sábado, 21 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 7 ] / ‘la industria editorial, en punto muerto’

Hace poco encontré en Sobre edición, el blog del editor venezolano Leroy Gutiérrez, un documento de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) —que reproduzco a continuación— acerca del estado actual del mercado editorial español, cuyo crecimiento parece haber disminuido durante los últimos años. El documento titulado ‘La industria editorial, en punto muerto’ describe brevemente el panorama actual de la estructura de la propiedad en el mercado editorial español, haciendo un énfasis particular en la participación de los grandes grupos multimedia en distintos sectores como la edición de libros y de diarios, la radio y la televisión.

La industria editorial, en punto muerto

La industria editorial en España, pese a ser el nuestro un mercado maduro, está por ‘explotari. En el quinto lugar del ‘ranking’ del sector de las editoriales en todo el mundo, después de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y China, las españolas, terceras en Europa por delante de Francia, son líderes en casi todos los países de Iberoamérica, su vía natural de expansión, por lo que, según los expertos, apremia salir a la conquista de nuevos mercados.
El reto es entrar en Estados Unidos. “El sector editorial español ha estado tradicionalmente muy internacionalizado. Primero, por el vínculo con América Latina y, luego, desde la integración en la Unión Europea con los países que la componen. La penetración en el mercado de EE.UU. ha sido siempre minoritaria y dificultosa”, explica José María Álvarez de Lara, profesor de Esade.Por ello, el motivo de mayor preocupación entre los empresarios del mundo editorial español en los últimos años ha sido, y sigue siendo, la falta de crecimiento continuado. La industria, dicen, está ampliamente consolidada, pero falta una clara y definitiva expansión. De hecho, el sector lleva estancado diez años, con un crecimiento anual del entorno del 1%, según los datos aportados por el último Estudio sobre Comercio Interior del Libro en España realizado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Durante el ejercicio pasado, facturó 2.933 millones de euros, un 1,8% más que en 2004. Rozó los 70.000 títulos editados (un 2,6% más que un año antes) y de los 321 millones de ejemplares editados se vendieron algo más de 230 millones, casi un 3% menos que en 2004.


Cosas por hacer

El presidente de la FGEE y del Grupo Santillana, Emiliano Martínez, explica que la causa del escaso crecimiento se debe a que el sector librero es ya un ‘mercado maduro’, y, si bien está ‘relativamente satisfecho’ con su evolución, faltan cosas por hacer. Por ejemplo, los expertos coinciden en que la reducción del canal de distribución más tradicional, el de las librerías, empobrece el servicio al ciudadano. “Es causa de preocupación la pérdida de presencia de las librerías tradicionales, que siguen cediendo terreno en su desigual batalla con las grandes cadenas y los hipermercados. Con todo, las librerías cuentan aún con un 48,8% de la cuota de mercado, si bien han cedido dos puntos”, apostilla el presidente de la FEGG.

”Una de las carencias más importantes de esta industria española es, sin duda, la falta de limitación de títulos editados, uno de los más altos en Europa con cerca de 70.000 anuales. Ahora bien, la disponibilidad de los productos en el mercado debido a una distribución muy fragmentada es la asignatura pendiente de esta industria”, añade el profesor de Esade.En la actualidad, existen en España más de 3.000 editoriales, de las que la gran mayoría son empresas medianas e independientes, y que dan empleo a un total de 3.746 personas. Cada año se abren en España una media de 200 editoriales, pero algunas no sobreviven ni un ejercicio desde su apertura, y ni tan siquiera llegan a publicar. Además, debido a la concentración editorial llevada a cabo en las últimas décadas, la distancia entre las consideradas grandes editoriales y el resto se ha incrementado. Del total, unas 400 empresas figuran como pequeñas editoriales, con siete empleados como media y una facturación de hasta 600.000 euros al año.

Entre el 2 y 2,5% del PIB

El peso económico del sector varía mucho dependiendo de qué tipo de empresas se mida. Por ejemplo, las 770 empresas —más de 400 de ellas pymes— agrupadas en la Federación Española de Gremios Editores de España (FGEE), movieron en 2005 —últimas cifras disponibles— un total de 4.000 millones de euros, lo que supone un 0,7% del PIB español. “Si bien se puede calcular que el conjunto de las industrias culturales representa entre un 7 y un 8% del PIB, el sector editorial de libros supone entre el 2 y el 2,5%. La participación en el PIB de las industrias culturales está creciendo tanto en España como en el resto de los países avanzados”, añade Álvarez de Lara.

Pero la base de la industria editorial española, al igual que en el resto del mundo, se sustenta en grandes grupos empresariales o ‘holding’. “Esta industria está básicamente estructurada alrededor de un 4% de empresas que representan el 65% de las ventas. Además, el 25% de las empresas pertenecen a un grupo o a un ‘holding’”, apunta el profesor Álvarez de Lara.El grupo Planeta encabeza la relación de grupos editoriales por cifra de ventas con empresas tales como Planeta, su socia italiana Planeta de Agostini, y Espasa Calpe, propiedad también de la primera. En esta relación se encuentra el grupo Bertelsmann con las empresa Círculo de Lectores y Random House Mondadori, y luego los grupos Santillana, Anaya y Océano.

Diversificar y especializarse

Los expertos opinan que si bien no se puede generalizar diciendo que el futuro de la industria editorial pasa por la diversificación del negocio —algunas, las no tan grandes, contemplan su futuro con éxito especializándose como por ejemplo el sector de la literatura, el de la edición científica y técnica o la edición jurídica—, a nadie se le escapa que los grandes grupos, tanto nacionales como internacionales, se han diversificado y continúan haciéndolo en sectores afines al de las industrias culturales, tales como la prensa, las revistas y el mercado audiovisual (cine y televisión).

El Grupo Planeta apostó desde sus inicios (se fundó en 1949) por la difusión internacional del libro. Hoy cuenta con una sólida red de editoriales en Iberoamérica y Portugal. Ejemplo de ello son la propia Editorial Planeta en Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela, Ecuador, México y USA; Emecé Editores en Argentina; Joaquín Mortiz en México y Dom Quixote en Portugal.

