lunes 30 de abril de 2007

comentarios sobre 'los venenos de la crítica'

Por su agudeza quisiera destacar algunas de las observaciones hechas por los comentaristas de libros cuyos puntos de vista recoge Germán Gullón en el artículo ‘Los venenos de la crítica’, publicado por El Cultural y reproducido aquí en la entrada de ayer.


Con respecto a las fuentes de la credibilidad del crítico:


- “Lo que el lector espera del crítico son orientaciones razonadas, no elogios vacíos ni rechazos injustificados. El lector necesita saber si vale la pena leer esa obra y por qué, y eso hay que dejarlo claro”. Ricardo Senabre.


- “Esa “capacidad de tener razón” obedece a una mezcla variable de talentos, algunos innatos y otros adquiridos, entre los cuales cabe mencionar el buen gusto, la posesión de un criterio articulado, la confianza en ese criterio, la voluntad de compartirlo y la capacidad de persuasión”. Ignacio Echavarría.


Considero que lo más interesante de la forma como Senabre y Echavarría abordan el origen de la credibilidad es que ambos hacen énfasis en la construcción de un criterio propio y en la manera como se presentan los argumentos antes que en la acumulación previa de unos vastos conocimientos en el campo de la historia de la literatura y de la crítica literaria.


Sobre la función del crítico:


- “Orientar a los otros lectores en la tarea de responderse responsablemente a la pregunta que justifica la existencia misma de la moderna crítica periodística: ¿qué leer? Importa mucho insistir en esto último, dado que la mayor parte de los suplementos literarios parecen haberse desentendido de esa pregunta, conformándose con incentivar la lectura. Por eso no existe apenas crítica en la actualidad: porque la consigna de leer (y de leer siempre los mismos libros, de la misma manera) ha desplazado a la pregunta de qué leer”. Ignacio Echavarría.


Como lo dije ayer, en muchos casos los comentaristas de libros juegan un papel fundamental para orientar a los lectores porque son los ojos a través de los cuales éstos ven la oferta que hay en el mercado editorial. Este aspecto es clave sobre todo teniendo en cuenta que si el medio en el que el comentarista escribe define según sus propios intereses —comerciales, políticos o económicos— cuáles son los libros que se deben reseñar y que si muchos de los medios que acaparan una buena parte de la audiencia pertenecen a un mismo grupo, hay un sesgo en la fuente de la información que reduce significativamente el espectro que logra captar el lector de lo que hay alrededor suyo.


Acerca de los problemas de la crítica española:


- “Perdemos en independencia: hay demasiada consideración con editoriales poderosas, por una parte, y, por otra, excesivo temor a reseñar negativamente obras de autores prestigiados —a veces producto de la mercadotecnia—, algunos de los cuales pueden reaccionar como si cada reparo puesto a su obra fuese una ofensa a su persona. En realidad, la lucha del crítico que no renuncia a su honradez se plantea contra el complejo mecanismo publicitario que desde hace medio siglo se ha ido apoderando de la creación literaria y artística, gracias al cual lo que se vende es lo que vale. ¡Qué aberración!”. Ricardo Senabre.


- “Carentes de todo proyecto cultural, como ya he dicho, los grupos de comunicación y los periódicos españoles no emiten consignas propiamente dichas a los críticos: se limitan a establecer un embrollado sistema de listas blancas y negras conforme a las cuales se hinchan o se omiten las novedades de colaboradores afines y no afines. En este punto, no vale la pena extremar la paranoia conspirativa: se trata de la más vulgar y mecánica miseria humana, con frecuencia incrementada hasta la caricatura por los intereses comerciales.

En estas dos observaciones que describen muy bien lo que está pasando en España una vez más se ponen en evidencia tanto las nefastas consecuencias de la creciente concentración de la propiedad que ejercen los grandes grupos multimedia como algunas de las prácticas a las que éstos recurren para cada vez más grandes del mercado.

domingo 29 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 10 ] / 'los venenos de la crítica'

El suplemento El Cultural, del diario El Mundo, les ha pedido a cinco reconocidos críticos literarios españoles que respondan a cuatro preguntas acerca de la naturaleza, de la razón de ser y de la ética de su oficio y ha reunido sus testimonios en un artículo titulado ‘Los venenos de la crítica’. Los cinco críticos —a quienes prefiero llamar comentaristas de libros— tocan una serie de cuestiones polémicas con respecto a esa institución conocida como ‘la crítica’, alrededor de las cuales en ciertos momentos se han abierto acalorados debates que aún están lejos de llegar a cerrarse: la independencia del crítico frente al medio para el que escribe, a las editoriales y a los autores; las competencias necesarias para ejercer la crítica; los criterios del crítico y la importancia de la capacidad de persuasión en el ejercicio del oficio.


Este artículo me parece interesante porque en muchos casos los comentaristas de libros son los ojos a través de los cuales los lectores ven la oferta que hay en el mercado editorial. En la medida en que al orientar a los lectores los comentaristas de libros ejercen un rol de prescriptores de opinión, basta con la aparición de un comentario sobre un libro para que los ojos del público se fijen en éste y para que a la primera oportunidad que tengan los lectores vayan a buscarlo a las librerías.


Los venenos de la crítica
Ricardo Senabre, Ignacio Echevarría, Jaime Siles, Darío Villanueva y Vicente Luis Mora denuncian, explican, defienden y cuestionan


Sainte-Beuve, el célebre crítico francés del XIX, dejó inédito Mis venenos, un diario secreto con sus más íntimos pensamientos sobre libros y autores que no se atrevió a publicar en vida, y que comenta hoy en nuestras páginas Germán Gullón. Pero además, El Cultural ha reunido a cinco de los críticos más solventes de nuestro panorama literario —Ricardo Senabre, Ignacio Echevarría, Jaime Siles, Darío Villanueva y Vicente Luis Mora—, para que nos descubran:


1. ¿Qué es lo que da credibilidad a un crítico?

2. ¿Cualquiera puede ser crítico? ¿Qué mínimos deben exigirse?

3. Si comparan la situación de la crítica española con la del resto del mundo, ¿en qué salimos ganando, y en qué perdiendo?

4. ¿Qué pasa con las acusaciones de excesivo academicismo; falta de conocimientos académicos, dependencia del mercado; amiguismo y compromisos; obediencia a consignas, falta de referencias para comprender la creación más joven?


Ricardo Senabre


1. La independencia —frente a editoriales y autores— y la sinceridad. También una competencia profesional sin la cual lo demás no serviría en absoluto, porque nadie apreciaría la independencia de un botarate. Lo que el lector espera del crítico son orientaciones razonadas, no elogios vacíos ni rechazos injustificados. El lector necesita saber si vale la pena leer esa obra y por qué, y eso hay que dejarlo claro.

2. En la práctica, y a juzgar por muchos ejemplos reales, se diría que cualquiera puede ser crítico. Pero lo cierto es que habría que exigir unos mínimos: un amplísimo caudal de lecturas —algo muy raro, por lo que se ve—, un buen conocimiento de la historia literaria y una estrecha familiaridad con los fundamentos teóricos y los métodos críticos. La verdad es que, en el amplísimo elenco de críticos españoles en ejercicio, muchos —demasiados— no llegan al aprobado en estas cuestiones.

