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viernes, 9 de enero de 2009

entrevista a roger chartier / "hay que recordar que la cultura escrita no empieza con la computadora"


Durante nuestra expedición de finales de 2008 a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) tuvimos la oportunidad de charlar un rato con Roger Chartier, el historiador cultural francés cuyo trabajo ha sentado las bases para el desarrollo de una importante corriente de estudios contemporáneos sobre la cultura escrita y la lectura.



Durante la charla que sostuvimos con el profesor Chartier éste nos dio algunas pistas fundamentales para pensar el estado actual y la posible evolución a futuro de varios temas críticos relacionados con los contenidos, la lectura y los usos de las nuevas tecnologías que desde hace un tiempo están presentes en la agenda de quienes trabajamos en campos como la edición, la educación, la documentación o el desarrollo de productos y servicios tecnológicos. Chartier tomó como punto de partida una serie de reflexiones en torno a temas puntuales como la función de las bibliotecas en la organización, la conservación y la difusión del pensamiento impreso, la historia de la cultura escrita a través de los formatos y soportes anteriores a lo digital, los desafíos que presupone la emergencia de las bibliotecas digitales y los riesgos implícitos en todo proceso de digitalización, la manera como las bibliotecas pueden facilitar el acceso a los contenidos digitales allí donde las desigualdades económicas dificultan la adquisición masiva de dispositivos electrónicos de lectura, los tipos de contenidos que mejor se ajustan al formato digital, el impacto de la digitalización sobre las prácticas de lectura y editoriales o sobre el aprendizaje de la escritura, las tensiones a las que deben enfrentarse los bibliotecarios cuando lo digital cuestiona la necesidad de la biblioteca como espacio físico, los aciertos de proyectos como Google Book Search o el repositorio Europeana, los problemas que éstos plantean y los criterios a tener en cuenta para desarrollar los programas de digitalización de colecciones y fondos documentales.



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Como toda buena charla, ésta con Roger Chartier nos ha suscitado algunas preguntas alrededor de todos estos temas al mismo tiempo que nos ha dejado muchas buenas pistas para encontrarles posibles respuestas a éstas.


Antes de terminar vale la pena destacar que el profesor Chartier es una persona no sólo lúcida, aguda y clara, sino también cálida, abierta y generosísima —lo cual se le agradece inmensamente—. Todo un Maestro.


***


Además de dictar en el XV Coloquio Internacional de Bibliotecarios la conferencia magistral "El futuro de la biblioteca. Herencias del pasado, desafío del presente", Chartier les propuso a los asistentes de la FIL un acto llamado “Hamlet en dos horas” durante el cual tres actores del Grupo S Teatro hicieron una lectura dramática de siete fragmentos de Hamlet que él fue comentando detalladamente al final de cada uno de ellos. A partir del trabajo que durante los últimos años ha hecho Chartier sobre las obras más canónicas de Shakespeare y Cervantes, “Hamlet en dos horas” presupuso un arriesgado e interesante experimento que pretendía llamar la atención sobre la universalidad de la obra y sobre la importancia de ponerla en su contexto abordándola desde una perspectiva histórica al mismo tiempo que proponía ‘liberarse de la forma tradicional de la conferencia porque si podemos inventar otras formas más atractivas, ¿por qué no?’.


En breve el Canal Web & Audiovisual de la FIL en You Tube ofrecerá el visionado del acto “Hamlet en dos horas”.

domingo, 10 de febrero de 2008

lecturas de fin de semana [ 63 ] / la música de las palabras según haruki murakami

Quiero empezar confesando que nunca he leído a Haruki Murakami. Corrijo: hasta hace cinco minutos nunca había leído a Haruki Murakami. Sé muy poco de él, sólo que es un escritor japonés que ha escrito unos libros con unos títulos lindísimos que todo el mundo parece haber leído menos yo y que tengo muchas ganas de leer aunque no sepa de qué van.


Durante el verano pasado el suplemento Radar del diario Página/12 publicó “La música de las palabras”, un texto breve, sencillo y certero en el que Murakami habla de las razones que lo llevaron a escribir y de lo que significa la escritura para él. Mientras escribo estas líneas me pregunto por qué ese texto breve, sencillo y certero me suena tan honesto.






murakami escribe

La música de las palabras

Por Haruki Murakami


Nunca tuve ninguna intención de convertirme en un novelista, al menos no hasta que cumplí 29. Esto es absolutamente cierto.


Leí mucho desde chico, y siempre me metí tanto en los mundos de las novelas que estaba leyendo que mentiría si dijera que nunca tuve ganas de escribir nada. Pero jamás creí que tuviera talento para escribir ficción.


En mi adolescencia me encantaban escritores como Dostoievsky, Kafka y Balzac, pero nunca me imaginé que pudiera escribir nada que estuviera a la altura de las obras que ellos nos legaron. Por lo tanto, a temprana edad simplemente abandoné mi esperanza de escribir ficción. Decidí seguir leyendo libros como hobby, y buscar otra manera de ganarme la vida.