Además, dentro de la estrategia de erigirse como Grupo de Comunicación proveedor de contenidos a través de múltiples canales y soportes, el Grupo Planeta ha tomado participaciones en diversos medios de comunicación. Desde junio de 2003, junto a De Agostini, es el accionista de referencia del Grupo Antena 3, que incluye Antena 3 TV y la cadena de radio Onda Cero. Es accionista de referencia del diario La Razón y, junto al Grupo Godó, también del periódico catalán Avui, además del gratuito ADN.

El socio italiano de Planeta, Editorial Planeta DeAgostini, se constituyó en el año 1985 para centrarse en tres grandes áreas: los coleccionables, los productos interactivos —enciclopedias, cursos y obras infantiles en soporte electrónico—, y los cómics. Opera en España, Portugal, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, México, Portugal, Uruguay y Venezuela.Pero el gran cambio le llegó con la llegada a su presidencia de Marco Drago, en 1997. El grupo De Agostini es propiedad de 30 familiares, incluido Drago, que posee en torno al 5,7% el capital. El año pasado logró la mitad de sus ingresos de la aseguradora Toro, que compró a Fiat en 2003 y que vendió en junio a Generali por unos 3.900 millones de euros. De Agostini también posee inversiones en medios de comunicación como Antena 3, y empresas de distribución de cine y DVD.

Su última ‘diversificación’ de negocio ha sido reciente: en octubre, adquiría Gtech Holdings, el primer fabricante de equipos de lotería del mundo, realizada a través de su filial Lottomatica.El grupo Bertelsmann se fundó en Alemania en 1835, a partir de una editorial familiar, pero muy pronto empezó a diversificarse hacia los medios de comunicación, la línea que siguen ahora las grandes del sector editorial. Sus propiedades engloban edición de prensa escrita, productoras de música y películas, servicios on-line y firmas editoriales. Es el gigante europeo de la comunicación y uno de los más grandes del mundo. En estos momentos, el grupo, con presencia en 50 países y más de 300 centros de negocio, opera en la Unión Europea (UE), Iberoamérica, Estados Unidos, África y Asia.

En España el grupo centra su actividad en el campo editorial, donde cuenta con Círculo de Lectores y el Grupo Editorial Bertelsmann (Plaza & Janés, Lumen, Mondadori, Debate, Grijalbo, etc). En el año 2000 Bertelsmann y el grupo Planeta fundaron DeBolsillo, quedándose Berstelmann con el control de la empresa un año más tarde. DeBolsillo fue lanzada en Santiago de Chile a través de la Editorial Sudamericana, propiedad del conglomerado alemán.

En cuanto al sector audiovisual controla RTL, la cadena de TV con base en Luxemburgo (22 cadenas de televisión y 18 de radio en toda Europa). A través de RTL el grupo participa en la cadena española de televisión Antena 3. Posee, además, una parte del canal de pago alemán Premiere; los también alemanes Club RTL, RTL2, Super RTL y Vox, el Canal 5 británico y los franceses M6 y TMC, entre otros.


Otra línea a seguir es la del Grupo Editorial Santillana, integrado por un conjunto de empresas que desarrollan su actividad en el área lingüística del español y del portugués. A lo largo de su existencia, el Grupo Santillana ha ido consolidando su especialización en la edición educativa, extendiéndola más allá de las fronteras españolas, con especial atención a Iberoamérica, donde el grupo es líder en el sector de libros para la enseñanza. Aunque en su origen el Grupo Santillana es netamente español, en la actualidad está presente con empresas propias en la práctica totalidad de los países de habla hispana, además de Portugal, Reino Unido, Brasil y Estados Unidos.

Desde marzo de 2000, el Grupo Santillana forma parte del Grupo Prisa, al que pertenecen, entre otros medios de comunicación, el diario El País. As, Cinco Días; la Cadena Ser; la entidad de televisión Sogecable, que incluye la televisión en abierto Cuatro y la plataforma de televisión digital vía satélite Digital+.

Diferente caso es el de los grupos Anaya y Océano, comprometidos al 100% con el mundo del libro. El Grupo Anaya, está integrado en el Grupo Lagardère desde enero de 2004. Entonces, tras la autorización de la Comisión Europea para la compra del 40% de Editis, antigua Vivendi Universal Publishing, por el Grupo Lagardère, Grupo Anaya, con José Manuel Gómez como presidente, queda integrado en la división Hachette Livre del mismo grupo.

Apoyo gubernamental

Y mientras los grandes grupos crecen y crecen, y se posicionan en el mercado exterior, las ‘otras’ esperan mayor apoyo gubernamental y de las diversas instituciones que afectan al sector.
En este sentido, ¿qué está haciendo el actual Gobierno para reforzar esta industria? Por su importancia y su influencia en el mundo cultural, todos los gobiernos, en mayor o menor medida, y con mayor o menor suerte, se han preocupado de la industria editorial. Para el profesor Álvarez de Lara “en cierta época fueron los incentivos a la exportación así como las subvenciones al consumo de papel las medidas tomadas para fomentar la actividad de esta industria, que si bien no tiene la importancia económica de otras, tiene más ‘glamour’”.


Con la recuperación de la democracia, los sucesivos gobiernos lanzaron diferentes planes de fomento a la lectura que conocieron éxitos diversos. Pero el debate permanente en el sector es el ‘precio fijo’, con argumentos convincentes tanto en un sentido como otro y con experiencias ajenas que dan elementos para la controversia. “Es cierto que, si bien el índice de lectura es bajo comparado con los países del norte de Europa, el número de lectores ha aumentado como consecuencia del incremento del nivel cultural del país”, analiza el profesor de Esade.

Para fomentar la presencia editorial española en el exterior, la FGEE y el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) han destinado este año un presupuesto de 1,8 millones de euros, que ha servido para participar en ferias en el extranjero, organizar misiones comerciales inversas de compradores de otros países y poner en marcha los planes del Libro en Español en Estados Unidos y de derechos en el Reino Unidos.

Tomado del boletín de noticias de CEGAL
.

viernes, 20 de abril de 2007

de paseo por las librerías / mesa de novedades [ 3 ]

Ubicada en el número 4 de la calle Cardenal Casañas del centro de Barcelona, Documenta es una pequeña librería cuya oferta de libros en las distintas vertientes de la literatura y del ensayo es bastante selectiva y parece restringirse a lo fundamental —al fin y al cabo el espacio es reducido y todo libro que no obedezca a este criterio hace estorbo—. Seguramente debido a lo anterior y a la calidez de sus propietarios, durante sus 32 años de existencia Documenta ha logrado consolidar una clientela más o menos fija que tiene la certeza de que allí no tendrá que dar mayores rodeos para encontrar aquellos libros que se ajustan a sus intereses. Me imagino que gracias a eso ha logrado sobrevivir en medio de estos tiempos de grandes superficies y de plataformas globales de venta por Internet.