3. Frente a otros países, ganamos en la atención a obras estrictamente literarias y de diversas literaturas. Perdemos en independencia: hay demasiada consideración con editoriales poderosas, por una parte, y, por otra, excesivo temor a reseñar negativamente obras de autores prestigiados —a veces producto de la mercadotecnia—, algunos de los cuales pueden reaccionar como si cada reparo puesto a su obra fuese una ofensa a su persona. En realidad, la lucha del crítico que no renuncia a su honradez se plantea contra el complejo mecanismo publicitario que desde hace medio siglo se ha ido apoderando de la creación literaria y artística, gracias al cual lo que se vende es lo que vale. ¡Qué aberración!

4. Creo que la falta de conocimientos del crítico y el amiguismo son acusaciones fundadísimas en múltiples casos. Hace años, en un suplemento literario de cuyo nombre no quiero acordarme, un crítico comenzaba su reseña confesando ser amigo del autor de quien se disponía a escribir. Naturalmente, la reseña era elogiosísima. ¿Qué crédito pueden merecer una crítica y un suplemento así?


Ignacio Echevarría


1. Una primera puntualización: hace ya tiempo que la crítica ha dejado de ser la piedra angular de los suplementos literarios, por las razones que más adelante doy. Así pues, hace ya tiempo, también, que ha dejado de hacerse cuestión de la independencia de la crítica, menos todavía de su credibilidad, no nos hagamos demasiadas ilusiones con eso. En un pasaje que suelo citar en ocasiones como ésta, Robert Musil, preguntándose en qué consiste el gran talento para la crítica, se responde a sí mismo: “¡La capacidad de tener razón!”. No es fácil dar una respuesta mucho más satisfactoria a la cuestión, sin duda peliaguda. Esa “capacidad de tener razón” obedece a una mezcla variable de talentos, algunos innatos y otros adquiridos, entre los cuales cabe mencionar el buen gusto, la posesión de un criterio articulado, la confianza en ese criterio, la voluntad de compartirlo y la capacidad de persuasión.

2. No cualquiera puede ser crítico, desde luego, ni falta que hace. La ausencia de alguno de esos talentos que acabo de mencionar basta para inhabilitar incluso al más voluntarioso y bienintencionado aspirante al oficio. El crítico genuino es un tipo muy particular de lector que al placer natural de la lectura añade el de indagar en los mecanismos que intervienen en ella. De esa especie de perversión deriva el crítico una función social: la de orientar a los otros lectores en la tarea de responderse responsablemente a la pregunta que justifica la existencia misma de la moderna crítica periodística: ¿qué leer? Importa mucho insistir en esto último, dado que la mayor parte de los suplementos literarios parecen haberse desentendido de esa pregunta, conformándose con incentivar la lectura. Por eso no existe apenas crítica en la actualidad: porque la consigna de leer (y de leer siempre los mismos libros, de la misma manera) ha desplazado a la pregunta de qué leer, que comporta siempre, para ser respondida cabalmente, un cierto compromiso ético y político, no sólo estético, y que presupone además, sin la obsesión de fomentarla, la afición a la lectura. En cuanto a los mínimos exigibles para un crítico, obedecen antes a cuestiones de temperamento que a grados de cultura. El crítico hace siempre un uso estratégico de su cultura. En su caso, mucho más que los conocimientos acumulados, a menudo inservibles, importa el punto de vista que los ordena. Lo que caracteriza al crítico (y me estoy refiriendo exclusivamente al crítico reseñista) es una determinada escala de preferencias y una decidida voluntad de intervención. De otro modo, estaríamos hablando de simples comentaristas, o directamente de publicistas, que es lo que más abunda. En cuanto al estilo, es la única herramienta de que dispone el crítico para persuadir. Si resulta mediocre o incompetente en este aspecto, su eficacia será nula.

3. Me cuesta responder a esta pregunta, ya que apenas alcanzo a imaginarme qué pueda entenderse por crítica española, toda vez que —hechas las excepciones de rigor— sus más conspicuos representantes gastan sus menguados recursos en mantener un esforzado equilibrio entre la mansedumbre y la inanidad. Comparada con la del resto del mundo, la situación de la crítica española es, por decirlo buenamente, poco comprometedora: sencillamente, pasa desapercibida. Lo cual no acaba de constituir una ventaja, o no exactamente, dado que en casi todo el mundo la crítica ha sido condenada a la inexistencia. Sus espacios, si algunos le quedan, son residuales, marginales, periféricos a lo sumo, cuando no puramente simbólicos. Exageraciones y dramatismos aparte, la crítica española es, en cualquier caso, fiel reflejo de la prensa que la ampara: una prensa degradada, hipócrita, inepta, carente de todo proyecto cultural y por lo tanto de toda iniciativa en este campo, como no sean aquéllas a que le impulsan sus intereses particulares.

4. –Excesivo academicismo. De este reproche deberán responder los críticos de procedencia académica, abundantes en un oficio que, es verdad, suelen ejercer con cierta predisposición al eclecticismo y la taxonomía, y grandes dosis de aburrimiento.

–Falta de conocimientos académicos. De este reproche deberán defenderse los críticos de varia especie, periodistas y escritores en su mayoría, que lo reciben insistentemente de parte de sus colegas los críticos academicistas.

–Dependencia del mercado. ¿Y cómo soslayarla? El mercado es el medio en el que la crítica interviene, contra el que actúa. Es la corriente que tiende a arrastrarla y a la que ella debe resistirse. El problema, entonces, no es tanto la dependencia como el sometimiento al mercado, es decir, la sumisión, la interiorización de sus consignas.

–Amiguismo y compromisos. Ésta es una lacra endémica en el oficio. Por lo demás, hay una sola vacuna para curarse de ella: tomar partido. Buena parte de la mejor crítica moderna está impulsada por la complicidad de grupo, de tendencia: es crítica amistosa y comprometida, en el mejor sentido. Pero es cierto que, por estos lares, a menudo se queda sólo en crítica amigable y convenida.

–Obediencia a las consignas de
la Casa (periódico, grupo). Carentes de todo proyecto cultural, como ya he dicho, los grupos de comunicación y los periódicos españoles no emiten consignas propiamente dichas a los críticos: se limitan a establecer un embrollado sistema de listas blancas y negras conforme a las cuales se hinchan o se omiten las novedades de colaboradores afines y no afines. En este punto, no vale la pena extremar la paranoia conspirativa: se trata de la más vulgar y mecánica miseria humana, con frecuencia incrementada hasta la caricatura por los intereses comerciales.

–Falta de referencias para comprender la creación más joven. Es éste un reproche grave, respecto al que todo crítico deberá mantener se alerta, y que plantea la conveniencia de buscar mecanismos de regeneración por parte de quienes regentan los espacios en que la crítica opera. La mayor virtud que puede adornar a un crítico es el olfato para lo nuevo, y no sólo para “lo bueno”; su mayor hazaña será la construcción de un lenguaje de acogida para la recepción de aquello que, por dilatar el campo de la sensibilidad establecida, carece todavía de un registro público. Con todo —y como no he dejado de decir en más de una ocasión—, una de las funciones menores de la crítica, puestos en lo peor, sería la de actuar como obstáculo, como frontón mediante el cual la sociedad y la época se defienden de las transgresoras innovaciones del joven artista. Éste se forjará, para bien y para mal, en la perseverancia y en la entereza que emplee ya en imponerse, ya en adaptarse a las convenciones con que la crítica de su tiempo lo juzga.


