y con un par de libros más de esa colección de clásicos de la literatura universal de Bruguera que venía encuadernada en cuero rojo.


Entre las cosas que leí entre junio y agosto de ese año se destacan algunas de las siete novelas que componen Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero y un libro de poemas titulado Caravansary —también de Álvaro Mutis—, algunos cuentos de Cortázar, una novela de Conrad llamada Bajo la mirada de Occidente, los Cuentos de amor, de locura y de muerte, de Horacio Quiroga, y Ojos de perro azul —de García Márquez—.


Era consciente de que me quedaba todo por leer y quería leerlo todo. Y como siempre hay que empezar por algún lado, yo decidí hacerlo por el que me parecía más cercano a mí: la literatura colombiana. Todavía no había superado a Andrés Caicedo y como entonces tenía una faceta compulsiva, decidí leer toda la literatura colombiana que se me atravesara por delante. Solía aprovechar cualquier rato libre que tuviera para visitar las librerías de segunda, los mercados de las pulgas y las ferias del libro que hacían en el Parque de los periodistas o en el Parque Santander y regresaba a mi casa con mi maleta llena de libros de las colecciones de autores colombianos de La Oveja negra y de Planeta.


Entre los libros de estas dos colecciones que compré y leí en esa época recuerdo los siguientes:


- Episodios bogotanos, de Alfredo Iriarte


- La casa grande, de Álvaro Cepeda Samudio


- Bomba Camará, de Umberto Valverde


- Nostalgia Boom, de José Stevenson


- Las puertas del infierno, de José Luis Díaz Granados (una novela sobre la que algún comentarista de libros demasiado despistado o complaciente dijo que era el Ulises colombiano)


- Chambacú, corral de negros, de Manuel Zapata Olivella


- La sed de los huyentes, de Milcíades Arévalo


- Urbes luminosas, de Eduardo García Aguilar


- Cuentos para antes de hacer el amor / Cuentos para antes de hacer el amor, de Marco Tulio Aguilera Garramuño


Un día encontré en mi casa un libro que durante un tiempo largo tuve siempre a la mano: la antología El cuento colombiano, de Eduardo Pachón Padilla. Lo interesante de este volumen era que hacía un recorrido relativamente completo por la tradición narrativa colombiana en la medida en que incluía cuentos de autores que iban desde Tomás Carrasquilla hasta Andrés Caicedo, pasando por Manuel Mejía Vallejo, Pedro Gómez Valderrama, Cepeda Samudio, García Márquez y Óscar Collazos.



En esta época caí en el hoyo negro de la narrativa colombiana posterior a García Márquez. En muy pocos meses leí un montón de novelas con pretensiones intelectuales y experimentales que generalmente me aburrían y no me interesaban. Las novelas de Mutis, Episodios bogotanos, La casa grande, Urbes luminosas y algunos relatos de El cuento colombiano son las únicas obras de autores colombianos cuya lectura recuerdo haber disfrutado. Supongo que cuando me di cuenta de que las demás me resultaban insoportables seguí leyéndolas porque estaba a la expectativa de encontrar algo valioso en ese territorio que yo quería sentir tan próximo a mí. Y supongo también que si lo hubiera encontrado les habría dado una oportunidad a algunos libros de otros autores colombianos como Alberto Duque López, Alonso Aristizábal, Sandro Romero, Óscar Collazos, Juan Gossaín o Alfonso López Michelsen que compré pero nunca leí.

viernes, 9 de mayo de 2008

¿la próxima de garcía márquez?

Cada vez que García Márquez abre la boca a mí se me ponen los nervios de punta, sobre todo si lo hace para anunciar la salida de un nuevo libro. Me cuesta trabajo aceptar que el autor de Memorias de mis putas tristes sea el mismo que años atrás escribió Cien años de soledad, El otoño del Patriarca, Crónica de una muerte anunciada y El amor en los tiempos del cólera.


Esta semana me han entrado otra vez los nervios después de que leer en el periódico El Tiempo la siguiente declaración del periodista Darío Arizmendi: ‘Tuve la fortuna de estar este fin de semana en México con el escritor y puedo asegurar que le está dando los últimos toques a su nueva novela’.


El titular de la noticia hace que el anuncio de Arizmendi me parezca aún más alarmante: ‘García Márquez da los últimos toques a novela de amor que publicará este año’*.



