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miércoles, 13 de mayo de 2009

abracadabra, una nueva librería infantil y juvenil en barcelona

El pasado 16 de abril abrió en Barcelona la librería infantil Abracadabra. Ubicada en la parte alta de El Born —en el número 5 de la calle General Álvarez de Castro, entre el Mercat de Santa Caterina y la calle de Sant Pere Més Baix—, esta nueva librería tiene un fondo interesante y cuidadosamente seleccionado de libros infantiles para lectores de distintas edades. De Abracadabra me gustan, entre otras cosas, su ubicación, la atmósfera de su local y los nombres de algunas de sus secciones: “Algú em llegeix / Alguien me lee”, “Començo a llegir / Empiezo a leer” y “Llegeixo tot sol / Leo solo”.



El aspecto de Abracadabra que más me llama la atención es la disponibilidad de títulos del catálogo de algunas de las editoriales de literatura infantil más importantes de Alemania, Italia, Francia, América Latina, Gran Bretaña y Estados Unidos. Por otro lado, dentro de poco la librería dispondrá de un espacio destinado a la realización de talleres y otro tipo de actividades.


Tras hacer carrera como editor de libros infantiles y de referencia en editoriales como Oxford University Press, Panamericana, Gedisa, el Centro de Estudios CEAC y Océano, durante un largo viaje Ricardo Rendón profundizó en la idea de que en Barcelona había lugar para una librería infantil diferente de las dos especializadas que ya existían —AL.LOTS El petit príncep y Casa Anita—. En ese momento tomó la decisión de abrir su propia librería de literatura infantil y juvenil. Los siguientes pasos fueron madurar la idea durante un tiempo, diseñar un plan de negocios y, finalmente, ponerse a la tarea de montar Abracadabra.




A quienes estén en Barcelona y les interese la literatura infantil y juvenil les recomiendo visitar Abracadabra y estar atentos a su programación de actividades.




martes, 10 de marzo de 2009

la asociación colombiana de libreros independientes (acli) y la promoción del precio fijo



La Asociación Colombiana de Libreros Independientes (ACLI) abrió hace poco un blog en el que sus miembros están publicando no sólo las relatorías de las reuniones en las que toman sus decisiones operativas y planean las actividades que realizan, sino también documentos de reflexión alrededor de los temas que esta organización considera prioritarios. Entre estos temas quizás uno de los más importantes sea el de la promoción de la ley del precio fijo. Sin lugar a dudas la Ley de Fomento para la Lectura y el Libro promulgada recientemente en México es un ejemplo relativamente cercano que es necesario tomar como referente si se tiene la intención de promover la instauración del precio fijo en Colombia —una medida que en cierta medida contribuiría a que la afirmación de Felipe Ossa según la cual ‘el universo del libro está al alcance de todos’ tuviera al menos un poco de validez en el contexto de la realidad colombiana—.





Además del proyecto de promoción de la ley del precio fijo, la ACLI también está trabajando en temas como las actividades a realizar el Día del libro, la organización del Festival del Libro Infantil, la creación de un directorio de librerías y la formación para empresarios en derecho de la competencia.


Es interesante el trabajo de la ACLI y, por lo tanto, creo que vale la pena seguirlo. Iniciativas de este tipo son fundamentales, sobre todo en países con una tradición asociativa tan débil y un tejido social tan degradado.

martes, 3 de marzo de 2009

el impacto de la crisis en el sector del libro español, según manuel gil y francisco javier jiménez

Interesantísimo el análisis que plantean Manuel Gil y Francisco Javier Jiménez en su blog Paradigma Libro sobre la manera como la crisis ha afectado hasta el momento y podría afectar próximamente a los distintos actores del sector del libro en España. Así empiezan los autores su entrada titulada “EN EL CORAZÓN DE LA CRISIS: El pinchazo de la burbuja editorial”:


‘Aunque sigue habiendo editores gurús que niegan la llegada de la crisis al sector del libro, si tienes la constancia de visitar y reunirte con libreros y jefes de compras, rápidamente deduces la evidencia de la irrupción de la crisis en el sector’.



El análisis está dividido en tres apartados: “Quién se ha resentido antes”, “Quien comienza a resentirse” y “Efectos generales sobre el sector”. Veamos el detallado y lúcido planteamiento de los autores:


‘Quién se ha resentido antes:


-Las cadenas y grandes superficies y las librerías con mucha venta institucional.

-Estas han sido las primeras en sufrir el impacto, esencialmente porque dependen del “tráfico” a tienda y de la compra por impulso.

-Las librerías con ventas institucionales, es decir, a bibliotecas, ministerios, facultades, bibliotecas publicas, etc… la morosidad administrativa a la hora de liquidar las compras les tiene en una situación desesperada.