Jaime Siles


1. A un crítico la credibilidad se la da sobre todo su práctica, es decir, lo que ha hecho, el modo en que viene desempeñando su oficio. Otra cosa son los mandamientos que cada crítico tenga como suyos y para sí, porque eso no constituye un método sino una doctrina. Mi doctrina personal como crítico se ha regido por los siguientes principios: en primer lugar, intentar entender la obra tanto si me gusta como si no, tanto si satisface mis intereses como si se encuentra en los puntos opuestos de mi poética. Creo que el crítico es un mediador, alguien que conoce las propiedades, los elementos constitutivos de un producto, y que intenta hacerlo trasmisible desde su propio juicio a los demás. Un crítico debe ponerse en la piel del autor al que juzga y preguntarse si ha conseguido o no los objetivos que en esa obra se propone, y si los medios han sido los adecuados para ello. El juicio de valor no me interesa. Creo que la crítica además de estar bien escrita y digo esto porque soy un crítico sui generis, porque también soy creador, no un crítico estricto, sino un poeta y ensayista que hace crítica literaria, pero la crítica literaria es un género muy específico, como la poesía y dentro de ella, de la poesía que nos llega en traducción, lo que obliga no sólo a juzgar el texto del poeta traducido, sino también la textualidad de la traducción.

2. Sí, cualquiera que tenga formación adecuada para ello y los criterios de gusto suficientes y que fuese capaz de trasmitirlo podría ser crítico literario. De hecho, cualquier lector a su modo lo es. Ahora bien, como en todo hay unas exigencias mínimas: creo que un crítico literario debería tener una amplia formación intelectual y un profundo conocimiento de la historia y de la teoría literaria que le permitiera situar una obra en el horizonte no sólo de su género y de su propia lengua sino de su propia tradición. Es decir, debería dar su latitud y longitud.

3. A veces nos juzgamos en exceso, porque tenemos una serie de periódicos importantes que cuentan con su propio suplemento cultural, donde funciona el juzgado de primera instancia, porque aquí se da noticia de la existencia de libros mucho antes de que lleguen a las universidades y Academias. Si comparamos la situación de España con la de otros países, hay que destacar, a favor, que los suplementos culturales españoles dedican una especial atención a la crítica de la poesía, que está abandonada a su suerte en muchos países. La novela es el género al que más atendemos aunque hay otros dos géneros importantes, el teatro y el ensayo, que sufren una especial desatención. En cambio, esos dos géneros tienen mucha más importancia en países como Alemania, especialmente el teatro.

4. En general, creo que las acusaciones contra la crítica que aquí se mencionan lo que denuncian son todos los riesgos, pero la respuesta más clara la da Cicerón cuando, animado por su amigo Ático a dedicarse a la historiografía, le expone las dificultades y problemas que encontrará. El problema no es la independencia literaria o no, o la falta de referencias, o los compromisos o los academicismos, sino que lo único que debería importar en la crítica literaria es la independencia de criterio, de manera que la forma de luchar contra estos vicios sería acuñar un método y un modo para defender y mantener dicha independencia de criterio.


Darío Villanueva


1. La credibilidad de un crítico radica en la autoridad que posea por sí mismo. La crítica se compadece mal con cualquier ejercicio de ventriloquia. En última instancia se trata de un arreglo entre lectores: entre ellos se le reconoce a uno en concreto voz propia, autorizada, para hablar de literatura. Es una obviedad: el fundamento de la crítica es la lectura y la impresión que deja en el que la lee. En esto, todos los lectores, críticos o no, somos iguales. Más aún: el crítico que no reacciona ante la obra como un lector genuino se parecerá más a un burócrata. Tampoco veo su papel como el de un dómine con palmeta. La crítica en cuanto juicio y valoración no debe tener un fundamento normativo y doctrinal, sino rigurosamente fenomenológico. El mejor crítico sería el que transmitiera su enjuiciamiento como la consecuencia implícita en el análisis de los porqués de su impresión. Y para ello, es inexcusable la forma de la obra. Si todavía existe el arte de la literatura, no consiste en otra cosa que en lo que Coleridge definía como las mejores palabras en el orden mejor.

2. Cualquier lector puede, efectivamente, ser crítico. Y de hecho, por lo general, lo es: si lee atentamente y es capaz de desgranar los entresijos de su propia lectura e investigar en las causas de sus impresiones como lector. Claro que luego, si quiere ejercer, no podría ser ágrafo: deberá comunicar su experiencia mediante la escritura. De todos modos, la lectura atenta, que se puede ejercitar y perfeccionarse, debe ir amparada por ciertos saberes. Me resulta difícil concebir un ejercicio crítico cabal sin el apoyo de la historia literaria, de los fundamentos generales de una poética y sin el comparatismo, que permite trascender las fronteras lingüísticas de una sola literatura.

3. No dispongo de suficiente información como para tanto. Admiro la crítica anglosajona a través del “Times Literary Supplement”, pero me resulta muy difícil extender mis apreciaciones a la de otras lenguas. De todos modos, leyendo los libros de los críticos extranjeros que se expresan también en la prensa, los suplementos y las revistas literarias, no acabo ni con complejo de superioridad ni con baja autoestima.

4.–Excesivo academicismo: Admito que a la crítica académica (donde milito) se le vea debajo de la puerta la patita del academicismo, pero no a la crítica profesional o “militante” (“crítica pública” la llamaba N. Frye), o la crítica, con frecuencia tan interesante, ejercida por los propios escritores sobre las creaciones de sus pares.

–Falta de conocimientos académicos: Admito que a la crítica no académica se le pueda achacar semejante cosa, pero a lo mejor maldita la falta que les hacen tantos conocimientos académicos si sus lecturas son atinadas y competentes.

–Dependencia del mercado: Ése es el gran problema, probablemente sin solución, al menos por el momento. Raymond Federman, hace ya un cuarto de siglo, advertía que la responsabilidad de la crítica era entonces “hacer la distinción, marcar la diferencia entre libros y no-libros”. Pero para cumplir semejante compromiso hay que estar pendiente del mercado: para desenmascarar a los segundos, por muy best sellers que sean, y para que no pasen desapercibidos los primeros.

–Amiguismo y compromisos: Es verdad que a veces, ante determinadas críticas de obras previamente leídas por mí cuya euforia no atino a comprender, acabo reparando en que le coeur a des raisons que la raison ne connait pas.

–Obediencia a las consignas de
la Casa (periódico, grupo): Hice mis pinitos en la crítica hacia 1973, recién licenciado, de la mano de Pepe Batlló, director de Camp de l’arpa. Desde entonces hasta hoy, en que ya peino canas, nunca jamás nadie me transmitió ninguna consigna, ni en Barcelona, ni en Madrid, ni en la American Book Review, ¡qué quieren que les diga!. Como decía aquel personaje de Billy Wilder en Some like it hot, “nadie es perfecto”.

–Falta de referencias para comprender la creación más joven: En todo caso, irá por parroquias. Habrá críticos con las tupidas anteojeras del establishment y otros con mayor curiosidad; de hecho, los hay. A título de ejemplo, puede valer el que en 2006 un título como Nocilla Dream de Agustín Fernández Mallo haya obtenido el eco que sin duda merecía.


