martes, 27 de mayo de 2008

inventario de lecturas [ 7 ]

En el segundo semestre de 1997 finalmente me matriculé en la carrera de Literatura. Yo quería tiempo para leer y ésa fue la mejor forma que encontré de tenerlo. El programa de Literatura estaba estructurado en varias áreas y salvo contadas excepciones uno podía ver las clases en el orden que quisiera porque casi ninguna tenía prerrequisitos.


Empezar no fue nada fácil. Revisando el programa de estudios me encontré con que había un montón de cosas que no me interesaban o que me producían pánico pero a las que tarde o temprano tendría que enfrentarme: literatura del Siglo de Oro, lingüística, épica griega, teoría literaria, literatura precolombina o historia de la lengua.


Yo sólo quería leer literatura moderna y contemporánea.


Estaba frente a un problema y como no quería enfrentarlo en ese momento, opté por inscribirme en la clase de Introducción a los estudios literarios —que era obligatoria— y por escoger dos cursos sobre temas que me interesaran: Teatro colombiano y Seminario de Vargas Llosa.


En mi curso de Introducción a los estudios literarios la profesora proponía un recorrido por la literatura universal que empezaba con el sacrificio de Isaac de la Biblia y terminaba con Crónica de una muerte anunciada. Todo iba bien para mí hasta que la profesora nos dijo que empezáramos a leer la Poética de Aristóteles para discutirla en clase porque así nos familiarizaríamos con los géneros clásicos y tendríamos herramientas para abordarlos.


En ese momento tenía 19 años y venía del colegio con el trauma de que todo lo clásico era aburrido y demasiado sofisticado para mí. Obviamente nunca empecé a leer la Poética ni mucho menos la Odisea, así que mientras mis compañeros discutían sobre la catarsis del héroe en la tragedia o sobre las reglas de la hospitalidad yo me quedaba mirando por la ventana hasta que se acababa la clase. Superado el impasse griego, antes de llegar a Crónica de una muerte anunciada leímos El Lazarillo de Tormes, Hamlet y algunos cuentos de Balzac, de Poe y de Cortázar. Al final del curso hice un trabajo pésimo acerca de De sobremesa, de José Asunción Silva.



El curso de Teatro colombiano fue un desastre. Yo me había inscrito en él pensando que me serviría para conocer las nuevas tendencias del ámbito teatral colombiano pero me encontré con que a la profesora sólo le interesaban el Teatro La Candelaria y el Teatro Experimental de Cali. Aunque las clases eran un poco aburridas —de hecho creo que en ninguna sesión me quedé hasta el final—, las obras que leíamos me gustaban un montón porque en ese momento me interesaba mucho la literatura como vehículo de transmisión de ideas políticas.


El Seminario de Vargas Llosa fue el curso que salvó el semestre. Ahí releí La ciudad y los perros y leí por primera vez Conversación en La Catedral, El elogio de la madrastra e Historia de Mayta. Además de hacerme muy feliz, la lectura de estas novelas de Vargas Llosa hizo que me dieran muchas más ganas de leer.


Entre tanto, por fuera de la universidad seguía perdido en el hoyo negro de la literatura colombiana posterior a García Márquez. Continuaba con la idea de que era importante conocer lo que se había escrito en Colombia durante las últimas décadas y lo que se estaba escribiendo en ese momento. Si no estoy mal, cuando me hastié del nadaísmo fue que me di cuenta de que había tocado fondo y de que era necesario corregir el rumbo.


Afortunadamente corregí el rumbo y al hacerlo mi percepción con respecto a los clásicos y mi relación con éstos cambiaron radicalmente.

8 comentarios:

Raúl dijo...

Yo no me matriculé en Filología Hispánica porque lo que quería era leer siglo XX, nada de clásicos. Además, la literatura que se estudiaba era únicamente la escrita en español, por lo que me perdía la mayoría de los libros.

Creo que si me hubieran obligado a leer maravillas como "La Regenta" o los mismos "Cien años de soledad", hubiera acabado odiando la lectura.

Respecto a los clásicos, dan pereza, pero algunos ("La Odisea", Rabelais, Chéjov..) valen por 100 libros actuales.

martín gómez dijo...

Como verás, mi historia es parecida porque después de tenerle fobia a los clásicos por culpa del colegio actualmente hay algunos cuantos que son fundamentales para mí.

La verdad es que esa reconciliación fue un gran regalo de la universidad.

Gracias por tu comentario.
Seguimos en contacto.

Roberto Angulo dijo...

jeje tengo tu examen final de Rayuela Mártin.

martín gómez dijo...

¡Quémelo, por favor!

Mauricio Salvador dijo...

Hola, Martín. Curioso lo parecidas que son las historias de formación de muchos lectores. A mis diecinueve años, apenas leyendo mis primeros libros, me enganché con Rojo y Negro, y luego (sin saber cómo di ese salto) me puse a leer a los cronistas de indias, algo que de lo que no me arrepiento. Pero luego, ya en la carrera, tuve que leerme ensayos aburridísimos de lingüística o formalismo ruso o estructuralismo. Todavía no sé bien de qué van, la verdad. Saludos.

martín gómez dijo...

Creo que la clave está en saber identificar lo que te gusta y en no hacerle caso a las presiones externas porque así te evitas experiencias traumáticas y si no te gustó un libro te queda el alivio de que fuiste tú quien lo escogió.

Oscar Chamat dijo...

yo, la verdad fui un lector bastante dócil, siempre me leía las cosas que me decían en el Colegio, cosa de lo que no me arrepiento, pues descubrir la violencia de la Iliada (más que cualquier película) y las primeras escenas de sexo en "aura o las violetas"... fue un delicioso... además me evité el trauma de "los clásicos".
Pero creo que fue en este blog donde leí que primero hay que leerse todos los clásicos y luego, si queda tiempo, leer otros libros...

saludos

omchamat
http://lasmiradasperdidas.blogspot.com

PD. Alguien me puede dar la receta para cultivar el hábito de la lectura?...

martín gómez dijo...

Yo soy partidario de que cada quien lea lo que se le antoje. Aunque claro, cuando se está empezando siempre es bueno contar con alguien que lo oriente a uno.

Lo bonito es que muchas veces las personas que nos rodean pueden darnos mejores consejos que los profesores del colegio porque a diferencia de éstos nos conocen muy de cerca y sienten cariño hacia nosotros.

Como siempre, gracias por pasarte por aquí.