Quien comienza a resentirse:


La librería tradicional.

A pesar de tener una clientela muy estable notan que esos clientes espacian más su visita a la tienda y su compra media es inferior, en número títulos y en volumen.


Efectos generales sobre el sector:


-Aumento de la profundidad de las devoluciones, esencialmente para liberar activos y reducir la financiación a terceros por parte de las librerías.

-Producto del aumento de las devoluciones se observa una disminución de la visibilidad de muchos títulos.

-Menor profundidad del fondo de catálogo en las tiendas.

-Implantaciones mucho más bajas y cautelosas.

-Compras más ajustadas.

-Compra media por cliente inferior en volumen y en el número de ejemplares.

-Menor visibilidad de títulos que no aseguren al menos una rotación potencial amplia.

-Liquidaciones menguantes de los distribuidores a los editores.

-Fuerte presión de las grandes cadenas sobre los editores para aumentar en algún punto el margen’.


De este análisis que parece basarse en un conocimiento cercano de la situación que examina me llama la atención que tiene en cuenta una cantidad de detalles lo suficientemente amplia para explicar sin simplificaciones los efectos que la crisis financiera mundial ha tenido hasta ahora y tendrá en un futuro próximo sobre el desarrollo de la actividad de distintos actores del sector editorial español.


Sería interesante saber qué pasa en otros países. En espacios como Book trade news from Book2book, the Literary Saloon o Publishers Lunch se referencian a diario varias noticias sobre reestructuraciones, reducciones de personal, cierres, disminuciones de beneficios, saldos negativos o fusiones y adquisiciones en imperios mediáticos, editoriales, publicaciones periódicas o cadenas de librerías de los Estados Unidos y el Reino Unido.

martes, 24 de febrero de 2009

¿que en colombia los libros no son caros?

A través del blog de Roger Michelena llego a un texto de Felipe Ossa, gerente de la Librería Nacional del centro comercial Unicentro de Bogotá, en el que éste arremete contra la idea de que en Colombia los libros son caros. Así empieza Ossa su texto, publicado el pasado 21 de febrero en la sección de cartas de los lectores del periódico El Espectador:


‘Decía alguna vez el Conde de Siruela, fundador de la magnífica y singular editorial Siruela, que aquello de los libros caros era simplemente una actitud cultural. ¿Caros con respecto a qué? ¿A una corbata de marca? ¿A una cartera Vuitton? ¿A una atractiva y diminuta ropa interior femenina de Victoria Secret? ¿Cuándo nos quejamos del whisky caro o de la discoteca cara? Sin embargo, estamos gustosos de pagar por todas estas cosas sin chistar. No conozco el primer artículo que se haya publicado protestando por el precio de las zapatillas deportivas o de los laptops para ejecutivos’.





Los argumentos de Ossa merecen ser leídos y comentados con cuidado, así que vamos por partes:


En primer lugar, es cierto que Siruela es una editorial exquisita pero hay que decir que no a cualquiera le está permitido solventar los gastos de producción que en su momento implicaba hacer esos libros editados con tanto cuidado. Sin lugar a dudas una fortuna y un título nobiliarios ayudan a mantener a flote un proyecto de esta naturaleza y, por lo tanto, la opinión de Jacobo Siruela no sorprende por venir de quien viene.


En segundo lugar, yo diría que en Colombia los libros son caros en relación con el poder adquisitivo de la población: este año el salario mínimo es de 496900 pesos —es decir, 193 dólares o 151 euros a precio de hoy (ver en las notas el precio de cada una de estas monedas en pesos)—. En síntesis, un libro de una de esas ‘ediciones de bolsillo que no pasan de veinte mil pesos’ a las que se refiere Ossa más adelante representaría cerca del 4 % del ingreso de alguien que se gane el salario mínimo. Para contextualizar un poco la situación estuve averiguando a través de amigos que viven en Bogotá aproximadamente cuánto cuestan allí algunas cosas:


- un menú ejecutivo: +/- 4500 pesos

- un trayecto en un bus de transporte público: 1200 pesos

- un café americano: +/- 800 pesos

- una cerveza en una cafetería de barrio: +/- 1200 pesos

- un menú de McDonald’s: +/- 11000 pesos


En tercer lugar, hay que tener en cuenta que tanto una corbata de marca como una cartera Vuitton podrían ser consideradas bienes de consumo suntuario y que un laptop para ejecutivos es una herramienta de trabajo que se amortiza rápidamente mediante el uso —los franceses y algunos seguidores de los estudios culturales añadirían que a diferencia de estas mercancías el libro es un bien simbólico—. Además de una fuente de entretenimiento, el libro es un vehículo al servicio de la transmisión del conocimiento. Debido a lo anterior juega un rol central y fundamental en la educación y, por lo tanto, en ciertos momentos en los que haya que reducir gastos seguramente la necesidad de acceder a los libros será más urgente que la de poder comprar unas zapatillas deportivas o ‘la atractiva y diminuta ropa interior femenina de Victoria Secret’ que menciona Ossa.