Vicente Luis Mora


1. En mi blog, hace unos meses, pregunté por “la crítica que queremos”, y multitud de escritores y críticos llegamos a unas conclusiones que intento respetar a rajatabla. Resumidas: lectura completa, comprensiva y sistemática del libro, conocimientos culturales amplios y profundos de literatura (española y de otras tradiciones), estudio complementario sobre el autor cuya obra puntualmente se analiza, ver el libro como un todo, dedicarle tiempo de reflexión, obviar sus valores de mercado, tener conciencia de la crítica como ejercicio artístico, valoración no descriptiva, reducir al mínimo la inevitable parte subjetiva, y constituirse en una crítica democrática e independiente, que no repita los errores de la institucional, mediática u oficialista.

2. En un ensayo que saco ahora, y fijándome en los ejemplos mejores, como Conolly, el Dr. Johnson, Bloom, Sainte-Beuve o Eliot, entre otros (¿qué otros modelos imitar, sino los mejores?), propongo un mínimo algo radical, disculpen: el crítico debería ser tanto o más culto que el escritor más culto de su tiempo. Si el libro plantea epistemes que uno desconoce (medicina en Martín Santos, tecnología en Gibson o Pynchon, filosofía en Musil, estética oriental en Valente, Maillard o Aguado), el crítico tiene dos opciones: callarse o adquirir un mínimo saber antes de emitir juicio al respecto. Añádale un mínimo conocimiento de teoría de la literatura. Además, hay que saber leer. Eso es lo más difícil: no puede estudiarse.

3. Sería insincero si dijera que conozco la del resto del mundo; leo crítica literaria occidental, y eso en sí mismo es una reducción drástica. Desde luego le digo: casi cualquier profesor universitario norteamericano tiene, no sé si más conocimientos, pero desde luego menos prejuicios y un modo más global de entender el hecho estético que sus homólogos españoles. Salvo excepciones, los mejores críticos patrios —véanse los ejemplos de Masoliver, J.J. Heffernan, M. Casado, Fernández Porta, Cuesta Abad, entre otros—, tienen una importante formación en el extranjero, por lo común anglosajona.

4. Excesivo academicismo. Y tanto. Dentro de la universidad española hay joyas, que nunca son las que vemos. La crítica que más me interesa hoy suele estar extramuros de la universidad.
–Falta de conocimientos académicos. Interesante denuncia: sugiere que en España la crítica académica puede desconocer o usar mal hasta los rudimentos filológicos.

–Dependencia del mercado. Inapelable. Hasta una mala crítica con foto puede volverse comercial. Vénganse a Internet, es casi gratis.

–Amiguismo y compromisos. La buena crítica debería superar la amistad y la animadversión. Eso sí: los compromisos son pútridos en todo caso.

–Obediencia a las consignas. Si pudiera contar la mitad de lo que sé… Vénganse a Internet, no hay casas, el grupo es uno mismo.

–Falta de referencias para comprender la creación más joven. Cierto también. Un crítico de un suplemento, en un gesto que le honra, se hizo la autocrítica recientemente en este sentido.


Germán GULLÓN

sábado 28 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 9 ] / 'bogotá 39'

Hace dos días en la Feria del Libro de Bogotá el jurado de la convocatoria Bogotá 39 —compuesto por los autores colombianos Piedad Bonnet, Oscar Collazos y Héctor Abad Faciolince— dio a conocer los nombres de los 39 escritores menores de 39 años más importantes del momento en América Latina. Esta convocatoria fue realizada por la organización tanto del Hay Festival que tuvo lugar en Cartagena hace un par de meses como de Bogotá Capital Mundial del Libro 2007. El listado es, según sus organizadores, “el resultado de una amplia convocatoria a nivel latinoamericano en la que los lectores, las editoriales, los agentes literarios y los escritores mismos postulen a sus escritores candidatos menores de 39 años y, por supuesto, una ocasión para leer y dialogar con la narrativa latinomericana actual”.

Sin lugar a dudas, al prescribir un catálogo de autores una iniciativa de este tipo contribuye a la configuración de un canon de la narrativa contemporánea, a orientar a los lectores y a redefinir los intereses de la industria editorial. De igual manera, les da una mayor visibilidad a los 39 autores elegidos —de quienes se empezará a hablar mucho en los medios, lo cual hará que sus nombres empiecen a ser cada vez más familiares para los lectores y, por lo tanto, muy seguramente repercutirá sobre las ventas de sus libros— y puede terminar por ir condenando lentamente al olvido a los que se han quedado por fuera del listado.



A continuación reproduzco la información —bastante incompleta y no pocas veces imprecisa, por cierto— que publicó el periódico El Tiempo con respecto a cada uno de los 39 seleccionados:


- Andrés Neuman, de Argentina
30 años. Sus novelas Bariloche (1999) y Una vez Argentina (2003) fueron finalistas del Premio Herralde de Novela.


- Pedro Mairal, de Argentina
37 años. Publicó obras como Tigres como los pájaros (Mención Premio Fortabat), Una noche son Sabrina Love (Premio Clarín de Novela). Su última publicación, Consumidor final.


- Gonzalo Garcés, de Argentina
33 años. Dos novelas publicadas: Diciembre y Los impacientes, con la cual ganó el Premio Biblioteca Breve.


- Rodrigo Hasbún, de Bolivia
27 años. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Santa Cruz de la Sierra en 2002 y en 2006 publicó el libro titulado Cinco.


- Veronica Stigger, de Brasil
34 años. Su obra más exitosa es O trágico e otras comédias


- Santiago Nazarian, de Brasil
30 años. Ganador del Premio Fundación Conrado Wessel de Literatura en 2003 con su obra Olivio.


- Adriana Lisboa, de Brasil
37 años. Recibió el Premio José Saramago (2003, Portugal). Sus obras más importantes son: Os fios da memoria, Sinfonía en Bronco y Caligrafías.


- João Paulo Cuenca, de Brasil
29 años. Ha publicado novelas como Cuerpo presente (2003) y ha participado en antologías como Paralelos y Prosas cariocas, entre otras.


- Alejandro Zambra, de Chile
32 años. Poeta también, es autor de una primera novela titulada Bonsái publicada por Anagrama.


- Alvaro Visama, de Chile
32 años. Ha escrito Postales urbanas y Zona cero, ejerce como crítico literario para varios medios de comunicación de su país.


- Juan Gabriel Vásquez, de Colombia
34 años. Ha publicado tres novelas, entre ellas Los informantes, que ha comenzado a ser traducida en varios países.


- Antonio Ungar, de Colombia
30 años. Ha publicado un libro de relatos cortos, titulado Trece circos comunes, De ciertos animales tristes, Zanahorias voladoras y Las orejas del lobo.


- Ricardo Silva, de Colombia
32 años. Poeta, autor de teatro, ha publicado en narrativa: Relato de Navidad en la Gran Vía y Parece que va a llover.


- Pilar Quintana, de Colombia
35 años. Cosquillas de lengua fue su primera novela. Acaba de publicar Coleccionista de polvos raros.


- John Junieles, de Colombia
37 años. Ha publicado Papeles para iniciar el fuego, Temeré por mí al terminar estas líneas y Con la luz que me queda basta.