Documenta tiene varias mesas de novedades de carácter temático organizadas más o menos de la siguiente manera: ficción literaria en español; ensayo sobre artes plásticas, cine y arquitectura; literatura policíaca, cocina y ensayo de ciencias sociales; narrativa en catalán; poesía; libros de bolsillo, best sellers y libros de viaje.

A continuación presento un listado de algunos de los títulos que encontré ayer en las mesas de novedades de Documenta —hago énfasis en la de ficción literaria en español, que es la que más me interesa—.

Librería: Documenta (Cardenal Casañas, 4)

Fecha: jueves 19 de abril de 2007 (7.42 p.m.)

Algunos libros de la mesa de novedades:


- Primera nieve en el monte Fuji, de Yasunari Kawabata

- Sociedades movedizas, de Manuel Delgado

- Llévame contigo, de M. J. Hyland

- El secreto del mal, de Roberto Bolaño

- Barnaby Rudge, de Charles Dickens

- Cien cartas a un desconocido, de Roberto Calasso

- El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža

- Arthur & George, de Julian Barnes

- Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki

- Delicioso suicidio en grupo, de Paasilinna Arto

- Mercado de espejismos, de Felipe Benítez Reyes

- Cosas que hacen BUM, de Kiko Amat

- Realidades de humo, de María Zaragoza

- Recuerdos de Gustav Mahler, de Alma Mahler

- Complicada bondad, de Miriam Toews

- Hoy, Júpiter, de Luis Landero

- Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster

- Primero estaba el mar, de Tomás González

- Esta historia, de Alessandro Baricco

- Pequeñas memorias, de José Saramago

- La muerte de Matusalén, de Isaac Bashevis Singer

- A paso de cangrejo, de Humberto Eco

- Encyclopèdie, de Philipp Blom

- El corazón helado, de Almudena Grandes

- Otra noche de mierda en esta puta ciudad, de Nick Flynn

- Profundidades, de Henning Mankell

- Para no sufrir más. El Buda en el mundo, de Pankaj Mishra

- Flores azules, de Raymond Queneau

- El niño del pijama a rayas, de John Boyne

- Pájaros a punto de volar, de Patricia Highsmith

- Los ejércitos, de Evelio Rosero

- El orientalista, de Tom Reiss

jueves, 19 de abril de 2007

algunos datos sobre el mercado editorial

Los datos no son más que un listado de variables a las que se le han asignado valores y, por lo tanto, en sí mismos no dicen nada. De hecho, la principal fuente de aporte en una investigación no proviene de los datos mismos sino del marco teórico y de las herramientas interpretativas que se utilicen como punto de partida para analizarlos.

En su edición del pasado domingo el suplemento de libros de The New York Times incluye algunos datos interesantes sobre ciertos aspectos del mercado editorial global. Obviamente la elección tanto de los aspectos como de los mercados abordados es bastante arbitraria. De hecho, está claro que hay un énfasis particular en los mercados más grandes.



Varias cosas llaman la atención en esta primera ficha:

- el bajo porcentaje de libros traducidos que se publican en Estados Unidos —que, sin lugar a dudas, contrasta con las tasas de traducción de libros estadounidenses en otros países y no hace más que reafirmar la hegemonía del inglés—

- la distribución por países de origen de los libros traducidos que se publican en Estados Unidos



En la ficha 'Import - export business...' se destaca el monto de la inversión que hace el Ministerio de Cultura de Francia en la financiación de la traducción a otras lenguas de libros escritos en francés —una evidencia clara del peso de la tradición estatista y chauvinista de ese país— para promover la cultura francesa y la francofonía.



En la lista de los best sellers de ficción en el ámbito internacional correspondiente a 2006 —en la cual la presencia de Dan Brown y de J. K. Rowling era más que predecible— sobresalen dos hechos:

- el alcance de una dimensión global por parte de La sombra del viento —de Carlos Ruiz Zafón— y de La catedral del mar —de Ildefonso Falcones—

- el éxito comercial de una obra de ficción literaria de buena calidad como Brooklyn Follies —de Paul Auster, quien en medio de todo ya es un autor posicionado en un nicho compuesto por lectores de muchos tipos—

Considero que los datos que presenta Jascha Hoffman sirven para hacer un mapeo a vuelo de pájaro del mercado editorial y para identificar la dimensión, los hitos y los límites de éste.

miércoles, 18 de abril de 2007

el 'reportero ciudadano' y los grandes medios

Pasó en las bombas del 7 de julio de 2005 en Londres y volvió a pasar el lunes, tras la matanza de 32 personas en la universidad Virginia Tech: las primeras imágenes de los acontecimientos fueron suministradas por personas del común y no por los grandes medios de comunicación. Valiéndose de sus teléfonos móviles o de sus cámaras digitales para registrar los hechos casi mientras estaban sucediendo, quienes estaban cerca del lugar de la acción se les adelantaron una vez más a las grandes networks de radio y televisión de cobertura nacional —que terminaron basando en estas primeras imágenes su cubrimiento de la tragedia—. De hecho, en cerca de ocho horas el video filmado por un estudiante de origen palestino llamado Jamal Albarghouti recibió más de dos millones de visitas en el portal de CNN.

El hecho de que hoy en día cualquier persona que tenga una cámara para tomar fotos o grabar videos y un computador con acceso a Internet esté en capacidad de producir y poner a circular contenidos que en muy poco tiempo pueden llegar a ser vistos por millones de personas no significa que los grandes medios vayan a quebrarse como consecuencia de un eventual auge de lo que se conoce como ‘periodismo ciudadano’, ni que un clic sea suficiente para dar el salto a la fama ni mucho menos que ahora sea facilísimo hacer lo que tanto trabajo les ha costado a Ryszard Kapuściński o a Jon Lee Anderson. Finalmente el acceso a la información de primera mano no es más que un punto de partida del cual se puede prescindir si se tiene la destreza necesaria para ganarse la confianza del público articulando relatos consistentes a partir de los cables de noticias que envían las agencias de prensa.