Hasta cierto punto estoy de acuerdo con la manera como Ossa concibe el libro y con las consideraciones que hace con respecto a la mano de obra involucrada en la cadena de producción:


‘El libro es un objeto industrial que utiliza materiales que cuestan: papel, tinta, encuadernaciones, pegamento, máquinas donde se imprime, películas. Por supuesto, obreros y operarios que cobran por su trabajo. El autor, el editor, el impresor, el distribuidor y el librero, también —aunque parezca raro— son humanos y de algo tienen que vivir’.


De hecho, para fortalecer el argumento de Ossa iré más lejos: en su clásico Imagined Communities el profesor Benedict Anderson afirma lo siguiente con respecto al libro:


‘En un sentido más bien especial el libro fue la primera mercancía producida al estilo moderno de producción masiva. El sentido que tengo en mente puede exponerse si comparamos el libro con otros de los primeros productos industriales como los textiles, el ladrillo o el azúcar. Estas mercancías son medidas en cantidades matemáticas (libras o cargas o trozos). Una libra de azúcar es simplemente una cantidad, una carga conveniente, y no un objeto en sí mismo. El libro, sin embargo —y aquí prefigura los bienes de consumo duraderos de nuestro tiempo— es un objeto distinto y autocontenido que es reproducido exactamente a gran escala’*.




De acuerdo, es necesario que aquellos a los que Ossa llama “los románticos del libro” entiendan que éste no surge de la nada y que como cualquier otra empresa una editorial o una librería exigen que haya una gestión inteligente que garantice su viabilidad, por lo cual eso de que el libro ‘debería estar manejado por artistas e intelectuales’ quizás no sea del todo recomendable. Yo diría que para el funcionamiento del sector del libro es fundamental tener en cuenta la perspectiva tanto comercial como estrictamente editorial pero también diría que éstas son complementarias y que, por lo tanto, un proyecto que sólo juegue con una de ellas o que descuide la otra cojea seriamente.


En síntesis, el hecho de que entendamos que quienes hacen o venden libros no son hermanitas de la caridad o que su actividad es una forma de ganarse la vida no necesariamente significa que no podamos poner sobre la mesa una discusión alrededor del precio de los libros. Por otro lado, hay quienes dicen que el precio no es un factor determinante en la compra de libros. Además, recientemente también he oído quejas con respecto a lo caras que están la fiesta o la ropa en Bogotá.


Ossa afirma con entusiasmo que ‘el universo del libro está al alcance de todos’ pero yo no se lo creo porque hay evidencias que demuestran que no es así: el precio de venta de los libros, la falta de librerías no sólo en las zonas periféricas de las grandes ciudades sino también en las ciudades intermedias o en los pueblos y la cobertura limitada de las redes de bibliotecas públicas —que en Bogotá y Medellín no está nada mal—. Es más, es poco probable que Ossa mismo se crea lo que dice porque por experiencia propia él debe conocer muy bien las prácticas especulativas a través de las cuales los grandes grupos editoriales, las grandes superficies y las cadenas de librerías negocian el precio de los libros.


* Imagined Communities, de Benedict Anderson. pág. 34

Verso

Londres, 1991


Notas:

1. un dólar (a precio de hoy) = 2596 pesos

2. un euro (a precio de hoy) = 3310 pesos

jueves, 12 de febrero de 2009

vender libros en tiempos de recesión, según penguin

Hace unos días Fiona Auckland, la encargada de ventas de Penguin UK, escribió en el blog de esta editorial la entrada “How to Sell Books in a Recession” en la que encontré algunas anotaciones interesantes relacionadas con su manera de entender estos tiempos de crisis, sus efectos sobre la industria editorial, las fuentes de riesgo, los factores desestabilizadores que hay
actualmente y posibles maneras de adaptarse a las condiciones cambiantes del entorno.




- Sobre el momento crítico en el que surge Penguin:


‘In one of the darkest years of the 1930s depression, Allen Lane founded Penguin with the —then groundbreaking— notion to sell quality writing as cheaply as a pack of cigarettes and to sell them everywhere’.


- Sobre las oportunidades de innovación que hay en tiempos de crisis:


‘Studying our own history gives us pause for thought as we tip headfirst into recession: bleak economic times are sometimes the crucible of inspiration and creativity’ (...)


(...) ‘When I say we're ready and inspired to take the challenge of an economic downturn, I don't just mean cutting a few long lunches, but having a vision and being fleet of foot enough to respond to changing market conditions. Historically, the publishing industry thrives on such challenges. I think I've said in a previous blog that for an "old" industry, we're pretty responsive and innovative. We have to be’.


