miércoles, 5 de septiembre de 2007

¿cómo elegimos lo que leemos?

Planteo en otros términos una pregunta que había hecho en una entrada anterior titulada titulada "decision making: leer tal o cual cosa": ¿cuáles son las múltiples razones que nos llevan a elegir los libros que leemos? Para mí en un principio las que más pesan son el nombre del autor, el género, el tema y la editorial del libro. Por otro lado, de manera subordinada en ciertos momentos pueden llegar a tener cierta importancia otras variables como el diseño de la carátula o el nombre del traductor.


Me aventuro a sugerir algunas razones que —según el momento y en muchas ocasiones combinadas entre sí— pueden incidir en mayor o en menor medida sobre nuestra decisión de leer un libro:


- que esté en la mesa de novedades de las librerías


- que esté en la lista de los libros más vendidos


- que por todas partes todo el mundo hable de él —es decir, que forme parte de la conversación en un
momento dado—


- que oigamos hablar de él en los medios de comunicación —que son una instancia prescriptora de opinión—


- que alguien cercano en cuyo criterio confiamos nos lo recomiende


- que sea un requisito en el ámbito académico o laboral


- el nombre del autor


- el tema


- el género


- la editorial que lo publica


- el precio


- el título


- la existencia de una presión externa para leerlo —particularmente cuando es un regalo o cuando es el autor mismo quien ha recomendado leerlo—


- la necesidad de entretenimiento


- el diseño de la carátula


- la realización de una película basada en él


- el nombre del traductor


- la falta de otra cosa que hacer


- un capricho


- un impulso inexplicable


- … y otras miles razones que se les ocurran a ustedes


En la universidad cuando iba en la mitad de la carrera de Literatura se me ocurrió que si me aventuraba a leer libros de los que no tuviera ninguna referencia era probable que terminara descubriendo autores y libros que me gustaran. El dinero que siempre me regalaba mi papá para que me fuera de compras a la Feria del Libro ese año me lo gasté en varios libritos que me llamaron la atención pero con respecto a los que no sabía absolutamente nada.


Los libros que compré y las razones por las que lo hice son las siguientes:


- La mujer que se estrellaba contra las puertas, de Roddy Doyle —el título y la carátula me gustaron—.


- Qui pro quo, de Gesualdo Bufalino —el nombre del autor me sonó atractivo—.


- Triste, solitario y final, de Osvaldo Soriano —había visto el nombre del autor en un artículo Mempo
Giardinelli, cuyos libros me gustaban mucho en ese momento—.


- ¿Cric? – ¡crac!, de Edwidge Danticat —debido a la discriminación positiva me llamaba la atención leer a una mujer negra e inmigrante en Estados Unidos—.


- Plenilunio, de Antonio Muñoz Molina —estaba en promoción—.


Una motivación adicional en todos los casos salvo en el de Plenilunio era que los libros formaban parte del catálogo de la colección La otra orilla, de Norma, que desde hacía un tiempo venía haciendo una apuesta interesantísima al editar autores y libros que ninguna otra editorial se atrevía a publicar en ese momento en Colombia y en la que, además, se estaban haciendo muchas traducciones —lo cual marcaba y sigue marcando una diferencia fundamental con las filiales colombianas de Planeta y Alfaguara—. Además de los autores mencionados, en su momento Norma publicó a Rubem Fonseca, a Raymond Carver, a Ben Okri, a T. C. Boyle, a Alessandro Baricco, a Michael Cunnigham, a Bruce Chatwin, a Guillermo Arriaga, a Mempo Giardinelli, a Joseph Brodsky, a Daniel Pennac, a Nicholas Shakespeare y a algunos escritores colombianos muy buenos como Tomás González y Antonio Ungar.


El balance de este experimento es el siguiente:


- La mujer que se estrellaba contra las puertas me fascinó y actualmente es uno de mis libros favoritos. Luego leí dos novelas más de Doyle —El renacuajo y Paddy Clarke ja ja— que también me gustaron aunque mucho menos.


- Qui pro quo me pareció pesadísimo.


- Triste, solitario y final me divirtió un montón e hizo que me dieran ganas de leer a Raymond Chandler y otra novela de Soriano llamada Una sombra ya pronto serás.


- ¿Cric? – ¡crac! me aburrió e hizo que me diera pereza volver a leer a Danticat.


- Plenilunio me tuvo enganchado durante tres días y me motivó a seguir leyendo a Muñoz Molina —pero creo que actualmente no me gustaría mucho—.


Hoy en día me gustaría hacer un experimento similar al que hice cuando tenía 22 años pero en vista de que el tiempo es escaso y de que mi trabajo como lector de manuscritos me obliga a invertir bastante tiempo leyendo cosas que no valen la pena, aplico la máxima de Henry David Thoreau: ‘lee los mejores libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos’.

10 comentarios:

Oscar Chamat dijo...

Muchas veces cuando voy a una librería pienso que estoy caminando en una ciudad y me dejo llevar por las imágenes de sus calles, o las portadas de los libros. Algunas veces me he perdido y no me ha gustado el paseo y otras, he descubierto verdaderas joyas... aunque cuando de libros se trata, cada vez me doy cuenta que Thoureau tenía razón!!!