- Antonio García, de Colombia
35 años. Ganador del Premio Iniciativa Artística Rolex para Mentores y Discípulos en el que trabajó un año con el escritor Mario Vargas Llosa. Ganador del Premio Rolex de Novela, ha escrito Su casa es mi casa y Recursos humanos.


- Karla Suárez, de Cuba
38 años. Su primera novela, Silencios, fue galardonada con el Quinto Premio de Lengua de Trapo.


- Ena Lucía Portela, de Cuba
35 años. Ha escrito El pájaro: pincel y tinta china; El viejo, el asesino y yo, Premio Juan Rulfo, entre otras obras.


- Rolando Menéndez, de Cuba
37 años. Ha escrito tres libros de relatos, Alguien se va lamiendo todo, premio David (de Cuba), El derecho al pataleo de los ahorcados, Premio Casa de las Américas y La piel de Inesa, Premio Lengua de Trapo Narrativa, entre otros premios.


- Wendy Guerra, de Cuba
37 años. También es poeta, ha publicado la novela Todos se van y ha participado en compilaciones de literatura dentro y fuera de Cuba.


- Leonardo Valencia, de Ecuador
38 años. Entre sus obras principales se cuentan El desterrado y La luna nómada.


- Gabriela Alemán, de Ecuador
39 años. Ha escrito En el país rosado, Maldito corazón, Zoom y el guión para teatro, Acróbata del hambre, entre otras obras


- Claudia Hernández, de El Salvador
32 años. Ha escrito Otras ciudades, Mediodía de frontera, Olvida uno. Es ganadora de los premios Juan Rulfo y Anne Seghers, este último en Alemania.


- Eduardo Halfon, de Guatemala
36 años. Algunas de sus obras son: El ángel literario, Esto no es una pipa y Saturno.


- Jorge Volpi, de México
39 años. Autor de A pesar del oscuro silencio, La paz de los sepulcros, El temperamento melancólico y ha sido ganador de los premios Biblioteca Breve, Deux Oceàns y Grizane Cavour.


- Guadalupe Nettel, de México
35 años. Ha escrito: Juegos de artificio y El huésped, entre otras obras. Ha sido galardonada con varios premios en México y Francia.


- Fabrizio Mejía Madrid, de México
39 años. Ha publicado obras como Viaje alrededor de mi padre, Pequeños actos de desobediencia y Entre las sábanas.


- Álvaro Enrigue, de México
38 años. Ha escrito: La muerte de un instalador, Hipotermia y Virtudes capitales, entre otras. Recibió el premio Joaquín Mortiz.


- Carlos Wynter Melo, de Panamá
36 años. Ganador del Premio Nacional de Cuento José María Sánchez, entre sus obras se encuentran: El escapista, Desnudo y otros cuentos.


- José Pérez Reyes, de Paraguay
34 años. Su obra más conocida, Ladrillos del tiempo, representa a la generación del 90, narradores surgidos después de la caída de la dictadura.

- Ivan Thays, de Perú
39 años. Ganó el Premio Príncipe Klauss de Holanda y fue finalista del Premio Rómulo Gallegos, de Venezuela, por la novela La disciplina de la vanidad.

- Santiago Roncagliolo, de Perú
32 años. Ha publicado la novela El Príncipe de los caimanes y, en el 2003 fue elegido como nuevo talento por la cadena de librerías FNAC. Con la novela Abril rojo recibió el premio Alfaguara en el 2006.

- Daniel Alarcón, de Perú
30 años. Su primer libro, Guerra a luz de las velas, fue finalista del premio Pen/Hemingway 2006. Su primera novela, Radio ausencia, será publicada en español en julio de 2007.

- Yolanda Arroyo, de Puerto Rico
37 años. Es autor de un libro de cuentos Origami de cuentos y de la novela Los documentados.


- Junot Díaz, de República Dominicana

39 años. Ha escrito Israel Drown, una colección de cuentos escritos en inglés y está escribiendo su primera novela, The Cheaters Guide to Love. Participó en el Encuentro Internacional de Escritores, Otras Literaturas, en el marco de Bogotá, Capital Mundial del Libro.


- Pablo Casacuberta, de Uruguay
38 años. Ha escrito Aquí y ahora, Ahora le toca al elefante, La parte de abajo de las cosas y Esta máquina roja, entre otras.

- Claudia Amengual, de Uruguay
38 años. Es autora de las novelas La Rosa de Jericó y Vendedor de escobas.


- Slavko Zupcic, de Venezuela
37 años. Ha recibido numerosos galardones, varios de ellos por ser también escritor para niños. Ha publicado Dragi sol, Vinko Spolovtiva ¿quién te mató? y 5831204: pizzas, pizzas, pizzas.

- Rodrigo Blanco Calderón, de Venezuela
26 años. Ganador del Concurso de autores inéditos de la editorial Monteavila, mención narrativa 2005, con el libro Una larga fila de nombres.

viernes 27 de abril de 2007

fórmulas / la novelita romanticona

Las historias pertenecientes a lo que llamo ‘la novelita romanticona’ se caracterizan por apelar a convenciones como la entrada del protagonista en una fase de crisis, la ruptura de éste con algunas de las personas más cercanas a él, el paso por un periodo de retiro en el que tomará decisiones determinantes y el encuentro con una persona cuya presencia le dará un nuevo sentido a su vida. Tal vez el rasgo más curioso de este tipo de novelas es que los amantes consuman su amor en París, contribuyendo a perpetuar el estereotipo que las novelitas y películas romanticonas han creado en el imaginario colectivo de que ésta es la ciudad de los enamorados—algo interesantísimo porque París es una ciudad con un aire melancólico, deprimente y desesperanzador—.

Hace un par de meses hice una entrada sobre titulada 'París y la literatura' en la que escribí lo siguiente: “sólo en las novelitas cursis hay parejas de enamorados que se despiertan una mañana soleada en una suite de hotel cuyo balcón da hacia la Place Vendôme, desayunan pain au chocolat con café en una panadería atendida por su anciano y jovial propietario, luego salen a caminar cogidos de la mano por el Sena en dirección hacia la Torre Eiffel y después almuerzan une soupe à l’oignon y une crêpe sucrée en una terraza bajo las arcadas de la Place des Vosges, donde los atiende un camarero de silueta esbelta y una mirada de esas que atraviesa la ropa”.



Advierto una vez más que el modelo que propongo, al igual que cualquier otro, no es más que una simplificación a través de la cual intento identificar elementos comunes a un grupo de obras. En esta medida es apenas lógico que en el momento de examinar cualquier obra que intuyamos que podríamos clasificar dentro de la categoría de la novela romanticona, nos encontremos con que a ésta le faltan algunos de los elementos propuestos o bien con la necesidad de añadir algunos elementos que no están en el modelo.

jueves 26 de abril de 2007

en españa los editores, las ventas y la crítica premian tres novelas

Este anuncio aparecido en la edición del miércoles 18 del suplemento Culturas, del diario La Vanguardia, exhibe tres novelas que recientemente han recibido premios que suponen tres tipos de reconocimiento bastante distintos: en primer lugar, el VI Premio de novela de la Fundación José Manuel Lara Hernández —perteneciente al Grupo Planeta, al igual que el sello que edita la obra premiada en 2007— en el cual las doce principales editoriales españolas participan en la elección del ganador; en segundo lugar, el premio a la novela más vendida en 2006; y, por último, el premio a la novela con mejor acogida en la prensa especializada en ese mismo año.