- Sobre el perfil del público de los libros de Penguin, sus necesidades tanto de entretenimiento como de educación y su baja vulnerabilidad frente a la crisis:


‘Our customers are still there and a book remains fantastic value for money. Apparently at such times we skew more toward escapist fare, rather like the cinema goers in the 30s flocked to gangster films, musicals and screwball comedies. When the Canary Wharf Waterstones opened the day after the collapse of Lehman Bros, the first two books to be sold were books on spirituality. Another huge growth area is teenage fiction thanks to the Harry Potter effect on our growing kids, with help from teenage vampires in Twilight and teenage fathers in Nick Hornby's Slam. The common wisdom is that this mortgage-free demographic market's disposible income remains relatively unaffected, although books compete for it with games and music. People will also still buy books for their kids. The success of Ascent of Money, Black Swan and The Great Crash 1929 shows that those books helping us understand what's happening are also flying out the door’.


- Sobre la crisis de las librerías y la manera como ésta afecta a los editores:


‘In short, it might not be our readers, but our retailers.


The once mighty high street has been fighting competition from online and supermarkets for a few years, but when every day another high street name goes into administration, we have to assess the risk. When a company goes into administration, the independent administrators sell off as many assets as possible, paying off debts in order of priority. If we have lots of stock sitting in a customer's warehouse or on their shelves, we first have to prove to the administrators that we supplied it, rather than a third party wholesaler, and then once that value is assessed, we may only be awarded pence in the pound. So a retailer going under is bad news for its suppliers’.


- Sobre las alternativas que tienen las librerías para sortear la crisis:


‘There is a theory that in these times it's best to be very big so you can take a hit like the one I've described, or to be very small, so you can turn on a dime in response to tricky market conditions. Each of our retailers needs a strategy to suit these times as much as we do: whether it's negotiating down rents and utilities, increasing margin on every book sold, increasing marketing income, consolidating roles, departments or even outlets, making cost savings in the supply chain, and so on. That can make for even tougher negotiations between publishers and retailers, but it's not the only game in town. How do we get back to creativity and innovation? How do we as publishers and retailers inspire our customers to buy books?’



¿Es Auckland excesivamente optimista o dado su rol de agente comercial está jugando a proyectar una imagen sólida de Penguin UK para impedir que el pesimismo que se respira por todas partes afecte de manera negativa el posicionamiento de su sello de cara a sus lectores, a sus clientes y a sus proveedores? ¿La crisis aún no ha tocado a Penguin UK o el de Auckland es un discurso que minimiza el impacto de ésta para evitar generar pánico alrededor de su marca en un entorno en el que alimentar el catastrofismo se ha convertido en el pan de cada día?


En estos tiempos en los que el discurso de la crisis lo permea y lo impregna todo estas palabras entusiastas de Auckland suenan raro, ¿no? Durante este último año hemos machacado tanto el discurso de la crisis, que cualquier posición no catastrofista empieza a parecerme venida de una realidad paralela.

sábado, 6 de diciembre de 2008

fil [ 18 ] / portadas que seducen

Algunas veces me entra el impulso de comprar un libro porque me gusta la portada. Ayer me pasó en el stand del Fondo de Cultura Económica.





Bruno el rezongón, de Katja Mensing


***




El otro lado, de Istvan Banyai


No dejo de preguntármelo: ¿cómo elegimos lo que leemos?

miércoles, 27 de agosto de 2008

reacción frente al tema de las librerías en bogotá

Además de ser un economista serio a quien le encantan su profesión y su trabajo, mi amigo Roberto es un gran lector y un excelente conversador. Cuando estábamos en el colegio, durante las clases de educación física solíamos echarnos bajo la sombra de un árbol a hablar cháchara y desde entonces no hemos dejado de hacerlo a pesar del paso del tiempo y de la distancia. Como dije hace un tiempo, Roberto es en gran parte el culpable de que yo haya empezado a leer y ha sido el proveedor de una buena parte de las lecturas que para mí han sido decisivas.


Hace un par de días Roberto dejó un comentario interesante en la entrada en la que yo me refería a los artículos que publicó la revista Arcadia sobre el reciente cierre de tres librerías independientes en Bogotá. Hoy quiero reproducir ese comentario porque me parece que en él Roberto toca temas críticos y que sus argumentos están no sólo bien fundamentados, sino también expuestos de una manera bastante clara.