Lo que sí sugiere esta idea del ‘reportero ciudadano’ es que los medios tradicionales —cuya propiedad tienden a concentrar cada vez más los grandes grupos multimedia— han perdido el monopolio de la movilización de la opinión pública, sobre todo cuando se trata de temas de interés puramente local. Creo que los medios tradicionales pueden aprovechar su capacidad de acceder rápidamente a fuentes de todo tipo y de contrastar los testimonios de éstas —es decir, de procesar la información en bruto con el propósito de darle valor agregado— para seguir marcando una diferencia importante con respecto a lo que está en capacidad de producir el ciudadano de a pie. Sin embargo, para hacerlo es necesario que le apuesten al fortalecimiento de su credibilidad no sólo porque para un medio de comunicación no hay patrimonio más valioso ni fuente de prestigio más importante que ésta sino también porque cada vez tenemos más argumentos de peso para sospechar de las empresas pertenecientes a los grupos multimedia.

Si, por el contrario, continúan incurriendo en los mismos errores que los han llevado a perder su credibilidad, en el mediano y en el largo plazo los medios tradicionales corren el riesgo de ver cómo las fuentes independientes siguen ganándoles terreno en términos de capacidad de movilización de la opinión pública —sobre todo en el ámbito tanto de lo local como de la discusión especializada en torno a temas específicos—.

martes, 17 de abril de 2007

¿bolañomanía?: especial sobre bolaño en 'babelia' y reseña de 'los detectives salvajes' en 'the new york times'


Después de haber publicado en las lecturas del fin de semana pasado el texto 'Nadie es profeta en su tierra' que apareció en el suplemento Radar Libros de Página/12, quisiera destacar dos cosas más a propósito de Roberto Bolaño:

1. el especial que le dedicó el sábado 14 de abril Babelia, el suplemento cultural de El País, titulado ‘El legado de Roberto Bolaño’.

2. la reseña de Los detectives salvajes publicada el domingo en el suplemento de libros de The New York Times —la editorial Farrar, Straus & Giroux acaba de lanzar la traducción al inglés—.

En el especial de Babelia algunas figuras como Darío Jaramillo, Juan Villoro, Javier Cercas y Edmundo Paz Soldán hacen una aproximación —en ocasiones más afectiva que crítica— a la obra de Bolaño.

La reseña de Los detectives salvajesThe Savage Detectives—, escrita por James Wood, llama la atención porque el hecho de que la crítica estadounidense se ocupe de una de las grandes novelas de Bolaño representa la conquista por parte de su obra de un lugar en el circuito editorial anglosajón —tan reacio a incorporar a autores que escriben en otras lenguas—.

lunes, 16 de abril de 2007

debate sobre la concentración de la industria editorial en el encuentro internacional de editores literarios de la XX feria del libro de bogotá


La realización del Encuentro Internacional de Editores Literarios, que tendrá lugar en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Bogotá que empieza el próximo 19 de abril, pone sobre el tapete un problema típico de la globalización como es la concentración de la industria editorial. Editores de distintos países se reunirán en Bogotá para discutir acerca del panorama actual de la industria editorial y para buscarle salidas a la encerrona que representa la concentración en este sector. Al encuentro asistirán, entre otros, el agente literario Guillermo Schavelzon y los editores Manuel Borrás, Jesús García Sánchez, Felipe Escobar, Pilar Reyes, Claudio López, Jorge Herralde y Eduardo Rabasa.

En su artículo ‘Un debate con altura’, Luis Fernando Afanador —el comentarista de libros de la revista Semana— recoge el punto de vista de distintas figuras del mundo de la edición con respecto al fenómeno de la concentración. Los valiosos testimonios que reproduzco y que comento a continuación dan cuenta no sólo de las amenazas, sino también de las ventajas que trae consigo la concentración de la industria para los editores pequeños.

"En las industrias culturales la concentración de la producción y de la circulación de bienes en pocas —y con frecuencia toscas— manos, entraña riesgos sobre la diversidad y la calidad de la producción y del acceso a la cultura". Alejandro Katz, director del Fondo de Cultura Económica en Argentina.

En su planteamiento Katz establece un vínculo entre la propiedad en el ámbito de las industrias culturales y el pluralismo de la oferta de contenidos. Sin lugar a dudas una de las repercusiones de la concentración tanto de la producción como de la circulación de bienes en este sector es la reducción de los puntos de vista que se encuentran representados en dicha oferta de contenidos y, por lo tanto, del pluralismo de ésta.

"El mundo editorial cada vez tendrá que hacer un lugar como auxiliar de otros medios de comunicación publicando libros que aumenten la popularidad de las películas y de los programas televisivos". André Shiffrin, editor de The New Press.

La afirmación de Shiffrin nos permite entender el mecanismo a través del cual los grandes grupos multimedia diversifican sus actividades e integran servicios complementarios para racionalizar el uso de los recursos que poseen sus distintas empresas mediante sinergias. El propósito de esta operación consiste en explotar los recursos de una manera más eficaz y de distribuir las inversiones en distintos campos, de manera que la venta de ciertos contenidos jalone la de otros que están relacionados con éstos y que se encuentran en distintos formatos.

"La ficción de calidad, la historia del arte y la crítica han desaparecido de los catálogos de estos grandes grupos. Ahora la política es la de pagar importantes adelantos a favor de lo que se espera que sea un éxito de ventas. Pero cada grupo sigue la misma política y los adelantos aumentan más allá de lo que se puede esperar razonablemente por la venta de un libro". André Shiffrin, editor de
The New Press.

Con respecto al exorbitante monto de estos anticipos anota Afanador que “van a la cuenta de pérdidas y para compensar el editor se ve obligado a eliminar las obras de tiradas medias: todos los recursos disponibles deben estar en función del marketing y la publicidad de la gran apuesta. Shiffrin pone el ejemplo de la editorial Harper Collins, en Londres, que despidió empleados para cubrir el anticipo de 32 millones de dólares que le dio a Jeffrey Archer”.

"En Pre-Textos somos seis personas y no necesitamos vender más de 3.000 ejemplares de un libro —aunque en algunos casos hemos superado los 10.000 con un título— mientras que un editor a escala mayor necesita a veces hasta 120 personas y vender al menos 25.000 ejemplares. Yo no sé, ni me importa, cómo se puede combatir a los grandes grupos editoriales. Lo que sí sé es que a la tontería e insolvencia literarias en boga, sólo se les puede oponer buena literatura. El reto de un editor informado, pues, es saber escoger lo mejor para sus lectores aplicando un criterio de excelencia riguroso. Después que éstos, que suelen ser honestos, inteligentes e independientes, elijan entre lo mucho que se les ofrece". Manuel Borrás, editor de Pre-Textos.