La música fue el área profesional en la que me instalé. Trabajé duro, ahorré dinero, pedí prestado mucho a amigos y parientes, y poco después de dejar la universidad abrí un pequeño club de jazz en Tokio. Servíamos café durante el día y tragos por la noche. También servíamos algunos platos sencillos. Pasábamos discos todo el tiempo y teníamos a jóvenes músicos tocando jazz en vivo los fines de semana. Lo mantuve durante siete años. ¿Por qué? Por una simple razón: me permitía escuchar jazz de la mañana a la noche.


Tuve mi primer encuentro con el jazz en 1964, a los 15 años. Art Blakey and The Jazz Messengers tocaron en Kobe en enero de ese año y a mí me habían regalado una entrada para mi cumpleaños. Esa fue la primera vez que realmente escuché jazz, y me golpeó. La banda era simplemente grandiosa: Wayne Shorter en saxo tenor, Freddie Hubbard en trompeta, Curtis Fuller en trombón y Art Blakey liderando con su sólida e imaginativa percusión. Creo que fue uno de los equipos más fuertes de la historia del jazz. Nunca había escuchado una música tan sorprendente, y me atrapó.


Un año atrás fui a cenar en Boston con el pianista de jazz panameño Danilo Pérez, y cuando le conté esta historia, sacó su celular y me preguntó: “¿Te gustaría hablar con Wayne, Haruki?” “Por supuesto”, le dije, quedándome prácticamente sin palabras. Llamó a Wayne Shorter en Florida y me pasó el teléfono. Le dije básicamente que ni antes ni después había escuchado una música tan sorprendente. La vida es tan extraña; uno nunca sabe qué va a pasar. Acá estaba yo, 42 años después, escribiendo novelas, viviendo en Boston y hablando con Wayne Shorter por celular. Jamás lo hubiera imaginado.


Cuando cumplí 29, de pronto y de la nada tuve esta sensación de que quería escribir una novela; de que podía hacerlo. No podría escribir nada que estuviera a la altura de lo de Dostoievsky o Balzac, por supuesto, pero me dije a mí mismo que eso no importaba. No tenía que convertirme en un gigante literario. Aun así, no tenía idea de cómo escribir una novela ni sobre qué escribir. Después de todo, no tenía absolutamente ninguna experiencia, ni disponía de ningún estilo ready-made a mi alcance. No conocía a nadie que pudiera enseñarme cómo hacerlo, ni tenía amigos con los que pudiera hablar de literatura. Lo único que pensaba a esa altura era lo maravilloso que sería poder escribir como si tocara un instrumento.


Había estudiado piano de chico, y podía leer música lo suficiente como para sacar una melodía simple, pero no poseía el tipo de técnica que se necesita para convertirse en un músico profesional. En mi cabeza, no obstante, sí sentía a menudo que había algo parecido a una música propia que circulaba alrededor de un impulso rico y poderoso. Me pregunté si me sería posible traducir esa música en escritura. Así es como empezó mi estilo.


Ya sea en la música o en la ficción, lo principal es el ritmo. Tu estilo tiene que tener un ritmo bueno, natural, firme, o la gente no va a seguir leyéndote. Aprendí la importancia del ritmo de la música, y especialmente del jazz. A continuación viene la melodía, que en literatura viene a ser un ordenamiento apropiado de las palabras para que vayan a la par del ritmo. Si las palabras se acomodan al ritmo de una manera suave y bella, uno no puede pedir más. Lo siguiente es la armonía; los sonidos mentales que sostienen las palabras. Luego viene la parte que más me gusta: la libre improvisación. A través de algún canal especial, la historia fluye libremente desde el interior. Todo lo que tengo que hacer es sumergirme en la corriente. Finalmente viene lo que quizá sea lo más importante de todo: esa elevación, esa emoción que uno experimenta al completar su “interpretación” y al sentir que ha alcanzado un lugar nuevo y significativo. Y si todo sale bien, uno consigue compartir esa sensación de elevación con sus lectores (su audiencia). Es una culminación maravillosa que no puede obtenerse de ninguna otra manera.


Prácticamente todo lo que sé acerca de escribir, entonces, lo aprendí de la música. Sonará paradójico, pero si yo no hubiera estado tan obsesionado con la música, podría no haberme convertido en novelista. Incluso ahora, casi treinta años después, sigo aprendiendo mucho sobre la escritura de la buena música. Mi estilo está tan profundamente influido por los riffs salvajes de Charlie Parker, digamos, como por la prosa elegantemente fluida de F. Scott Fitzgerald. Y todavía tomo la permanente autorrenovación de la música de Miles Davis como modelo literario.


Uno de mis pianistas de jazz favoritos de todos los tiempos es Thelonious Monk. Una vez, cuando alguien le preguntó cómo hacía para obtener cierto particular sonido del piano, Monk señaló el teclado y dijo: “No puede ser ninguna nota nueva. Cuando uno mira el teclado, todas las notas ya están ahí. Pero si uno quiere una nota lo suficiente, sonará diferente. Uno debe elegir las notas que realmente le importan”.


A menudo recuerdo estas palabras cuando estoy escribiendo, y pienso para mí: “Es verdad. No hay palabras nuevas. Nuestro trabajo es darles nuevos significados y tonalidades especiales a palabras absolutamente ordinarias”. Esa idea me reconforta. Significa que aún yacen delante de nosotros alcances vastos y desconocidos, territorios fértiles que tan solo esperan que los cultivemos.