Dice Roberto —todas las negrillas son mías—:


'Martín, a mi me encantan las librerías, me hacen muy feliz. Pero eso amerita un análisis desapasionado desde el punto de vista de la demanda y desde el punto de vista de la oferta:


1) Desde el punto de vista de la demanda I: a la gente no le gusta leer ni comprar libros. Un amigo hizo un estudio sobre el consumo de libros y la cifra es irrisoria. Se resalta en este estudio que el nivel de ingreso no influye en el tema. Ni ricos ni pobres leen. Aislando el efecto el ingreso, las diferencias en las medias (de consumo de libros) no era estadísticamente significativa. Hay muchas mercancías no-necesarias que están por encima del libro.


2) Por el lado de la oferta I: la feria del libro estacionalizó la oferta de libros. Además marcó una posición dominante desde el punto de vista del último eslabón de la comercialización. Esto en otras palabras se traduce en la imposición de una variedad limitada y de un precio alto.


3) Por el lado de la oferta II: Las librerías "de culto" o los libreros "de culto" están invadidos de una aureola de mística que es contraproducente. No aceptan que están en un negocio y, bajo el pretexto de no traicionarse a si mismos, prefieren morir antes que buscar una solución económica y creativa que les permita sobrevivir sin menoscabar la calidad.


4) ¿Cómo solucionar el problema?: Lo único que puede doblegar a la posición dominante es 1) La regulación del poder de mercado (la feria del libro es un exabrupto); 2) Incrementar las preferencias por la lectura en la política educativa y 3) La creatividad de los libreros, esto es, en el mercado sólo una innovación puede vencer al mercado monopólico.


Frente a la última, los libreros prefieren la muerte porque se niegan a aceptar que vender libros es un negocio'.


Sería interesante conocer la opinión de personas cuya experiencia profesional les ha permitido conocer de primera mano la evolución y la situación actual de las librerías en distintos lugares —de primerazo se me vienen a la cabeza particularmente Txetxu Barandiarán, Roger Michelena y El Llibreter pero seguro que se me escapan muchos otros conocedores del sector—, por lo cual podrían aportar una amplia variedad de matices a la reflexión sobre el tema.

martes, 19 de agosto de 2008

bogotá, ciudad sin librerías

El último número de la revista colombiana Arcadia incluye un reportaje y una columna de opinión sobre el reciente cierre de tres librerías independientes en Bogotá: Exopotamia, Verbalia y La Caja de Herramientas. Años atrás habían cerrado otras librerías como la Buchholz, la Aldina, la Contemporánea, El Aleph, El Carnero y alguna otra que seguramente se me escapa o que no conocí. Yo sólo espero que las tres o cinco librerías independientes que hoy en día sobreviven en la ciudad tengan una larga vida.


Me imagino que el cierre de una librería independiente tiene repercusiones directas sobre la diversidad de la oferta. No es estimulante ni que el grueso de la venta de libros quede en manos de grandes superficies como Carrefour y el Éxito —donde sólo se le suele prestar atención a los libros que pueden superar un umbral mínimo de ventas— ni que la Panamericana o la Librería Nacional se conviertan en la única alternativa a éstos.



Aprovecho para citar las palabras de Valeria Bergalli, la editora de minúscula, con respecto a la importancia que tiene para proyectos como el suyo la existencia de una red de librerías independientes. Dice Valeria:


‘(…) en el fondo para editoriales como minúscula —desde el punto de vista del tamaño y de la cantidad de títulos que publicamos al año— lo fundamental es que haya una red de librerías independientes que esté en buena salud, que sea fuerte y que tenga una presencia amplia. En definitiva, librerías que trabajen de manera similar a la nuestra: intentando ofrecer a los lectores cosas que no son las propuestas mayoritarias o las que buscan sobre todo el rendimiento comercial’.


A continuación presento cito algunos apartes del reportaje y de la columna publicados en Arcadia —las negrillas y los subrayados son míos—:


- “¿Llegó el fin?”, de María Alejandra Pautassi


‘A finales de los años 70, muchas desaparecieron en las grandes ciudades de Estados Unidos. Lo mismo ocurrió en ciudades de Francia, España y Alemania, países con una importante tradición lectora. El lugar de las grandes librerías lo ocuparon las grandes cadenas. La razón, según Jason Epstein (mítico editor del New York Review of Books, creador de los libros de bolsillo y la Book Expresso Machine) era que la relación alquiler-stock no se correspondía: los altos costos de arriendo e impuestos en las grandes ciudades no hace inviable un producto de poca rotación como el libro. Una librería como La Caja de Herramientas, que no pasa de 60 m², tiene un lugar limitado para almacenar libros y, por lo tanto, también lo son sus ventas. Además, para que un libro se venda, llame la atención de un cliente, debe estar expuesto. Bien sea en una mesa de novedades o recomendados, o en una estantería. Pero el tiempo que un libro está en una estantería cuesta y puede ser demasiado en comparación con su precio al público’.