Supongo que llega un momento en el que a los escritores les entra el cansancio como a cualquier otra persona. Tengo claro que la obra de un autor evoluciona desde todo punto de vista —al fin y al cabo su producción es una búsqueda en la que el proceso lo es casi todo—. Y también me parece razonable que cuando uno ha hecho una buena carrera dedique su vejez a cuidar las plantas, a llevar a sus nietos al parque, al bricolage o a echarse en el sofá a leer el periódico.


Sin embargo, hay algo que todavía no he podido entender: ¿cuáles criterios o motivaciones han llevado a García Márquez a publicar sus últimos libros, que dejan una mancha en el conjunto de su obra?


Teniendo en cuenta que García Márquez es una celebridad que no debe tener mayores preocupaciones económicas, no creo que sus motivaciones sean el dinero —anticipos, royalties, etc.— y la fama. Esto me hace pensar en la posibilidad de que él esté satisfecho con lo que está escribiendo, que de ser así hablaría muy mal de él.




* ¡Madre mía!

sábado, 8 de septiembre de 2007

lecturas de fin de semana [ 45 ] / 'más best seller que gran literatura'

Tal vez la investigadora y escritora Luz Mary Giraldo sea la persona que ha hecho los estudios más rigurosos y sistemáticos sobre la evolución de la narrativa colombiana contemporánea y el estado de ésta en distintos momentos. Entre sus trabajos sobre este tema se destacan los estudios Narrativa colombiana: búsqueda de un nuevo canon y Fin de siglo. Narrativa colombiana, así como las antologías de relatos Nuevo cuento colombiano. 1975-1995, Cuentos de fin de siglo, Cuentos caníbales, Ellas cuentan y Cuentos y relatos de la literatura colombiana.


A continuación reproduzco un interesante artículo bastante crítico a propósito de los rasgos que caracterizan la escritura de los autores jóvenes colombianos que escribió Luz Mary a propósito de Bogotá 39 y que fue publicado en la edición de esta semana de la revista Cambio.


Más best seller que gran literatura

Por Luz Mary Giraldo

Es frecuente oír, sobre todo a través de los medios, que la literatura colombiana "goza de buena salud" porque es exitosa en publicidad y ventas. La reciente convocatoria al encuentro internacional de escritores llamado Bogotá 39, realizada por la Secretaría Distrital de Cultura y Hay Festival, obedeciendo al reconocimiento de la UNESCO a Bogotá como Capital Mundial del Libro, de manera particular propuso, quizá caprichosamente, reunir autores menores de 39 años de diversos países de Latinoamérica, para tomarle el pulso a la literatura. Fue evidente la ausencia de poetas, dramaturgos o ensayistas, confirmando así la hegemonía de un género que muchos aprovechan para hacer de su biografía materia literaria, antes que asumir el carácter reflexivo, crítico o meditativo que exigirían los otros géneros o autores.


Sin duda el encuentro fue interesante: escritores con mayor o menor número de publicaciones no solo tuvieron la oportunidad de conocerse entre sí sino la de presentarse en diversos escenarios y ante distintos públicos, dejando ver inquietudes comunes y manifestando algunos claridad sobre cómo, por qué, para qué y sobre qué escriben. Si se hiciera un balance más amplio de lo que está pasando en la literatura colombiana, es necesario reconocer la existencia de los otros géneros e ir más allá de las edades de unos autores.


Si tomamos como paradigma el boom narrativo latinoamericano que en la década de los 60 definió la literatura a partir de unos autores claramente comprometidos con las ideas revolucionarias de entonces, es claro percibir en ellos conciencia de la historia, necesidad de buscar y experimentar nuevos lenguajes, de construir ficciones a partir de realidades concernientes a todos, y de reconocerse en sus propios países y ante el mundo. Estimulados por lectores universitarios, traductores y críticos y, según señalaron autorizados escritores y estudiosos, fueron inicialmente convocados por una destacada editora y un notable escritor, a partir del deseo de internacionalizar la novela latinoamericana, agregando también que era necesario aprovechar el vacío literario que había en Europa y Norteamérica. Como a las fiestas, encuentros o congresos no fueron invitados todos los autores, algunos de los "desconocidos" no sólo vivieron la injusticia poética, sino hicieron un silencioso camino, mientras otros contando con más fortuna han logrado, especialmente en los espacios académicos o gracias a lectores rigurosos, ser rescatados del olvido.