PD: Ya estas desde mi blog!

saludos

omch
http://lasmiradasperdidas.blogspot.com

martín gómez dijo...

La metáfora de la librería o de la biblioteca como representación del mundo es linda aunque creo que es peligrosa porque por su culpa podemos quedarnos encerrados en un mundo paralelo.

Es chévere descubrir un poco por azar pero el tiempo y la plata son recursos tan limitados...

Gracias por tu comentario. Ya nos veremos pronto.

Roberto Angulo dijo...

No joda Mártin, que memoria monumental la suya, yo estaba con ud en esa feria y de repente se me vino a la cabeza la bolsa que yo también tenía esa vez.

De esa lista suya, e incluso de esos mismos libros me leí Qui pro quo, que tampoco me gustó...

A lo que voy, es que sugiero algunas cadenas de esas opciones:

Autor A recomendado - Autor B referenciado en la novela o entrevista del autor A - Carátula/título llamativo del autor B en una librería.

Yo leo muchas entrevistas de autores para perseguir sus gustos, sus caprichos y tratar de entender cómo piensan (es algo que va mas allá de la simple relación de anecdotas o biografías con la obra), es decir, no lo que piensan sino cómo piensan.Un ejemplo: llegué a Bolaño (que me gustó mucho) por la cadena Fredy-Martin. Después leí una entrevista de Bolaño en la que hacía un listado de lo que le gustaba y no le gustaba de literatura hispanoamericana. Ambas cosas me llamaron la atención, lo que le gustaba y lo que no le gustaba a Robertico Bolaño. Entre lo que le gustaba y leí: Fresán, Piglia, Lamborghini y Bayly (todos, excepto Bayly que es muy malo, me gustaron en mayor o menor medida, sobre todo Lamborghini que consideré un gran descubrimiento y me compré la obra completa). Entre los que no le gustaba a Bolaño leí Pérez Reverte y me gustó también.

Eso fue, si no me equivoco Mártin, entre 2000-2001, de ahí se desprende una cadena muy larga de lecturas.

En cuanto a poesía, por esa misma entrevista de Bolaño salí a leer Nicanor Parra y Gonzalo Rojas....y de ahí...

El llegidor pecador dijo...

"¿Cómo elegimos lo que leemos?"

Personalmente, prefiero no saberlo.

Tirabuzón dijo...

Casi siempre compro por el autor y tema. Aunque lo considero un poco esnob, he comprado por el título algunos libros, con resultados diversos: La "Historia de la mierda" de Dominique Laport (Pre-Textos) es justo eso pero sin historia: una mierda. "La belleza del marido" de Ann Carson (Lumen) sí fue una gratísima sorpresa.
Y no se aleje del todo de Danticat: sus cuentos valen mucho la pena. Creo que algunos se pueden leer en la página del New Yorker.

martín gómez dijo...

Bueno, pues yo creo que de vez en cuando adoptar la actitud de asumir esos riesgos sirve por lo menos para descubrir alguna cosa, para cuestionar la autoridad de las instancias de legitimación y para entender cómo funcionan éstas.

Aunque me pareció muy buena, Danticat me aburrió. No sé, creo que tiene que ver con el excesivo color local de las historias y con el ritmo narrativo de los relatos...

Camilo Hoyos G. dijo...

Comparto todas las razones, dependiendo, claramente, del momento en particular. Me zambullo en lecturas desconocidas cuando me dejo llevar, eso sí, por el título. Otra manera de dejarse llevar es (si el libro está "abierto") por la primera frase, o por el primer párrafo. Y también, a manera de legitimación de todas las anteriores, un texto que siempre llama la atención como producto y como objeto de compra: la contraportada. ¿De qué manera se está vendiendo el libro? Miles de veces, el libro no es "como lo pintan". Producto directo de la editorial, ese texto puede seducir a la vez que auto-condenar.

martín gómez dijo...

¡Claro, ese primer contacto de las primeras líneas y de la contraportada es fundamental! A la hora de promocionar un libro no se puede desperdiciar esa oportunidad para producir un impacto contundente.

¡Cuántas posibles razones se me escapan a pesar de haber revisado el listado una y otra vez! Sabía que esto iba a pasar y me alegra que así sea.

Anónimo dijo...

Al principio el post me recordó a lo que hago algunas veces al ir a cine..elegir una película por el nombre, por el cartel o por el director, o incluso a veces, a ciegas, pero la oferta es mucho más acotada (6 o 7 salas como mucho en un cine como mucho, 30 o 40 peliculas en toda la cartelera), y no una ingente cantidad como la que encuentra uno en la central, a medida que pasaba el post me entraban ganas de probarlo...pero entonces leí el último párrafo, así que me quedó con los libros buenos, que muy seguramente no los leeré todos.

martín gómez dijo...

Creo que independientemente de las razones que lo lleven a uno a escoger una cosa u otra, lo importante es tener el olfato para identificar lo que se quiere o se necesita leer en cada momento.