‘Alba Inés Arias, librera desde hace 12 años en la Lerner norte, una de las librerías independientes más grandes en el país y con 40 años de tradición, está de acuerdo. Los ingresos de la librería no dependen de las novedades. Los best sellers del momento, de hecho facturan un porcentaje pequeño de sus ventas del mes. Su negocio está en los clientes que compran muchos títulos de un mismo tema: investigadores, profesores universitarios y periodistas’.


‘(…) Las editoriales, sin embargo, no pueden pagar más. En editorial Planeta, por ejemplo, casi un 10% del costo de un libro va para los autores, el 20% está destinado a la impresión, el 10% al transporte y el 3% en comisiones para las personas que venden a las librerías. Si le sumas el 40% de comisión a distribuidores y librerías, queda un 17% para los costos de sostenimiento de editorial (facturación, publicidad, prensa, mercadeo, salarios). En este sentido, Gabriel Iriarte, director editorial de Norma, dice que “si el problema está en el descuento (el porcentaje que ganan las librerías) lo que se pone en duda es la viabilidad del mismo negocio editorial. Si a los libreros se les diera más descuento, no habría que cerrar las librerías, sino las editoriales”’.


‘Mientras en Argentina hay unas 1.700 librerías y en México 1.900, en Colombia solo se tiene noticia de 150 (y ahora menos). En promedio un colombiano compra alrededor de seis libros al año (incluidos textos escolares) y lee menos: en promedio 1,6. Y si Colombia se está peleando con Argentina el cuarto puesto en producción de libros de la región se debe a que imprimir en Colombia, desde hace unos años, es muy barato. No porque haya una gran demanda’.


‘“La sobreoferta no le sirve a nadie. Pero es lo que el mercado manda. El público busca novedades”, admite Alberto Sánchez, gerente comercial de Planeta. Y continúa: “El problema de las pequeñas librerías es que el mercado ha cambiado. El librero tiene que cambiar y adaptarse a lo que está ocurriendo en el mercado colombiano”’.


‘Según Robert Max Steenkist, coordinador de la Red de Librerías del Cerlalc, el cuello de botella está en que “mientras las editoriales funcionan como negocios, con puntos de equilibrio y con el objetivo de generar unas ganancias, la venta de libros está regida por otros principios. La razón social de las editoriales es distinta a la de las librerías, cuya función es llegar a un nicho de lectores ofreciéndoles una diversidad de opciones y de títulos” (…) Como ha pasado en Argentina, México y Chile, las pequeñas librerías deben ampliar su catálogo de servicios (intentar acercar al lector a los autores, hacer eventos y ofrecer distintos servicios culturales —dice Steenkist y concluye—: Se trata siempre de vender libros. Pero hacerlo de otra manera”’.


- “La sociedad de las librerías muertas”, de Nicolás Morales


‘Con la certeza de lo irreparable, finalmente ocurrió: las librerías independientes naufragaron. La especulación inmobiliaria, los remates de saldos editoriales y la rotación excesiva de títulos, dicen los libreros, se llevaron del mapa del norte y centro de Bogotá la historia, trayectoria y clientela de un puñado de muy buenas librerías: Verbalia, Caja de Herramientas y Exopotamia cierran sus puertas (…) Sus casos confirmarán aquí una tendencia mundial: la desaparición de las librerías de barrio, aplastadas por los mega malls de libros’.


‘Serán Panamericana, la Librería Nacional, Lerner y el Fondo de Cultura Económica quienes se queden con un pastel que solo compartirán con Carrefour y el Éxito mientras Paulo Coelho siga haciendo sonar sus registradoras. Sin demasiada fe albergo la esperanza de que Biblos, Alejandría y Arteletra, tres librerías independientes importantes del norte y centro de la ciudad, consigan sobrevivir como pequeños oasis de criterio y humanidad en un entorno en el que los libros y las palabras terminaron carcomidos por los best sellers y los porcentajes de utilidad a los que solo les sacan jugo quienes lograron acaparar toda la cadena alimenticia del libro. Podríamos debatir sobre las verdaderas razones de la debacle. A las ya mencionadas se sumarían el desorden administrativo, los robos, la compra directa de las instituciones a las editoriales, la piratería, el precio de los libros importados y una cierta falta de tacto de los distribuidores con los pequeños libreros’.


(…) es triste darse cuenta de que lo poco que hay, o hubo en Bogotá, está desapareciendo. Esta ha sido, es y será una ciudad sin librerías. No hay librerías en el sur de la ciudad, salvo tres Panamericanas en Plaza de las Américas, Venecia y el Restrepo; no hay librerías en el occidente, salvo una Panamericana en Salitre’.