En el caso colombiano, Gabriel García Márquez (autor del boom) y Álvaro Mutis son definidos como figuras tutelares de la narrativa colombiana. La crítica o sus lectores no vacilan en aceptar de manera reverencial sus escritos. Dolorosamente algunos de sus contemporáneos no han logrado o no lograron merecido reconocimiento nacional o internacional. Mirando las últimas décadas, es necesario subrayar que en Colombia existen, como en Latinoamérica, autores que deslindados del boom o del macondismo, se dieron a la tarea de explorar en la vida y la experiencia de la ciudad y sus individuos, en la historia y sus procesos, en las diversas formas de pensamiento y escritura, llegando a ser, como lo dijera a mediados de los 70 y vaticinadoramente el crítico uruguayo Ángel Rama, "contestatarios del poder". Críticas e irreverentes, sus ficciones no siempre apelan a un lector corriente ni hacen concesiones: participan de la crisis de la modernidad y les corresponde vivir el desencanto de las utopías, lo que claramente se percibe en esas obras que indagantes reflejan nexos con la tradición, experimentan e ironizan, expresan la interioridad y juegan con diversos recursos que les permitan la creación de entes de lenguaje y seres de ficción.


Con el paso del tiempo a algunos interesa menos lo experimental y acuden a relatos que reflejan la tensión y el estado alarmante de nuestra realidad y cultura, haciendo señalamientos a la crisis de valores y del lenguaje. Si el cine europeo neorrealista y existencialista incidía en las visiones de mundo de los anteriores, el periodismo, la literatura negra, el llamado realismo sucio, el vértigo del cine contemporáneo, la música en sus variantes del rock o del pop, la cibernética, la velocidad, entre muchas de las formas actuales de expresión, rigen su cotidianía y sus expresiones literarias.


Con pocas excepciones, los menores de 39 y otros "mayorcitos", llamados "hijos de los hippies" por uno de los invitados al último encuentro, responden en general al espíritu del presente: renuncian a los grandes pensamientos y a las exploraciones estilísticas. Escépticos antes que desencantados, exponen la realidad desde su experiencia o biografía, al apelar a temas destacados por el periodismo rojo o amarillista, contribuyendo así al interés de la cultura masiva que las editoriales y los medios facilitan en búsqueda de un mercado en el que lo que importa es lo que se vende.



Todo autor quisiera ser best seller. Pero no a todos los autores les interesa hoy escribir la obra literaria. En la perversa ley del mercado es más importante lo que más venda, situación problemática si define políticas culturales cuando no se cuestiona si todo lo que brilla es oro. Me viene a la memoria un comentario que le oí hace varios años a una reconocida escritora, cuando afirmó que quería hacer una literatura no para la posteridad sino para vivir más que decorosamente, así fuera escribiendo guiones para telenovelas o seriados, o relatos sobre temas que llamaran la atención de un público amplio. Optó por lo último y le va muy bien. Recuerdo, también, lo que en alguna mesa redonda de escritores de diversa trayectoria, afirmara hace un tiempo uno de los autores que asistió a Bogotá 39: "a mí me gusta escribir y si eso da billete, mejor todavía". Juzguen los lectores. Esto sucede hoy cuando otros autores nuestros y de otros contextos conservan una actitud contestataria radical y no hacen pactos con la sociedad de consumo

lunes, 27 de agosto de 2007

summertime [ 34 ] / bogotá 39

Con motivo del evento Bogotá, capital mundial del libro 2007, se abre la convocatoria Bogotá 39 en la que un jurado compuesto por los escritores colombianos Héctor Abad, Óscar Collazos y Piedad Bonnett elige a los 39 mejores escritores latinoamericanos menores de 39 años. El listado de autores seleccionados fue dado a conocer el pasado 26 de abril durante la Feria del Libro de Bogotá.


En principio Bogotá 39 puede llegar a cumplir tres objetivos fundamentales:


1. Darle relevancia al evento Bogotá capital mundial del libro 2007 marcando un antes y un después en la narrativa latinoamericana contemporánea mediante la etiqueta “generación Bogotá 39”


2. Proponer un canon dentro de la nueva generación de autores contemporáneos de América Latina


3. Darles visibilidad a los autores seleccionados y, por lo tanto, echarles un empujón a las ventas de sus libros —algunos de ellos creados especialmente para la ocasión como la compilación de relatos de autores colombianos Calibre 39, de Villegas editores, y la Antología del cuento latinoamericano, de Ediciones B—



La semana pasada los escritores que forman parte de Bogotá 39 participaron en una serie de eventos en la capital colombiana que acapararon la atención de los medios y que dieron pie para algunos pronunciamientos con respecto a la convocatoria y a los autores seleccionados. Entre estos pronunciamientos se destacan los siguientes:


- La columna de Ana Roda, gerente de Literatura del Instituto Distrital de Cultura y Turismo —que tiene un tono marcadamente institucional—, en las Lecturas Dominicales de el periódico El Tiempo


- El texto de la escritora y profesora Piedad Bonnett, quien fue uno de los miembros del jurado, en la revista piedepágina


- Las opiniones expresadas por Diego Trelles Paz, Edmundo Paz Soldán, Fernando Iwasaki, Jesús Ernesto Parra, Jorge Carrión, Julio Ortega, Luis Fernando Afanador, Ramón González y Salvador Luis en la revista piedepágina


- El texto "Los asesinos prudentes", de la ensayista y traductora Margarita Valencia ex gerente de Bogotá, capital mundial del libro 2007 y actual directora de la Biblioteca Nacional de Colombia en la revista Arcadia


Anteriormente me había referido a la convocatoria Bogotá 39 en las siguientes entradas:


- lecturas de fin de semana [ 9 ], 'bogotá 39'

- calibre 39: una antología de relatos de quince jóvenes escritores colombianos, entrevista a luis fernando charry, de villegas editores

- lecturas de fin de semana [ 27 ], 'hay que abrirles campo'

viernes, 29 de junio de 2007

la influencia de los prescriptores de opinión

Quisiera retomar el tema de mi entrada de ayer trayendo a colación dos anécdotas simples pero significativas acerca de la manera como los prescriptores de opinión consiguen dirigir la atención de esa masa amorfa que se conoce como “la opinión pública” hacia los temas sobre los que manifiestan sus puntos de vista.


Bogotá, abril 8 de 1999


En la columna ‘Contraescape’ que publica en el periódico de su familia, Enrique Santos —quien es uno de los tres líderes de opinión más influyentes de Colombia— escribe una elogiosa reseña de una novela que ganó la Beca Nacional de Novela del Ministerio de la Cultura y que acaba de sacar la editorial Plaza & Janés porque el ministerio no dispone de los fondos necesarios para publicarla. Se trata de Rosario Tijeras, cuyo autor es un desconocido escritor de la ciudad de Medellín llamado Jorge Franco Ramos —que ya había publicado el libro de cuentos Maldito amor y la novela Mala noche—.


Un par de semanas después de la publicación de la columna de Santos —titulada ‘Un libro para leer’—, Rosario Tijeras es el libro más vendido de la Feria del Libro de Bogotá. Al cabo de unos meses la editorial Norma publica el libro, que debe reimprimir una y otra vez. Ahora todo el mundo habla de Franco y de su novela —después de la cual vendrían un par más y la adaptación cinematográfica tanto de ésta como de Paraíso Travel—.


Rosario Tijeras es una novela corta que explora el mundo de los sicarios a través de una historia de amor —dos elementos que producen una combinación explosiva—. Aunque su argumento es flojito y cursi, la novela tiene las virtudes de estar escrita con una prosa muy pulida y de tener un ritmo narrativo bastante dinámico. Claramente los elementos “tema”, “extensión” y “estilo narrativo” son el complemento perfecto al push de Santos para que la novela funcione comercialmente.


Tras la euforia de Rosario Tijeras se reeditaron tanto Maldito amor como Mala noche y Franco publicó Paraíso Travel —novela en cuya dedicatoria le devuelve el guiño a Enrique Santos— y Melodrama. Años después del fenómeno Rosario Tijeras los detractores de Franco siguen llamándolo "el escritor aguacate" porque dicen que lo maduraron a punta de periódico.


***


Bogotá, octubre de 2001


Para mi trabajo de grado sobre tendencias y hábitos de lectura de narrativa contemporánea entrevisto a Luis Fernando Afanador, el comentarista de novedades editoriales del semanario más importante de Colombia. Le pregunto si tiene indicios de que sus comentarios tengan alguna repercusión sobre las ventas de los libros a los que dedica sus columnas y me cuenta que tras haber reseñado un título que había salido un par de años atrás, éste se agotó en Biblos y otras librerías del norte de la ciudad.