En cada premio está claro cuál es el mérito que se está reconociendo y se asume que tanto en el de la Fundación José Manuel Lara Hernández como en el de la prensa especializada no hay presiones externas sobre los jurados y que éstos no han hecho pactos por debajo de la mesa. Debido a que premian obras publicadas, a que no los otorga ninguna editorial en particular y a que enuncian claramente cuál es el criterio para concederlos, al menos en principio estos tres premios parecen ser más transparentes que algunos otros —como el Biblioteca Breve— que por la calidad de las obras premiadas suscitan no pocas suspicacias.

A propósito de este tema, quisiera recomendar un blog que descubrí hace unos días. Se trata de Critical Mass, del comité de directores del National Book Critics Circle —una organización que desde hace varios años viene llamando la atención sobre la importancia de la transparencia en los criterios para otorgar los premios literarios—.

miércoles 25 de abril de 2007

'publishing trends', noticias y opinión sobre el cambiante mundo de la edición de libros


Gracias a los datos sobre la industria editorial que aparecieron en el suplemento de libros de The New York Times del 15 de abril, la semana pasada descubrí una publicación bastante interesante llamada Publishing Trends. Aunque la mayoría de sus contenidos son puramente descriptivos y por lo tanto sólo sirven como información de referencia, pueden ayudar a hacerse una idea de la evolución del mercado editorial mundial —el archivo de la publicación es una herramienta de consulta valiosísima para buscar información específica e incluso puede llegar a ser un punto de partida para distintos tipos de proyectos de investigación—. De hecho, el slogan de Publishing Trends es “noticias y opinión sobre el cambiante mundo de la edición de libros”.



A partir de mis primeras consultas yo ya he logrado encontrar datos que además de orientarme, me han dado nuevas pistas para entender desde perspectivas que no se me habían ocurrido antes algunos temas a los que les vengo haciendo seguimiento desde hace un tiempo.

martes 24 de abril de 2007

los libros más vendidos en 2006 en españa

El elemento que más me llamó la atención del cubrimiento que hizo ayer el diario El País de la celebración del Día del Libro es la publicación de un listado de los libros más vendidos en 2006 en España. Además de hacer una breve presentación de las ventas de cada una de las obras del listado, El País les pide a sus lectores que hagan una valoración de éstas mediante un sistema binario que funciona de la siguiente manera: ‘clic en la flecha que apunta hacia arriba’ = valoración positiva; ‘clic en la flecha que apunta hacia abajo’ = valoración negativa.

El sistema de valoración propuesto por El País en cierta medida es una forma de participación casi ilusoria y carente de peso que aunque tiene la virtud de la sencillez porque se basa en un simple clic, no dice mayor cosa con respecto a las opiniones del público y contribuye a darle más arraigo a la idea de que lo que no es blanco es negro.



Los aspectos que más me parecen destacables tanto del listado de los libros más vendidos en 2006 como de la valoración que hacen de ellos los lectores de El País son los siguientes:

- la presencia de cuatro novelas de Dan Brown: El código Da Vinci, Ángeles y demonios, La conspiración y La fortaleza digital
- la pésima valoración de las cuatro novelas de Dan Brown
- el predominio de novelas cuya argumento gira en torno a conspiraciones o a misterios asociados a la religión
- la presencia de varios libros de los cuales se han hecho adaptaciones cinematográficas recientemente —en el caso particular de Memorias de una geisha, que había sido un best seller hace unos años, las ventas se dispararon a raíz de la aparición de la película a principios de 2006—
- la larga permanencia de algunos de estos libros en la lista de los más vendidos
- la ausencia de libros pertenecientes a géneros literarios distintos de la novela

lunes 23 de abril de 2007

sant jordi


Hoy 23 de abril Cataluña celebra el Día de Sant Jordi, que es su patrón. Mientras que todo el mundo de habla hispana celebra el Día del idioma conmemorando la muerte de Cervantes —que casualmente coincide con la de Shakespeare—, los catalanes celebran Sant Jordi de una manera bastante curiosa: los hombres les regalan flores a las mujeres y éstas a cambio les regalan libros —una tradición que muchos consideran inequitativa y que con los años ha venido siendo revaluada—.

El Día de Sant Jordi tiene un valor simbólico enorme debido tanto al peso de la tradición como al despliegue comercial promovido por las librerías y por las editoriales. De hecho, el 23 de abril es el día de todo el año que más libros se venden en Cataluña.

El viernes pasado decidí hacerme por adelantado mi propio regalo de Sant Jordi. Como en este momento no tengo el tiempo para embarcarme en lecturas de largo aliento —no me gusta durar más de diez días leyendo un libro no sólo porque tengo la impresión de que si lo hago la intensidad del vínculo que establezco con él tenderá a ser menor, sino también porque con el paso del tiempo empiezo a perder la capacidad de recordar lo que he leído y de relacionarlo con otras cosas—, cuando fui a comprar mi regalo después de salir de la oficina opté por buscar libros que recojan textos cortos e independientes entre sí y que pueda leer antes de irme a dormir, mientras me tomo el café de los domingos en la mañana o en un paseo.


Estuve casi una hora en La Central de Mallorca antojándome de libros que ahora mismo no puedo leer por falta de tiempo pero como en el fondo sabía qué era lo que necesitaba, al cabo de un rato escogí los tres libros que me acompañarán durante las próximas semanas en mis ratos libres: América, de Norman Mailer; El Imperio, de Ryszard Kapuściński; y En Patagonia, de Bruce Chatwin. Sin buscarlo, escogí tres libros compuestos por textos que se encuentran en la frontera entre distintos géneros como la crónica periodística, el reportaje, el diario de viaje el periodismo literario.

Entre los muchos libros que me habría gustado comprar pero que no puedo leer en este momento, se encuentran los siguientes:



- La gran marcha, de E. L. Doctorow

- Primera nieve en el monte Fuji, de Yasunari Kawabata

- Pájaros a punto de volar, de Patricia Highsmith

- El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales

- Un relato policiaco, de Imre Kertész

- México, de Emilio Cecchi

- El quinto en discordia, de Robertson Davies

- Arthur & George, de Julian Barnes

- Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki


domingo 22 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 8 ] / polémica en torno a los best sellers


En su artículo ‘El miedo al mercado’, el escritor Sergio Álvarez asume una polémica posición en la discusión que hace unos meses tuvo lugar en algunos medios colombianos con respecto al éxito en ventas de un par de best sellers escritos por periodistas locales cuyas aptitudes literarias han sido seriamente cuestionadas: la novela Sin tetas no hay paraíso, de Gustavo Bolívar, cuya adaptación en televisión escandalizó y fascinó al país; y el libro humorístico Los caballeros las prefieren brutas, de Isabella Santo Domingo —una más de esas caras bonitas que recurren a esa práctica tan frecuente en Colombia de hacer un par de tallercitos para acceder al título de ‘periodista’ y ‘actriz’, quitándole todo profesionalismo a ambas actividades—.

Al salir en defensa de los autores de best sellers, Álvarez —de cuya novela La lectora se hizo una adaptación en televisión después de que en su momento también fuera un best seller— termina poniendo su dedo en la llaga en la medida en que cuestiona esa rancia idea que está tan arraigada de que la literatura es un monopolio exclusivo de los intelectuales amantes de la alta cultura.