Hay mucho por comentar pero no sé por dónde empezar. ¿Alguien se atreve a proponer un punto de partida?

miércoles, 30 de julio de 2008

la paciente tarea de perseguir libros [ 2 ]

El programa de mi curso de “Cuatro narradores norteamericanos” incluía Un árbol de noche, de Truman Capote, que es el libro de cuentos más bonito que he leído hasta el momento —no puedo evitar releer cada cierto tiempo Niños en su cumpleaños, La botella de plata y Miriam, tres relatos que cada vez me emocionan incluso más que la primera vez—. Aparentemente ninguna librería de Bogotá tenía el libro en stock, por lo cual tuvimos que leerlo en fotocopias.


Un árbol de noche me gustó tanto, que la idea de no tener un ejemplar en mi biblioteca empezó a perturbarme. Cada vez que pasaba frente a una librería entraba a buscarlo pero poco a poco fui perdiendo la esperanza de encontrarlo. Sin embargo, entre tanto se me atravesaron por el camino otros libros de Capote como El arpa de hierba, Otras voces, otros ámbitos y Música para camaleones, que entonces tampoco se encontraban fácilmente.


Como Álvaro Castillo sabía que yo estaba enganchado a la narrativa gringa, cada vez que yo pasaba por San Librario me ofrecía libros que había ido encontrando y que había guardado para mí. Sin embargo, no había por ningún lado quien diera razón de Un árbol de noche.



En ese momento ya tenía todos los volúmenes de cuentos de Raymond Carver que existían en castellano —se los pedí a los de Círculo de lectores, que distribuyen Anagrama en Colombia, y que me los dieron como parte de pago por haber trabajado en un concurso de cuento que organizaba el periódico El Tiempo— y desde hace un tiempo habían empezado a llegar a las librerías colombianas las ediciones de Alianza de El guardián entre el centeno, de Nueve cuentos y de Franny y Zooey, de J. D. Salinger


***



Toda la semana había estado en el cierre de la revista en la que trabajaba entonces y el viernes después de hacer la última revisión de pruebas de impresión tenía que ir a una papelería a comprar materiales para hacerle un cartel de bienvenida a mi hermanita, que regresaba a Bogotá después de vivir un año en Francia. Aprovechando que estaba cerca, decidí ir a la Panamericana de la calle 72 con carrera 15 a hacer las compras.


Después de comprar moldes de letras, cartulina y globos decidí subir a la sección de libros para distraer el cansancio que llevaba encima. Tras echarles un ojo a las mesas de saldos, que era lo que había ido a ver inicialmente, pasé por las estanterías y sin estar buscándolo encontré justamente un ejemplar de Un árbol de noche en una edición de bolsillo de Sudamericana importada de Argentina que era más bien fea —sin embargo, la traducción era la misma que Juan Villoro había hecho para Anagrama—.


Estuve hojeando el libro durante un rato ansiosamente porque me parecía increíble haberlo encontrado. Sin embargo, al cabo de un momento caí en cuenta de que no llevaba ni un peso encima mío —después de hacer las compras del cartel de mi hermanita sólo me habían quedado unas cuantas monedas para pagar el bus que tenía que coger para ir a mi casa—.


Ahora que había encontrado un libro que había buscado durante tanto tiempo no iba a dejarlo escapar por el simple hecho de no tener dinero, así que decidí buscar un lugar seguro para esconderlo e ir a comprarlo al día siguiente a primera hora. Después de probar varios escondites y distintas formas de camuflar el libro, lo metí al fondo de los estantes donde estaban los manuales de jardinería.


Lo extraño es que cuando iba de salida vi en la mesas de novedades un ejemplar de Luna caliente, una novela bellísima de Mempo Giardinelli que en Colombia había publicado editorial Norma—en España lo hizo Alianza—, que llevaba mucho tiempo descatalogada y que yo había dejado de buscar después de haberla sacado de la biblioteca Luis Ángel Arango —ahora la editaba Planeta, junto con el resto de la obra del escritor argentino—. Aunque en los estantes había un par de ejemplares más de Luna caliente, en ese momento me pareció que lo más coherente con lo que acababa de hacer era coger uno y esconderlo junto a Un árbol de noche.




Ese viernes por la noche mi mamá tuvo que hacer sola el cartel de bienvenida para mi hermanita porque el estado de exaltación en el que llegué había agudizado mi torpeza para las manualidades. Al día siguiente me levanté temprano, cogí el carro de mi mamá sin avisarle y me fui por la carrera séptima hasta la calle 72 esquivando todo lo que se me atravesaba por delante.