La anécdota que me cuenta Afanador es bastante sugestiva porque normalmente en las revistas generalistas de actualidad sólo se comentan novedades editoriales. Sin embargo, cuando él se toma la licencia de comentar un libro que no es novedad las ventas de éste se comportan como si sí lo fuera.

sábado, 23 de junio de 2007

lecturas de fin de semana [ 26 ] / la colombia de ricardo silva

Aunque no he leído ninguna de sus novelas, conozco a Ricardo Silva desde la víspera de la publicación de la primera de ellas cuyo título es Relato de Navidad en la Gran Vía y he sido un asiduo lector tanto de los cuentos suyos que han aparecido en distintas antologías como de sus crónicas y columnas que han sido publicadas en diversas revistas. Además de ser un lector y un escritor juicioso, Ricardo tiene un espíritu crítico que, a diferencia del de la mayoría de los escritores colombianos contemporáneos a él, se basa tanto en una actitud ecuánime y respetuosa como en un sentido del humor elegante y agudo.


En la edición de junio de la revista Soho, la columna ‘Lugares comunes’ de Silva representa un ejemplo de reflexión y sensatez excepcionales en medio de la polarización y la irracionalidad que se vive desde hace varios años en Colombia —que han dado origen a un patrioterismo, a un fanatismo y a un mesianismo exacerbados que resultan peligrosísimos y que a mí me producen un susto terrible—.


Colombia

Me niego a decirle "Gabo" a Gabriel García Márquez. Me niego a aceptar que Amparo Grisales es nuestra gran diva.

Por: Ricardo Silva Romero


Me gusta esa frase que uno encuentra en las puertas de las neveras: "La casa está donde está el corazón". Me gusta la idea. La entiendo. Estoy de acuerdo. Cada día me parece menos posible hablar de "el amor", "la felicidad" o "la patria" así como así, como abstracciones, como cosas que lo están esperando a uno en algún lugar del mundo. Sospecho que nada queda afuera. Que lo esencial sí es visible a los ojos. Que lo que llaman "el amor" en verdad es la capacidad de aliviarle la vida a una persona. Lo que llaman "la felicidad" no es un punto final sino un paréntesis. Y lo que llaman "la patria" no es un club sin requisitos (aparte, claro, de un orgullo insensato), sino el sitio al que uno llega cada noche: la gente a la que uno quiere contarle qué tal estuvo el día. Yo, quizás por deformación profesional, solo creo en lo concreto. Y si me hablan de Colombia, si me preguntan por qué sigo viviendo en el mismo apartamento, lo primero que me viene a la cabeza es que solo acá puedo irme a pie a ver a mis personas favoritas.


Yo no vivo en el país que aparece en los periódicos. Yo vivo en mi barrio. Y solo aspiro a que me dejen a hacer los recorridos por mi Bogotá, la pequeña Bogotá que alcanzo a recorrer de lunes a domingo, como si todos cupiéramos en esta esquina del planeta. Estoy bien acá. Les doy la mano a los conocidos que me encuentro por el camino. Cambio de rutas para no ver las mismas grietas en el piso. Y dirijo todo mi odio al perrito insomne de mis vecinas. Estoy tranquilo en este lugar, sí. Pero me siento muy lejos de esa Colombia en la que tantos políticos le han vendido el alma al demonio, tantos artistas se han dejado convertir en héroes nacionales y tantas personas han mentido en vivo y en directo sin siquiera avergonzarse. No, no quiero salvar al país ni quiero que el país me salve. Me conformo con cumplir las reglas. Con pasarles al teléfono a las cinco personas que me han tocado en suerte. Y con escribir estas cosas que escribo con las comas, los puntos y las tildes en sus sitios.


Qué puedo hacer: me siento lejos de esa Colombia que cada vez parece más un producto exótico. Abro las páginas del periódico con la sensación de que esa, la de la prensa, la de la televisión, la de la radio, no es una patria sino una casa en ruinas plagada de fantasmas: que el último que salga cierre la puerta con seguro, digo yo, que la empresa no se llame más Colombia sino cualquier cosa que signifique algo mejor.


No, no soy de allá. Me niego a decirle "Gabo" a Gabriel García Márquez. Me niego a aceptar que Amparo Grisales es nuestra gran diva. Me resisto a pelear con uno que aún le tenga fe a Álvaro Uribe Vélez. Me agota el gobierno. Me da vergüenza ajena la oposición. Me declaro insensible al hecho de (me da exactamente lo mismo) que Fernando Vallejo quiera devolver la cédula en la embajada más cercana. Me da cierta vergüenza —aunque se me pasa rápido— que me dejen frío esas noticias sobre colombianos que triunfan en el exterior. Y me reservo el derecho a no sentirme representado por Andrés López, por Juan Pablo Montoya, por Shakira. Que les vaya bien a todos. Que sigan siendo la punta de un iceberg que se derrite día por día. Pero que a nadie le sorprenda si me río de otras cosas, si estoy pendiente de otros héroes, si llevo con el pie izquierdo el ritmo de otras canciones.