A continuación reproduzco el artículo publicado por Sergio Álvarez en la revista Semana.

El miedo al mercado

Durante todo el año pasado hubo un cruce de críticas entre varios intelectuales y los escritores de best sellers Gustavo Bolívar e Isabella Santo Domingo. ¿Vale la pena ensañarse con autores que hacen parte del mercado?

Por Sergio Álvarez

En Cultura, el patrimonio común de los europeos, un extenso y documentado libro publicado en español por la editorial Crítica, el año pasado, el historiador inglés Donald Sassoon afirma que “la cultura no es la sabiduría tradicional, ni la popular, ni una ciencia antropológica; es el conjunto de conocimientos, expresiones, productos de mercado, negocios, actividades profesionales que reúne a autores, editores, espectadores, artistas del entretenimiento y virtuosos de la vida pública”. Esta definición pone la dinámica del mercado capitalista dentro de los elementos necesarios para explicar lo que solemos entender por cultura y puede ser un buen referente para analizar las opiniones que han ido apareciendo en los medios colombianos sobre la sorpresiva dinámica que se está dando en el mundo editorial del país.

Hasta hace unos años, el libro en Colombia era un artículo de lujo, un objeto al que tenía acceso apenas una elite. Salvo la excepción de García Márquez y de los reportajes periodísticos de Germán Castro Caicedo, se publicaba para difundir un poco el trabajo o, simplemente, por prestigio. Sin embargo, con la masificación de la educación media y superior, con la mejora de los niveles de ingresos y con la entrada de las editoriales a un mercado global que se retroalimenta de la avasalladora capacidad de promoción de medios como el cine, la radio, el Internet, etc., el libro se ha convertido en un producto más dentro del mercado del consumo cultural del país.

Hoy día, habría que hacer una larga lista para nombrar a todos aquellos escritores y periodistas que han escrito libros relativamente exitosos y con volúmenes de ventas altos para el nivel de lectura del país e, incluso, han aparecido también en las librerías best sellers nacionales como Sin tetas no hay paraíso y Los caballeros las prefieren brutas. Estos dos textos han vendido decenas de miles de ejemplares y han salido de las fronteras nacionales para aventurarse en el mercado internacional. Los cambios parecen haber cogido mal parados a muchos intelectuales y escritores colombianos y la reacción ante un fenómeno tan natural e incluso tan tardío en lugar de ser positiva, o como mínimo ecuánime, ha sido una ofensiva brutal contra aquellos que consideran algo así como “escritores de segunda”.

En una polémica columna que tituló “Hampones literarios”, Héctor Abad se quejó de las grandes ventas de Sin tetas no hay paraíso y no sólo lo descalificó literariamente sino que se atrevió a llamarlo “libro lumpen”. Aunque la columna tenía la intención de alertar sobre las numerosas mentiras y omisiones que hay en algunos de los libros que se publican sobre la guerra colombiana, había también en ella frases que dejaban ver muchas de las confusiones que se presentan cuando se habla o se escribe sobre el tema del libro, el mercado y la literatura en Colombia.


Basura editorial


En una de las líneas de la columna, Abad distingue entre autores serios y basura editorial y se queja de que “la basura editorial” se compre “con voracidad”. Estaría muy bien saber qué es “basura editorial” y qué no lo es y, sobre todo, aclarar si un escritor como Abad debe ser el encargado de decidirlo. Porque tanto derecho tiene Abad a decir que hay libros que le parecen basura como tienen los editores de esos mismos libros a ponerlos en el mercado y los lectores a comprarlos y a emocionarse o decepcionarse con ellos. Así como está claro, supongo, que Abad sería feliz transformando la historia de la literatura y optando a un premio Nobel, también es cierto que la mayoría de editores tan sólo intentan mantener a flote sus empresas y que cada libro que venden para ellos no es “basura” sino una mercancía que como tal tiene un “valor”. Juzgar como basura a Coelho es desconocer la realidad del mundo editorial como industria y muestra una ingenuidad que uno no espera en las ideas y la actitud de un escritor “serio”.


El carácter sagrado del libro


En otro aparte de la columna Abad se queja de “esa vieja confianza ingenua en que aquello que se publica bajo forma de libro tiene que ser verdad”. Pero es de esa misma confianza ingenua de la que nace la idea de Abad de que sólo se deben publicar, vender o leer libros “serios”. Al fin de cuentas el libro es tan sólo un medio de difusión y es lógico que se use incluso para mentir, así como para ello se usan la radio, los periódicos y los demás medios de comunicación. Tratar de mantener vivo el carácter sagrado del libro nos retraería a los tiempos medievales en que los libros se hacían a mano y sólo los podían leer los monjes autorizados en los monasterios. Si algo necesita el mundo del libro y la cultura en Colombia es todo lo contrario: desmitificar los libros, popularizarlos, entender que no todo lo que se dice en ellos es cierto y convertirlos en objetos de uso y no en objetos de culto.


Los lectores incultos


En otra línea de la columna, Abad llama incultos a los lectores y los descalifica por no entender de ortografía, redacción o gramática. ¿Es descalificable un lector porque en lugar de juzgar la redacción de un texto se deja llevar por la historia que le están contando y se divierte al leerla? ¿Está bien que un autor “serio” se dedique a descalificar a quienes leen lo que les llama la atención? ¿No sería preferible que los autores “serios” en lugar de vivir amargados por las ventas ajenas se preguntaran por qué a veces los libros que escriben son tan aburridos y alejan a los lectores de las librerías? ¿No es una actitud feudal y retrógrada atribuirse el papel de censor y dedicarse a decir qué se debe leer y qué no e, incluso, atreverse a pasar de disertar sobre un tema a creer que se tiene la verdad sobre el mismo?


Este carácter feudal también hace una terrible aparición en una columna que Óscar Collazos publicó en el periódico El Tiempo para comentar el intento del ministro de Hacienda de retirar exenciones al cobro de los derechos de autor. “El único que hoy debería pagar retención en la fuente por la venta de setenta mil ejemplares de su obra, a razón de veinte mil pesos copia, sería el autor de Sin tetas no hay paraíso, el ‘novelista’ colombiano más exitoso después de García Márquez”. Las comillas de Collazos dejan claro que no considera a Bolívar un escritor e imagino que por eso se atreve a sugerir que sea crucificado por la Dirección Nacional de Impuestos por cometer el crimen de vender libros. Me gustaría saber si, en un país tan complicado como Colombia, Collazos se atrevería a publicar las ganancias millonarias de García Márquez o de Jorge Franco, autores que venden tanto o más que Bolívar, o si tendría el arrojo de sugerir que estos dos autores deberían también ser discriminados por sus ventas y pagar impuestos por haber conseguido cautivar a los lectores.