El punto de vista de Borrás demuestra en qué medida la concentración también puede representar una ventaja para las pequeñas editoriales, que con equipos de trabajo reducidos pueden apostarle a armar catálogos consistentes conformados por obras de buena calidad literaria que buscan satisfacer los intereses específicos de ciertos nichos de lectores.

"El nicho natural de la edición independiente es la excelencia, el rigor, el trabajo bien hecho, con imaginación y tenacidad, combinando las virtudes del esprinter en el día a día, con las del corredor de fondo". Jorge Herralde, editor de
Anagrama.

Anagrama es un caso bastante particular porque es una editorial independiente que tras cerca de 35 años de existencia ha consolidado su posicionamiento en el mercado de la edición de literatura de buena calidad. Sus contactos y sus vínculos de cooperación con editores independientes franceses, italianos, británicos y norteamericanos le han permitido a Herralde no sólo fichar en su momento a figuras emergentes como Julian Barnes, Antonio Tabucchi y Michel Houellebecq, sino también incorporar a su catálogo a figuras consolidadas como Raymond Carver, Truman Capote y Vladimir Nabokov.

"Una editorial es una empresa, y como tal tiene el propósito de poner en circulación libros para que se vendan, con los que se hace negocio. Pero también tiene la misión de preservar el patrimonio cultural y recuperar voces importantes para los lectores y para la historia de la literatura". Jaume Vallcorba, editor de Acantilado.

Si un examen a vuelo de pájaro del catálogo de Acantilado pone en evidencia la dedicación con la que Vallcorba cumple la misión que ha decidido asumir, las ventas de sus libros demuestran que el editor catalán sabe cómo rentabilizar en beneficio de su empresa el empeño que invierte en su trabajo.

"¿A los grandes grupos sólo les interesa los libros de mucha venta? A eso yo respondo con que en la editorial para la que yo trabajo (gran monopolio, como bien saben ustedes) publico a Lobo Antunes, J.M. Coetzee, V.S. Naipaul, Orham Pamuk, etc. Cuatro de los últimos cinco premios Nobel publican en Mondadori; los dos últimos National Book Award son autores de Mondadori; de los seis finalistas de este año al Premio Impac (el más importante premio irlandés, antesala del Nobel) cinco publican en mi grupo... ¿Hace falta algún dato más? En cuanto a que a las editoriales independientes les interesa la calidad y no las ventas, ¿hay que recordar aquí que fue una pequeña editorial independiente, Umbriel, la que ha publicado El código Da Vinci". Claudio López, coordinador editorial de Random House Mondadori.

Me gustaría preguntarle a López a partir de cuándo los sellos de Random House Mondadori empezaron a publicar a Lobo Antunes, a J.M. Coetzee, a V.S. Naipaul, a Orham Pamuk y a todos los autores notables de los que habla. Seguramente cuando algunos de estos sellos eran independientes —es decir, antes de que Random House Mondadori los comprara— se atrevieron a publicar a muchos de estos autores hoy consagrados cuando apenas empezaban a figurar y apostar por ellos implicaba un riesgo alto.

No me extrañaría que una vez se venzan los derechos de Dan Brown algún sello de uno de los grandes grupos ofrezca por ellos una suma que Umbriel no podrá pagar.

domingo, 15 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 6 ] /entrevista a inge feltrinelli: ‘el gran editor ya no volverá’


Reproduzco la entrevista que le hicieron a la editora germano italiana Inge Feltrinelli en diciembre pasado en El País —como no se puede acceder sin pagar al archivo de éste, la tomé de una página web que la reprodujo—.


Nadie diría que esta mujer que habla y gesticula a lo italiano con el telefonino no es italiana de nacimiento sino alemana (Inge Schoental), y que, a sus 76 años, aún es la presidenta de Giangiacomo Feltrinelli Editore, puesto que asumió cuando, en 1972, su marido murió mientras manipulaba una bomba. Inge Feltrinelli, la gran dama de la edición, creadora de uno de los grandes imperios editoriales europeos, recibió recientemente el premio al Mérito Editorial en la Feria del Libro de Guadalajara con la conciencia de que es tanto un homenaje a su persona como a un modelo de editor que ya nunca más volverá.


Según Inge Feltrinelli, "las pequeñas librerías tendrán que especializarse si no quieren morir. No aguantarán en el cuerpo a cuerpo frente a las otras".



Entrevista a Inge Feltrinelli


"El gran editor ya no volverá"


Carles Geli - Barcelona - 19/12/2006


Pregunta. ¿Qué le hizo inclinarse por la fotografía y la edición? ¿Tradición familiar, quizá?


Respuesta. Todo lo contrario. En mi casa éramos bastante pobres, y yo quería, eso sí desde muy pequeña, conocer mundo y la gente inteligente de este mundo. Mi madre era viuda con tres hijos, dos hermanos pequeños y yo, así que tuve que espabilarme. Nunca he sido ni escritora ni periodista, pero sí acabé descubriendo en mí un pequeño talento, era una buena fotorreportera, sabía captar lo que Henri Cartier-Bresson llamó el momento decisivo de la fotografía.


P. Usted empezó a fotografiar a personajes como Hemingway, Picasso y Simone de Beauvoir gracias a los encargos de un editor de prestigio alemán, Rowolht. ¿Cómo le conoció?


R. Porque me trasladé a vivir a Hamburgo, que tras la II Guerra Mundial simbolizaba la nueva vida, el antifascismo. Me lo presentaron y me encargaba reportajes...


P. Como el famoso de Hemingway, donde usted sale en la foto con el escritor, imagen de la que se prendó un editor llamado Giangiacomo Feltrinelli, a quien conoció un día de 1958 y se dice que ya no se dejaron. ¿Qué le fascinó hasta ese extremo?


R. Sus ideas, sus ideas. Eran totalmente vanguardistas. Me hablaba del problema de los kurdos, imagínese. Y yo, que no sabía nada de política... Además, estaba eso de que era riquísimo pero tenía un ideario comunista de verdad: quería la justicia social para todo el mundo. Algunos de los primeros títulos de la editorial, en 1955, lo dicen todo: una autobiografía de Nehru, y el segundo, El flagelo de la esvástica, sobre los nazis.


