martes, 18 de septiembre de 2007

la identificación como vínculo entre la editorial y el lector

Me ha pasado varias veces que en algún momento me doy cuenta de que una editorial saca de manera sistemática libros que yo siento que han sido publicados para mí. Y me ha pasado también que el simple hecho de ver el logo de una editorial me hace pensar directamente en alguien. Lo que quiero decir es que creo que es posible sentirse identificado con el espíritu que expresa una editorial mediante su catálogo —y también a través de su diseño—.


Tal vez mi primera experiencia de este tipo se remonta a cuando fui consciente de que la mayoría de los libros que últimamente me habían gustado o llamado la atención tenían en común unas carátulas color crema o de colores estridentes —que, entre otras cosas, nunca me han parecido muy bonitas—. Desde entonces adquirí la costumbre de recorrer a paso lento los estantes de las librerías y de detenerme cada vez que a mi ojo se le atravesaba uno de esos lomos marcados con el logo de Anagrama. Con la práctica fui afinando la técnica, de manera que al cabo de un tiempo ya sabía en cuáles librerías encontraría esos libros cuyo denominador común parecía ser el estar impregnados de cierto aire trasgresor e iconoclasta. Incluso en algunas librerías ya tenía identificados los estantes hacia los que debía dirigirme para encontrarlos.



Para mí Anagrama empezó a ser sinónimo de literatura contemporánea refrescante y de buena calidad. Tenía la sensación de que tenía un vínculo estrecho con cualquier libro de Anagrama que escogiera. En cierta manera gracias a esta sensación de que podía apostar a ojo cerrado por cualquier cosa que tuviera el sello de la editorial barcelonesa descubrí a Roberto Bolaño, a Raymond Carver, la mayoría de los libros de Truman Capote, La conjura de los necios, a Ryszard Kapuściński, a Tom Wolfe, a Carlos Monsiváis, a Gabriel Zaid, a Antonio Tabucchi, a Julian Barnes, a Martin Amis, a Alessandro Baricco, a Sergio Pitol y a Paul Auster.


También tengo que decir que gracias a esta forma impulsiva de escoger mis lecturas de vez en cuando me encontré con una que otra pifia o con libros con los que no conseguía establecer una conexión. Debido a lo anterior al cabo de un tiempo pasé por un proceso de desidealización de Anagrama que me permitió dejar de asumir que todo lo que allí se publicaba me gustaría, sin que ello significara dejar de reconocer que es una excelente editorial.


Después me identifiqué también con el espíritu que expresaban mediante su catálogo otras editoriales como Alianza, Bruguera, Norma, Tusquets y Lumen. Y hoy en día me sigue pasando que de repente tengo la impresión de que los libros de editoriales como minúscula, Artemisa, Libros del Asteroide, Global Rhythm Press, La otra orilla, Periférica, Alpha Decay, Lengua de trapo, 451 editores o Ediciones del viento están siendo publicados para mí. Sin embargo, por cuestiones de distancia crítica agradezco el hecho de no haber vuelto a tener con respecto a ninguna editorial una percepción idílica como la que en su momento tuve de Anagrama.


Hay gente a la que en mi mente identifico con la colección de literatura medieval de Siruela, con las ediciones bilingües de Gredos de los clásicos griegos, con el vasto fondo de poesía de Hiperión y de Visor, con los libros ilustrados de Media vaca, con los Cuadernos marginales de Tusquets, con el catálogo de Alianza que recoge un montón de autores fundamentales de la modernidad, con los ensayos de ciencias sociales de Gedisa y Paidós, con los autores de Europa del Este de Acantilado, con el catálogo de ciencia ficción de Minotauro, con las ediciones críticas de Cátedra o con la narrativa hispanoamericana de Alfaguara.


Son impresiones extrañas pero certeras que están relacionadas con lo que en sus Opiniones mohicanas el editor Jorge Herralde llama “la marca editorial como contraseña”. ¿Las han tenido alguna vez? ¿Saben de qué estoy hablando?

8 comentarios:

Jon V dijo...

Totalmente de acuerdo, a mí con Anagrama me pasa todavía.

Es ver en una librería los lomos rojos, amarillas, naranjas... de la colección de bolsillo y me lanzo a por ellos a comprobar si hay alguna novedad.

martín gómez dijo...

Ey, qué alivio saber que no soy el único maniático con esas cosas...

R dijo...

Pues sí. Anda que no tengo libros que nunca leeré... y me los compré sólo por ser de Anagrama.

Con Cátedra me sucede al contrario. Su catálogo es maravilloso, pero me mata la edición, y sé que jamás completaré a gusto un libro con esas tapas y esa tipografía.

Los lectores somos un poco demasiado maniáticos.

martín gómez dijo...

¿Esa manía también se dará con otros sellos o será más bien que en algún momento no podemos resistirnos ante el encanto que tiene el tono atrevido y refrescante del catálogo de Anagrama, que antes no parecía tener el de ninguna otra editorial?

Mis problemas con Cátedra son que la maquetación dificulta la lectura, que los libros se desarman mientras los lees, que las traducciones son rarísimas y que muchas veces el estudio crítico acapara la atención que deberíamos conferirle a la obra.

pieldivina dijo...

La colección blanca de Lumen es,sencillamente, precisa. Sus volúmenes ofrencen placer para el tacto y la vista, además del de la lectura.

Los libros de Cátedra, tanto la colección negra como la blanca, me remontan directamente a sus prólogos, tan buenos casi todos. Así como los clásicos de Castalia.

Los ensayos publicados en Gredos, sus tapas ocres, me hacen pensar en lo mucho que he disfrutado leyendo alguno de ellos, a pesar de su seria y sesuda apariencia.

martín gómez dijo...

Lo bonito de la historia es que puedo ver claramente a compañeros míos de la universidad a los que yo definiría como lectores Gredos o lectores Castalia debido a sus gustos e intereses. Es como si la editorial hiciera las veces de refugio para el lector.

Yo nunca he tenido ni un solo libro de ninguna de los dos editoriales aunque he leído algunos de los títulos que han publicado en edición de Alianza o de Cátedra.

El llegidor pecador dijo...

Vale, vale, buen diseño, buena literatura, pero... Es un "supuesto innegable" que, en ciertos círculos, llevar bajo el brazo o tener encima de la mesa junto a la taza de té, de manera visible, un "Anagrama" también denota cierto empaque cultural; ofrece, al individuo, la oportunidad de desprender un halo de persona cultivada, en definitiva, para hacerse el interesante en la cafetería de cualquier teatro que diría la escritora Empar Moliner.
Entonces, ¿Cuánto pesa esta pose a la hora de pasar por caja con una nueva adquisición de Anagrama?

martín gómez dijo...

Sí, sí, supongo que en algún momento todos soñamos con que fingir que leíamos a Rimbaud, a Hesse o a Carver en un café nos ayudaría ligar. Creíamos que mientras más conflictivas y desgarradoras fueran nuestras lecturas más atractivos seríamos para nuestro target.

¡Alguien tenía que tocar este tema! ¡Cómo podemos llegar a ser de farsantes! jeje.