No sé. Quién sabe. De pronto se me vuelva a salir, en el futuro, una nostalgia insostenible por la inteligencia de La luciérnaga, el sabor de las chocolatinas Jet, la inteligencia muda del Pibe Valderrama, la discreción ejemplar de Lucho Herrera, las columnas precisas de Antonio Caballero, las canciones torturadas de Guillermo Buitrago. De pronto descubra, en unos años, que incluso me hacen falta las cosas que no me gustaban en la infancia. Tal vez en unos años se me agüen los ojos cuando oiga la voz de William Vinasco Che. Que no es, ahora que lo pienso, un buen ejemplo. Pero hoy estoy convencido de que si dejara de ser el hijo de mis papás, si ya no les hiciera la vida más fácil a las personas que quiero (si, por ejemplo, me sintiera su dueño), me iría sin ningún problema a cualquier lugar en el que me dejaran ser este que soy.


¿Suena raro? ¿Suena absurdo? Estoy diciendo que voy detrás de mi corazón. Y que donde lata queda el país en el que vivo.

jueves, 21 de junio de 2007

reconocimientos a la obra de evelio josé rosero

En Colombia la figura de García Márquez ha sido tan imponente, que los escritores inmediatamente posteriores a él quedaron condenados a vivir —y en la mayoría de los casos también a morir— a su sombra. No sé si en Perú con Vargas Llosa o en Chile con Donoso haya pasado algo parecido.


Mientras que hace algunos años la obra de Germán Espinosa, R. H. Moreno Durán, Tomás González y Fernando Vallejo empezó a recibir el reconocimiento que se merece, casi todos los demás autores posteriores a García Márquez tuvieron que conformarse con ser tratados como celebridades en sus regiones de origen, con andar dictando talleres por aquí y por allá, con coordinar la edición de suplementos culturales locales cuya continuidad dependía de la salud financiera de los periódicos, con ser incluidos en las antologías de cuento de Eduardo Pachón Padilla y de Luz Mery Giraldo o con publicar una novela en las colecciones de autores colombianos de la Oveja Negra y de Planeta —de cuyo tiraje de 2000 ejemplares el 85 % sería rematado por la Panamericana en su pabellón de la Feria del Libro o en sus grandes superficies—.


Como todo siempre puede ser peor, hace algunos años las pocas esperanzas que tenían estos autores de convertirse en las figuras de mostrar de la literatura colombiana se fueron al traste definitivamente con la aparición de una camada de escritores jóvenes que por ser más descomplicados y menos anacrónicos que ellos empezaron a acaparar la atención de las editoriales y de los medios.


Entre estos escritores opacados primero por García Márquez y luego por un grupo de jóvenes iconoclastas se encuentra Evelio José Rosero, un escritor que a pesar de su destacada trayectoria es un total desconocido para el gran público. Además de haber sido el primer autor colombiano —y durante mucho tiempo el único— publicado por Anagrama —que en 1987 lanzó Juliana los mira—, la obra de Rosero ha recibido reconocimientos como los premios Pedro Gómez Valderrama y Fundalectura de literatura para jóvenes.


Sin embargo, el premio Tusquets otorgado en su segunda versión a la novela Los ejércitos es el reconocimiento más importante que ha recibido hasta el momento una obra a la que en Colombia no se le ha prestado la atención que amerita. Aprovechando el prestigio que presupone el premio Tusquets, el sello La otra orilla acaba de publicar en España En el lejero —una novela de Rosero que editorial Norma había publicado en Colombia en 2003—.


No sería raro que a raíz de estos hechos el público colombiano empezara a conocer a Rosero, que su obra se reeditara en Colombia ni que ésta empezara a publicarse en otros países.



jueves, 14 de junio de 2007

el autor como marca y las putas tristes de gabo

Podríamos decir que hoy en día un autor es una marca que, por lo menos en esencia, tiene los mismos atributos que cualquier otra: tiene una identidad que lo distingue de los demás, puede sacar bajo su nombre varios productos que cubren distintos segmentos del mercado, puede ser gestionado por un brand manager —su agente literario o, en su defecto, su editor—, es promocionado a través de distintas estrategias de marketing, sus ventas dependen en gran parte del boca a oreja y su ubicación en el punto de venta puede llegar a ser un factor clave para el desempeño comercial de sus productos —por lo cual las tiendas cobran un dineral por colocarlos en un lugar concurrido y visible—.