P. Pasados 34 años de la muerte de su marido, ¿cómo analiza la radicalización que experimentó y que le llevó al terrorismo?


R. Giangiacomo tenía un miedo fuerte, exagerado me atrevería a decir hoy, a un golpe de Estado de la extrema derecha, y eso le condujo a las armas: para resistir al fascismo. Yo no era partidaria de esa actitud. Fui su amiga y compañera hasta el último día, pero en esa etapa estuve absolutamente en su contra.



P. ¿Por qué se puso al mando de la editorial?


R. Consideré un deber absoluto el quedarme y seguir con el proyecto de Giangiacomo. Fue el momento más dramático de mi vida. Tuvimos que reconsiderar toda la política editorial, cortar colecciones y, aún me acuerdo hoy, despedir a 25 personas. El programa de mi marido era demasiado grande para un momento en el que atravesábamos por graves problemas financieros. Ante eso, los colaboradores se bajaron todos el sueldo y a la misma cantidad. Salvar la editorial se convirtió entonces en una misión para mí.


P. Su apuesta fue crear librerías, desde las siete que tenía entonces a las 96 de hoy. Visto con ojos de ahora, la estrategia es visionaria: el control del punto de venta.


R. De alguna manera ya seguíamos la estela de Giangiacomo, pero la ampliamos. En los años cincuenta, las librerías italianas eran muy pequeñas, templos de cultura en los que los jóvenes no entraban. Nosotros empezamos con lo de las puertas abiertas, los libros siempre expuestos de cara, espacios correderos, self-service...


P. Y funcionó.


R. Sí, muy bien, y ahora van mejor que la editorial. Las librerías nos facturan 300 millones de euros al año, mientras que la editorial, 60 millones.


P. Muchos grandes grupos europeos se han pillado los dedos con esa misma estrategia de crear su propia cadena de librerías...


R. No, no con la misma. Por ejemplo, las Feltrinelli no son todas iguales: tenemos una treintena de librerías más o menos pequeñas y sólo seis megastores. La mayoría están en ciudades universitarias. En ellas hacemos cerca de 1.500 actividades anuales. Muchas, ¿verdad? Somos casi el antiministerio de Cultura italiano, que no hace nada.


P. Los gurús pronostican que la venta por Internet, como le pasa a otros productos, puede castigar mucho a las librerías.


R. Eso está por ver. La venta de libros por Internet en Italia ha sido un fracaso. Nosotros montamos una librería electrónica y la cerramos. Quizá la gestionamos mal, pero creo que tienen más sentido en países como Estados Unidos, donde hay distancias muy grandes entre unas ciudades y otras y no hay tantas librerías bien surtidas. Pero en Italia, en Europa, eso no es así. Es lo mismo que el libro electrónico: ¿se imagina una madre leyendo a su hijo en la cama un cuento de Andersen con un aparato de ésos? Imposible. El libro se toca, se huele, es un objeto sensual.


P. Pero cada vez es más difícil mantener una librería fuera de los grandes centros comerciales de las ciudades.


R. Lo que sí pasará es que las pequeñas librerías tendrán que especializarse si no quieren morir. No aguantarán en el cuerpo a cuerpo frente a las otras. Otra cosa es el precio fijo, que sí que es vital para ellas, porque si no las grandes cadenas harán dumping.


P. Un amigo suyo editor, André Schiffrin, escribió hace unos años un libro cuyo título quería reflejar los nuevos tiempos: La edición sin editores.


R. Sí, lo leí. Un poco demasiado pesimista. Creo que un gran y exquisito editor puede existir en un gran grupo. ¿Un ejemplo? Sonny Metha, de Alfred Knopf, en Bertelsmann. Pero eso lo hacemos también en Feltrinelli: publicar libros buenos aunque sabemos que no venderemos ni 5.000. Se trata también de hacer catálogo: nosotros sólo publicamos 140 libros al año. Para un grupo como el nuestro, no es mucho. Y es que tenemos mucha venta de fondo.


P. Admitirá, sin embargo, que el mundo editorial ha cambiado mucho desde que usted llegó a él.


R. Los grandes personajes de la edición, Rowolth, Gallimard... ya no existirán más. Era todo otro sistema: no había agentes literarios, se producía mucho menos, el editor era el protagonista. Esos editores de gran personalidad, que trataban a sus escritores como a hijos, ya no existen. Todo eso ya no volverá. Los editores de hoy no conocen a nadie, todos provienen de grandes industrias. Ahora todo se ha mercantilizado en extremo. Todo es marketing cultural


P. ¿Y eso es malo?


R. No lo sé. Todo se confunde.


P. ¿Las Feltrinelli no son grandes centros de distribución cultural, con libros, DVD, CD...?


R. Sí y no... Lo que sí es cierto es que hay que ir adaptándose y, por ejemplo, filmes y documentales acompañados con el libro, a nosotros nos funciona bien.

sábado, 14 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 5 ] / sobre roberto bolaño: ‘nadie es profeta en su tierra’


El suplemento Radar Libros del diario argentino Página/12 ha considerado que la publicación de El secreto del mal y La Universidad Desconocida, dos libros a los cuales me referí hace poco que recogen textos inéditos y en ocasiones inacabados de Roberto Bolaño, es una buena ocasión para explorar la valoración que se hace de la obra del escritor chileno en su país casi cuatro años después de su muerte. Debido a lo anterior ha recogido la opinión de cuatro figuras de las letras chilenas en el reportaje titulado 'Nadie es profeta en su tierra'.



En el testimonio que dan los autores de los cuatro textos que reproduzco a continuación se destaca la postura crítica de Bolaño frente al establecimiento literario de su país, tanto el anquilosamiento como el espíritu reaccionario de éste y su incapacidad de tomar una distancia crítica para valorar ecuánimemente la calidad de una obra que hacia mediados de los noventa empezó a recibir el reconocimiento de la crítica en España y en los demás países de América Latina —algo bastante frecuente en aquellos medios retrógrados que se construyen alrededor de vacas sagradas a las que sólo le interesa la defensa del status quo para conservar su posición de notables y su séquito de aduladores—.