***


Ya tenía todos los libros que me habían obsesionado durante un par de años y que me había costado mucho trabajo encontrar. Buscarlos infructuosamente durante tanto tiempo me había producido tanto desgaste, que un buen día terminé dándome cuenta de lo absurdos que habían llegado a ser mi adoración por los libros y mi apego a mi biblioteca —que sigue estando en la que era mi habitación en la casa de mis papás, supongo que cubierta de polvo—.

martes, 29 de julio de 2008

la paciente tarea de perseguir libros [ 1 ]

Todavía me emociono cada vez que descubro una nueva librería o que paso frente a una que me gusta —algo que cuando estaba en la universidad me pasaba incluso al ver sobre una mesita un libro cualquiera—. En esos momentos soy víctima de una ansiedad intensísima. Es como si hubiera un imán que me atrajera hacia la vitrina, que luego me arrastrara hacia adentro y que me mantuviera absorto hasta el cansancio. Se trata de un impulso que sencillamente no puedo controlar.


***


La lectura de Desayuno en Tiffany’s, de Truman Capote, me motivó a meterme en el mundo de los narradores estadounidenses del siglo XX. Empecé por lo más obvio: Ernest Hemingway, Scott Fitzgerald, William Faulkner y John Dos Passos. Luego encontré por casualidad a John Steinbeck y a Erskine Caldwell.


Aunque entonces ya estaba enganchado a la literatura gringa, creo que las estocadas finales me las dieron mi amigo Freddy presentándome a J. D. Salinger y mi profesora Piedad Bonnett poniéndome a leer a Carson McCullers y a Raymond Carver en un curso llamado “Cuatro narradores norteamericanos”.


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Después de leer El guardián entre el centeno, Reflejos en un ojo dorado y Catedral me dije que tendría que leer y tener en mi biblioteca todo lo que hubieran escrito Salinger, McCullers y Carver —lo reconozco, en esa época yo era un fetichista de los libros—. Como en el año 2000 los libros de ninguno de ellos llegaban a Colombia con regularidad, sólo era posible leerlos sacándolos de la biblioteca Luis Ángel Arango o pidiéndoselos prestados a alguien que los hubiera encontrado antes de que la mayor parte de las buenas librerías de Bogotá se fueran a la quiebra una tras otra. Por otro lado, la posibilidad de comprarlos se reducía a tener la suerte de que en alguna librería quedara algún ejemplar de un pedido hecho un tiempo atrás —lo cual me pasó dos milagrosas veces—, a rebuscarlos en librerías de segunda mano o a encargárselos a alguien que viajara a España.




Desde entonces cada vez que pasaba frente a cualquier librería entraba y me iba directo a la sección de narrativa, donde empezaba buscando a Salinger, McCullers y Carver para luego continuar con Hemingway, Fitzgerald y Steinbeck. La mayoría de las veces no encontraba más que unas ediciones horribles de El viejo y el mar, de La perla y de Desayuno en Tiffany’s —recuerdo haberme topado con una traducción hecha en Argentina en la que el título era Desayuno con diamantes y con otra edición de allí mismo que traducía The Catcher in the Rye como El cazador oculto—. De vez en cuando se veía por ahí un ejemplar de la antología Short Cuts, de Carver, y en el pabellón de saldos que montaba la Panamericana en la Feria del libro a menudo había varias pilas de ejemplares de las ediciones de bolsillo que había publicado Seix Barral de La balada del café triste y de Frankie y la boda, de Carson McCullers —que eran rematados por el precio de dos empanadas—.


Por pura casualidad, en menos de un mes mi búsqueda arrojó resultados inesperados en dos ocasiones: primero encontré en la sucursal de la librería Buchholz del hotel Tequendama —que habían abierto hacía poco tiempo y que en ese momento estaban saldando— un ejemplar de la edición de Edhasa de Levantad, carpinteros, la viga del tejado y Seymour: una introducción, de Salinger; y luego en la librería Alejandría se me atravesó un ejemplar de La vida de mi padre. Cinco ensayos y una meditación, un libro minúsculo de una colección muy bonita de editorial Norma que se llamaba “La pequeña biblioteca” y que reunía algunos de los ensayos más lindos de Carver.



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Alguna vez alguien me contó que Álvaro Castillo, quien desde San Librario se convirtió hace varios años en el mejor dealer de libros para muchos lectores bogotanos de mi generación —dicen que incluso García Márquez y Fidel Castro le hacen encargos—, recorría todos los días distintos sitios de venta de saldos y libros de segunda para terminar al final con una bolsa que de vez en cuando incluía una que otra joya. Yo no sé si la anécdota será cierta o si será más bien una leyenda urbana pero un día encontré por accidente en la Panamericana de la calle 72 con carrera 15 —que supuestamente estaba incluida en el itinerario de Álvaro y en la que a menudo hay unos verdaderos chollos— dos libros que estaba buscando desde hacía un par de años y desde entonces pienso que si no fuera tan perezoso cada vez que pasara frente a una librería entraría a enfrentarme a la probabilidad de hacer algún hallazgo inesperado.



Pero bueno, aquí empieza otra historia que contaré en mi entrada de mañana.