Como sucede con cualquier otra marca, el prestigio de un autor es el mejor argumento de venta para vender sus productos. Debido a lo anterior un autor bien posicionado vende el libro que sea independientemente de la calidad de éste. Basta con ver las ventas que tiene hoy en día cualquier libro que saquen figuras como Gabriel García Márquez, Stephen King, José Saramago, Dan Brown, Paul Auster, John Grisham, Michel Houellebecq, Mary Higgins Clark, Paulo Coelho, Antonio Tabucchi, Danielle Steele, Isabel Allende, Susanna Tamaro o Arturo Pérez-Reverte.


Es más, cuando un autor triunfa con su tercer o su quinto libro el prestigio que éste le da sirve para jalonar las ventas tanto de sus libros anteriores como de los que escriba en el futuro. Para poner un ejemplo reciente, justamente esto es lo que sucedió con las novelas de Dan Brown anteriores a El código Da Vinci: Ángeles y demonios, La fortaleza digital y La conspiración —como lo destaqué hace un mes en mi entrada titulada ‘la esquiva fórmula del best seller’—. Acciones de este tipo, entre muchas otras, justifican lo que las editoriales llaman “una política de autor”.


Se me viene a la cabeza otro par de casos interesantes: a raíz del éxito de Tokyo Blues y Kafka en la otra orilla, dos novelas del japonés Haruki Murakami publicadas por Tusquets, hace poco Anagrama sacó de sus bodegas la novela La caza del carnero salvaje, de este mismo autor, que había publicado en 1992. Por otro lado, el nuevo sello La otra orilla —perteneciente al Grupo editorial Norma— aprovechó que el escritor colombiano Evelio Rosero se había ganado a principios de este año la segunda versión del Premio Tusquets con su novela Los ejércitos para publicar hace un par de semanas en España una novela del mismo autor llamada En el lejero, que su casa matriz había publicado en Colombia en 2003.


He hecho todo este preámbulo sólo para decir que hace dos días empecé a leer Memorias de mis putas tristes, de Gabriel García Márquez, y para confesar que aunque no esperaba mayor cosa, esta novela me ha producido una decepción que supera con creces mis expectativas iniciales. El estilo sobrecargado y lagrimón de la última novela de García Márquez, que raya en la cursilería, me ha parecido desconcertante. No sé si con los años al hijo del telegrafista de Aracataca —como él mismo se define— le ha entrado un sentimentalismo que se apodera de su pluma. Lo que sí sé es que aunque soy consciente de que la escritura de un autor debe evolucionar con el paso del tiempo, me cuesta trabajo asimilar que el mismo autor de Crónica de una muerte anunciada, El coronel no tiene quien le escriba o El amor en los tiempos del cólera haya escrito frases como “descubrí, en fin, que el amor no es un estado del alma sino un signo del zodíaco” o “la sangre circulaba por sus venas con la fluidez de una canción que se ramificaba hasta los ámbitos más recónditos de su cuerpo y volvía al corazón purificada por el amor”.


Los libros de García Márquez se siguen vendiendo con un ritmo superior al de muchos otros long sellers. Incluso la edición conmemorativa de Cien años de soledad ocupa esta semana el segundo lugar en la lista de los libros de ficción más vendidos en España. Sin duda alguna el rendimiento en ventas del Nobel colombiano explica la puja que hubo en su momento por los derechos tanto de sus memorias como de su última novela.


Aunque actualmente las ventas de sus libros sean magníficas —y seguramente en el mediano plazo seguirán siéndolo—, considero que Memorias de mis putas tristes es una mancha en el conjunto de la obra de García Márquez que puede influir de manera negativa sobre la valoración que se haga de ésta en la posteridad.

miércoles, 16 de mayo de 2007

calibre 39: una antología de relatos de quince jóvenes escritores colombianos / entrevista a luis fernando charry, de villegas editores

Desde hace varios años Villegas editores —fundada en 1985— ha venido ganándose un merecido reconocimiento en Colombia y en algunos otros países por el cuidado con el que son editados sus libros ilustrados de gran formato, que han terminado por convertirse en una especie de insignia nacional. En 2000 esta editorial decidió empezar a publicar una serie de colecciones rústicas de bolsillo que incluye textos tanto de interés general como literarios. Aprovechando la coyuntura de la convocatoria Bogotá 39 —de la cual hablé el pasado 28 de abril—, Villegas acaba de publicar en su colección Turquesa una antología de relatos de quince autores colombianos menores de 39 años cuyo nombre es Calibre 39.