Nadie es profeta en su tierra


Roberto Bolaño no tuvo una fácil relación con la literatura de su propio país. Habló en contra de muchos autores consagrados y armó un nuevo linaje poético al margen de los grandes nombres. Sus declaraciones y su consagración mundial causaron resquemores y variados enconos. Pero ¿cómo se lee actualmente a Bolaño en Chile? ¿Cuál es la dimensión de su presencia y su peso? Radar estuvo en Santiago para averiguarlo. Además, opinan jóvenes escritores y críticos chilenos.


Por Mauro Libertella, desde Santiago de Chile


Una noche de 2003, una famosa y poco lúcida conductora de televisión chilena anunció, en vivo y a todo color, que Roberto Bolaño, el Chavo del Ocho, había muerto. La confusión podría tildarse de simpática —la animadora pensaba en el actor Roberto Gómez Bolaños, que sigue vivo y coleando— si no escondiera tras sus pliegues una realidad inquietante: a la hora de su muerte, Roberto Bolaño era en su país un escritor más bien fanstasmal, de apellido intercambiable. Con cincuenta años encima, marcados por una concepción utópico-idealista pero altamente contemporánea de la literatura, Bolaño dejaba tras su paso un puñado de libros definitivos; libros escritos con urgencia, con humor, y con una pasión que a muchos nos hizo creer de vuelta en la epifanía literaria como un sueño posible. Sin embargo, en el país en el que había nacido y del que se había ido de adolescente, para volver sólo unos días antes del golpe de Pinochet y exiliarse para siempre, la opinión era todavía difusa. ¿Cómo explicarlo? En primer lugar, la aniquilación y la pausada reconstrucción que hizo Bolaño de lo que se entendía por “literatura chilena”, una literatura anquilosada y dormida en los colchones espinosos de la dictadura, fue radical. Desde sus cuentos y novelas, Bolaño tallaba sobre un mármol perdurable una idea de Chile, hecha con la materia de una inagotable biblioteca personal, pero también con un universo de ideales morales y estéticos que jamás se corrompieron. Así, Bolaño es el escritor que desde España escribe sobre el Chile que recuerda, pero en ese recuerdo está agazapada la proyección de un Chile posible, de un país en donde la mediocridad o el silencio pueden ser denunciados con elegancia pero sin concesiones. Y es lógico: muchos escritores y críticos chilenos sintieron en Bolaño a un forastero que hablaba desde afuera, y tejieron sobre su obra un silencio casi simbólico, que se puede entender como miedo, como rechazo o como la aceptación de una evidencia incontestable.


Y además, claro, están los jóvenes escritores, esos que llegaron a la literatura cuando Nocturno de Chile o Estrella distante se estaban imprimiendo. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo escribir después de Bolaño? ¿Por qué puerta entrar a las catedrales de la literatura chilena, cuando uno de sus más grandes escritores vivos decía: “Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo”? De un solo modo: quemando las barcas por la escritura. Tomando la herencia de Bolaño desde su costado vital y luminoso, que más que un costado es su centro mismo. Pero, desde ya, la propuesta de Bolaño no es de simple ejecución. Implica una revisión total de la tradición, invirtiendo valores que años de dictadura y operadores culturales a su servicio habían erigido, armando con los ladrillos de la mentira una idea de la literatura chilena —esplendorosa, vendedora—, que un escritor como Bolaño, en muy pocos años, pudo hacer temblar.


Para ilustrar la relación esquiva y pantanosa de Bolaño con la patria y el suelo de pertenencia, se ha mencionado el hecho de que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana, escrita por un chileno que vivía en España. Esta extraterritorialidad (en términos de Ignacio Echevarría) fue lo que evitó que el mundillo literario chileno le palmeara la espalda, neutralizando su literatura. Y esa misma extraterritorialidad —solitaria, vertiginosa, lunática— fue la que le permitió también hacer declaraciones como “los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”.


Hay un momento en el archipiélago de la obra de Bolaño en que la idea de Chile hace expansión y se convierte de súbito en la idea de “Latinoamérica”. Pareciera que de Chile a Latinoamérica hubiera un solo paso, la misma pisada áspera pero imprescindible que lo llevó del Chile fundacional al México infrarrealista (reconvertido en “real visceralismo”), y de México a la España de su trabajo narrativo. Y cuando Bolaño se vio a sí mismo reflejado en el espejo prolífico y mediático de la literatura latinoamericana de fin de siglo, no vaciló en espetar sus pareceres. Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.


Caminando por las calles de Santiago se puede percibir el singular imaginario letrado de un país que carga en su haber con dos premios Nobel de Literatura, ambos poetas. Es una relación con la literatura al mismo tiempo cercana —Pablo Neruda es algo así como el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa, si no afirman habérsela tomado, además de haberlo leído en la escuela, al igual que la Mistral— y de idealización, de protección casi guerrera de sus vacas sagradas. Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra. Por eso, tal vez, la irrupción repentina y feroz de Roberto Bolaño en el mapa de las letras locales, con su ímpetu de quiebre y su fascinación por lo menor y lo dislocado, fue difícil de asimilar. Fueron unos pocos años de torbellino y fragor. En 1996 publicó Estrella distante y en el 2003 moría en un hospital, dejando en el horno su magna obra 2666. Un destello de siete años en donde se astilló el arco biológico de una vida, y en los cuales ni la crítica ni los lectores pudieron ignorar que algo definitivo estaba pasando.



I.

La parte de Chile

Por Alejandro Zambra *


Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.


Los libros de Bolaño —de un tal Bolaño, Roberto, chileno sólo a medias, porque “ha pasado la mayor parte de su vida en México y en España”— más temprano que tarde llegaron a las librerías nacionales. Fue el origen de un subterráneo pero efectivo caos. Los narradores comenzaron a leer poesía y los poetas a leer y hasta a escribir cuentos y novelas. Secretamente, eso sí: después de comparar Los perros románticos con La literatura nazi en América o Estrella distante, la conclusión del gremio lírico fue unánime: como poeta, Bolaño era un estupendo novelista. No faltó el narrador, en tanto, que definió Los detectives salvajes como una buena novela de aventuras, ni el que caracterizó a Bolaño, con calculada malicia, como un escritor “para poetas”. Los críticos reaccionaron con desconfianza o con incredulidad: muy pronto las aguas se dividieron entre quienes pasaron de Bolaño —y siguieron buscando al sucesor de José Donoso o divirtiéndose con Tolkien— y quienes reseñaron Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes con un entusiasmo que muchos consideraron excesivo. Los profesores, siempre más aplicados que el resto, aprovecharon el bullicio para diversificar un poco el corpus de lecturas obligatorias: sumaron, entonces, a Hernán Rivera Letelier, a Roberto Ampuero y —para internacionalizar un poco el asunto— a Paulo Coelho.


La muerte de Bolaño dio lugar a retroactivas declaraciones de amistad y a soterradas escaramuzas que con justicia podrían tildarse de bolañianas. Más tarde, la publicación póstuma de 2666 generó debates que poco o nada tenían que ver con la novela; el momento más cómico de la discusión fue la insólita respuesta de un escritor herido que, sin siquiera arrugarse, confesó, en El Mercurio, que no había leído la novela, lo que según él no le impedía opinar que los elogios a 2666 eran desmesurados. En fin: no son pocos, en Chile, los lectores capaces de opinar sin leer los libros. La literatura chilena se piensa a sí misma como una isla orgullosamente distante, que recibe con los brazos abiertos a los turistas, pero mira con desconfianza a los hijos pródigos. “La cantilena, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira”, decía Bolaño, y ese saludable descreimiento le valió la antipatía de unos cuantos. Fue, claro está, el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y más allá de las querellas literarias el hecho es que vamos a seguir varias décadas leyendo y releyendo sus libros con invariable ansiedad. ¿Bolaño, entonces, es el nuevo Parra o el nuevo José Donoso de la literatura chilena? Es una pregunta absurda que, sin embargo, en un notable artículo sobre el propio Donoso, Bolaño ya contestó: “Desde los neoestalinistas hasta los opusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman discípulos de Donoso. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.


Por lo pronto —y es aquí donde entra Borges que, en realidad, nunca ha estado fuera— Bolaño no tiene sucesores, sólo precursores: voces que aún no hemos descubierto, pero que sin duda vagan dispersas por las páginas de Amuleto, Nocturno de Chile o 2666. Los lectores chilenos de Bolaño son también lectores de Wilcock, de Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, de Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, de Fernando Vallejo, de Enrique Lihn; autores, todos, que no suelen figurar, por cierto, en las listas de lecturas obligatorias.

* Nacido en 1975 en Santiago, publicó libros de poesía y la novela Bonsai.


II.

El deshielo

Por Alvaro Bisama **


Habría que explicar la relación —o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras —a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba —para equilibrar un crítico presupuesto familiar— a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.


Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.


Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.


Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.


Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.


De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.


Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.

** Escritor y crítico literario, escribe una columna semanal en El Mercurio titulada ‘El Comelibros’.


III.

Una bocanada de frescura

Por Matias Rivas ***


La instalación definitiva de la figura y de la obra de Roberto Bolaño en la literatura chilena aconteció en el año 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. Fue, por supuesto, el mismo año en que Bolaño se hizo conocido y respetado en la literatura en español por su prosa vertiginosa, elocuente y única. Ganó el Premio Rómulo Gallegos y se despachó un discurso impresionante por su franqueza y sutileza para referirse a sus comienzos como escritor y a su generación política.


La instalación en Chile de Bolaño vino, además, acompañada de cierto escándalo: Bolaño escribió un artículo, feroz y divertido, donde relataba la intimidad de una cena en la casa de Diamela Eltit. Este artículo fue publicado por la revista Ajo Blanco y causó escozor en el tímido ambiente cultural de los años de la transición democrática. Luego las emprendió contra el fallecido José Donoso, descartando la mayoría de sus novelas sin piedad; al poco tiempo, desestimó a la entonces triunfante “nueva narrativa” chilena compuesta por Arturo Fontaine Talavera, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Jaime Collyer, entre otros.


La actitud combativa de Bolaño hacia los narradores chilenos motivó el odio de una caterva de enemigos literarios insignificantes que hicieron lo posible por minimizar la calidad de su obra. Entre ellos hay que nombrar al crítico literario del diario El Mercurio, José Miguel Ibáñez, alias Ignacio Valente, sujeto que le sirvió de inspiración a Bolaño para el personaje central de Nocturno de Chile, sin duda su libro más polémico, donde ajusta cuentas con la derecha católica que gobernó las letras chilenas en los años de la dictadura.


Pero Bolaño no sólo criticó cuando volvió a Chile. También escribió y habló elogiosamente de dos poetas claves para él: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Les dedicó agudos artículos. Y fue el mismo Bolaño quien empujó la publicación de las Obras Completas de Parra en España. La razón para su filiación con estos autores: Parra y Lihn poseen obras contundentes, escritas con ironía, inteligencia y libertad. Las mismas características de las que hace gala Bolaño en sus mejores textos.


Para entender cómo se lee a Bolaño desde Chile hay que pensar en que sus libros pueden ser comprendidos desde la antipoesía de Parra. Así como sus discursos, despiadados y lúcidos, dirigidos al establishment literario local e internacional, pueden compararse a los furiosos ensayos de Lihn redactados en plena dictadura contra los poderes omnipotentes de un Estado asesino. Bolaño, al vincularse con estos escritores, declara a qué parte de la tradición literaria chilena pertenece y a cuál no. Se sitúa cerca de la poesía radical, y lejos de la narrativa. Si se leen atentamente sus cuentos y novelas, es fácil percatarse de que Bolaño es un prosista avezado, que conoce de ritmos, de precisión, de soltura y de adjetivos exactos. Siempre fue un poeta dedicado a la prosa con el mismo rigor que piden los versos.


Bolaño, asimismo, fue para los lectores y escritores que descreían de las novelas locales, una sorpresa. Muchos chilenos sólo leen a Bolaño y se saltan con brutalidad a todos los demás narradores porque se aburren con ellos. Eso significa que los libros de Bolaño marcan un hito en la literatura chilena. Para muchos jóvenes su lectura fue una bocanada de frescura en un ambiente cultural sofocante. La velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas. El imaginario que Bolaño impuso aún es una patada certera al realismo bruto y al surrealismo trasnochado.


¿Cómo leemos a Bolaño desde Chile? Con fascinación, gratitud y humor. Bolaño tiene la virtud de inspirar a otros escritores. Su descendencia podría ser generosa.

*** Nacido en 1971, publicó poesía y es director de Publicaciones en la Universidad Diego Portales.