El escritor y editor Luis Fernando Charry nos habla acerca no sólo del origen de la idea de hacer esta antología, sino también de la diversidad de registros que hay en las voces que ésta recoge —entre las que se encuentran Juan Álvarez, Andrés Burgos, Juan Esteban Constaín, Antonio García, Adriana Jaramillo, Ricardo Silva y Antonio Ungar. Si de antemano es evidente que las trayectorias de estos quince escritores son bastante distintas, según Charry su registro, sus temas y los mundos que construyen también lo son.


Martín Gómez: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de publicar Calibre 39?


Luis Fernando Charry: A finales del año pasado estuve hablando con Benjamín Villegas sobre la posibilidad de hacer una antología de autores colombianos menores de 39 años. La idea, por supuesto, era jugar un poco con los 39 menores de 39 a nivel latinoamericano.


M.G.: ¿Cuáles son las motivaciones que condujeron a la publicación de Calibre 39?


L.F.Ch.: En principio ha sido parte de los proyectos literarios de la editorial de este año. Por otro lado, la antología se podría entender como la conformación casi definitiva de un ‘grupo’ de escritores más o menos jóvenes —tal vez faltan y sobran un par— y más o menos decorosos que están tratando de escribir su propia obra.


M.G.: ¿Cómo fue el proceso de selección tanto de los autores como de los textos incluidos en Calibre 39 y quiénes participaron en él?


L.F.Ch.: El único requisito era que todos los autores incluidos hubieran sido publicados en libro anteriormente. En este proceso participaron los editores de Villegas y Roberto Rubiano Vargas, quien es el autor del prólogo.


M.G.: ¿En qué se diferencia Calibre 39 de otras antologías como Cuentos caníbales, Cuentos y relatos de la literatura colombiana, ¡Aaaaahhhhh…! o Fricciones urbanas?


L.F.Ch.: En lo fundamental: es un libro de editor, no de autor. O sea, no es lo mismo aparecer en Planeta que aparecer en Villegas. Cada editorial tiene —o al menos eso me gustaría creer— su propio temperamento.


M.G.: ¿Cuáles son los diferentes registros tanto narrativos como temáticos que encuentra en los textos y autores incluidos en Calibre 39?


L.F.Ch.: Hay quince tonos distintos, quince temáticas distintas, quince mundos distintos. De eso habla Rubiano en el prólogo. Y tal vez eso justifica su existencia: la diversidad del panorama permite que el lector se maree menos. Eso es lo bueno de las antologías: lees lo que te interesa y punto. Claro, lo anterior se aplica a los buenos lectores.


M.G.: ¿Encuentra algunos elementos en común entre los autores incluidos en Calibre 39?


L.F.Ch.: Ninguno.


M.G.: ¿Hasta el momento cómo ha sido la recepción de Calibre 39?


L.F.Ch.: En cuanto a la crítica, hay dos bandos: aquellos que están a favor de la selección y aquellos que están en contra. En cuanto a las ventas, se mueve bastante bien.


M.G.: En Colombia desde hace ya muchos años Villegas editores es una institución en el mercado de los libros ilustrados. ¿En qué momento y por qué la editorial decide crear colecciones en otros campos que implican una diversificación de sus actividades?


L.F.Ch.: Esta pregunta se la podría formular a Benjamín Villegas. Supongo que tiene que ver con su modo de ver el mundo editorial y su propia vida: Benjamín es un tipo infatigable, que siempre —y cuando digo siempre estoy hablando de cualquier día de la semana, de cualquier hora del día o de la noche— está pensando en sus proyectos. En algún momento de descuido, supongo, mientras terminaba de diseñar un libro de gran formato, se le debió ocurrir sacar un par de colecciones literarias. Y al día siguiente, no me cuesta creerlo, se puso en la tarea.


M.G.: ¿Villegas editores prevé seguir apostándole a incluir en su catálogo libros de narrativa de autores jóvenes?


L.F.Ch.: Por supuesto que sí.


M.G.: ¿Podría mencionarnos algunos autores y/o libros que le gustaría incluir en el catálogo de la colección de narrativa?


L.F.Ch.: De autores extranjeros hay un montón que me gustaría publicar. La lista sería bastante larga. De los colombianos me gustaría publicar a Juan Esteban Constaín, por ejemplo. De todas maneras, estamos recibiendo propuestas.