Los escritores las prefieren brutas


Pero si a Bolívar lo arrinconaron, a Isabella Santo Domingo no la trataron mejor y eso que Los caballeros las prefieren brutas es un texto bien escrito que además tiene un elemento que la mayoría de autores nacionales ni siquiera logra rozar: sentido del humor. En lugar de alegrarse de que el libro genere tantos lectores y ayude con sus ventas a editores, distribuidores y libreros, a Isabella la han descalificado porque además de ser periodista ejerce como actriz y presentadora de televisión. ¿Ser polifacético descalifica a un escritor? Estoy seguro de que no, pero aquí la industria cultural parece estar llena de perros guardianes que no quieren que entren extraños a la “elegante” casa. Como ejemplo de esta actitud transcribo apartes de una amarga columna que escribió Santiago Gamboa en la revista Cambio: “Y mi próximo libro será de una tía que esté muy/buena/presentadora de tv o actriz de pacotilla/me da igual/ lo importante es que esté buena y que narre/con gran poesía/como se la follaron sus compañeros de liceo en un/sillón reclinable, o su primer ‘oral’ en el/retrete de un bar”. Los versos no merecen comentario, pero dejan claro que en Colombia muchos escritores de tanto pastar cerca al Vaticano creen tener la infalibilidad del Papa y gustan de usar las maneras de los Borgia.


Libros, literatura y mercado


Y aunque todo el debate, o más bien las quejas, se presenta como una preocupación de carácter cultural, lo que en realidad hay es una enorme preocupación por las cifras de ventas y por el dinero que estas cifras representan. No conozco con exactitud las cifras de ventas de Collazos ni las de Abad ni las de Gamboa, pero estoy completamente seguro de que si se acercaran al menos un poco a las de Bolívar y Santo Domingo, sus “preocupaciones culturales” cesarían. Y es aquí donde aparece de nuevo otra contradicción que nuestros intelectuales no logran esclarecer. Durante muchos años y en medio de nuestro aislamiento y nuestro atraso cultural, en Colombia ha hecho carrera la idea de que el dinero ensucia el arte. Por eso, García Márquez, que es un genio del marketing, en lugar de decir: “escribo para vender millones de ejemplares” dice: “escribo para que mis amigos me quieran más”. Con el bien pensado eslogan vende más y al tiempo se cuida de aparecer como un escritor al que le preocupa el dinero.

El dinero no es malo ni es sucio ni complica la vida. Al contrario, la facilita, ayuda a que uno pueda hacer las investigaciones previas a los libros con medios suficientes y a que pueda escribir con tranquilidad el texto cuando llega el momento de convertir las ideas en palabras sobre el papel. Y, aunque suene demasiado evidente, es bueno decir que no son lo mismo el libro, la literatura y el mercado. El libro es tan sólo un medio de difusión que igual sirve para difundir a un gran poeta como para hacer el manual de manejo de un teléfono celular, la literatura es un trabajo artístico y el mercado, aunque interactúa con los libros y la literatura, es ajeno a ellos y se guía por leyes ligadas a la vida práctica y a la economía. Cien años de soledad es al mismo tiempo una gran obra literaria y un magnífico producto de consumo, pero es la excepción, no la norma. Mezclar libros, literatura y mercado en un solo mortero y empezar a machacar sin control sólo puede conducir a la confusión y a escribir columnas que se contradicen línea tras línea o que se sobrecargan de amargura.

La cultura se transforma, se democratiza...


Para cerrar es bueno decir que ya es hora de que Colombia se modernice un poco y que con ello tenga tanto las virtudes como los vicios del sistema al cual decidimos someternos. Ya que ninguno de los escritores que tanto se quejan del mercado se atreve siquiera a cuestionarlo bien harían en aceptar las reglas, respetarlas y jugar con grandeza dentro de ellas. En otras palabras, perderle el miedo al mercado. Para terminar, los dejo con una interesante frase del libro se Sassoon: “La cultura se transforma, se democratiza, se internacionaliza, pierde su perfil áulico y se vuelve plebeya. Lo que inicialmente era predio de una elite ahora lo es de una multitud; una multitud que por la gracia de la modernización ha accedido a un conocimiento y a una información que jamás nadie habría podido considerar. Ahora cada uno puede hacer una apropiación personal e íntima de la cultura y transformarla según su gusto y su juicio. La fidelidad a uno mismo se impone a la fidelidad de la tradición”.

sábado 21 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 7 ] / ‘la industria editorial, en punto muerto’

Hace poco encontré en Sobre edición, el blog del editor venezolano Leroy Gutiérrez, un documento de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros (CEGAL) —que reproduzco a continuación— acerca del estado actual del mercado editorial español, cuyo crecimiento parece haber disminuido durante los últimos años. El documento titulado ‘La industria editorial, en punto muerto’ describe brevemente el panorama actual de la estructura de la propiedad en el mercado editorial español, haciendo un énfasis particular en la participación de los grandes grupos multimedia en distintos sectores como la edición de libros y de diarios, la radio y la televisión.

La industria editorial, en punto muerto

La industria editorial en España, pese a ser el nuestro un mercado maduro, está por ‘explotari. En el quinto lugar del ‘ranking’ del sector de las editoriales en todo el mundo, después de Estados Unidos, Reino Unido, Alemania y China, las españolas, terceras en Europa por delante de Francia, son líderes en casi todos los países de Iberoamérica, su vía natural de expansión, por lo que, según los expertos, apremia salir a la conquista de nuevos mercados.
El reto es entrar en Estados Unidos. “El sector editorial español ha estado tradicionalmente muy internacionalizado. Primero, por el vínculo con América Latina y, luego, desde la integración en la Unión Europea con los países que la componen. La penetración en el mercado de EE.UU. ha sido siempre minoritaria y dificultosa”, explica José María Álvarez de Lara, profesor de Esade.Por ello, el motivo de mayor preocupación entre los empresarios del mundo editorial español en los últimos años ha sido, y sigue siendo, la falta de crecimiento continuado. La industria, dicen, está ampliamente consolidada, pero falta una clara y definitiva expansión. De hecho, el sector lleva estancado diez años, con un crecimiento anual del entorno del 1%, según los datos aportados por el último Estudio sobre Comercio Interior del Libro en España realizado por la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). Durante el ejercicio pasado, facturó 2.933 millones de euros, un 1,8% más que en 2004. Rozó los 70.000 títulos editados (un 2,6% más que un año antes) y de los 321 millones de ejemplares editados se vendieron algo más de 230 millones, casi un 3% menos que en 2004.


Cosas por hacer

El presidente de la FGEE y del Grupo Santillana, Emiliano Martínez, explica que la causa del escaso crecimiento se debe a que el sector librero es ya un ‘mercado maduro’, y, si bien está ‘relativamente satisfecho’ con su evolución, faltan cosas por hacer. Por ejemplo, los expertos coinciden en que la reducción del canal de distribución más tradicional, el de las librerías, empobrece el servicio al ciudadano. “Es causa de preocupación la pérdida de presencia de las librerías tradicionales, que siguen cediendo terreno en su desigual batalla con las grandes cadenas y los hipermercados. Con todo, las librerías cuentan aún con un 48,8% de la cuota de mercado, si bien han cedido dos puntos”, apostilla el presidente de la FEGG.

”Una de las carencias más importantes de esta industria española es, sin duda, la falta de limitación de títulos editados, uno de los más altos en Europa con cerca de 70.000 anuales. Ahora bien, la disponibilidad de los productos en el mercado debido a una distribución muy fragmentada es la asignatura pendiente de esta industria”, añade el profesor de Esade.En la actualidad, existen en España más de 3.000 editoriales, de las que la gran mayoría son empresas medianas e independientes, y que dan empleo a un total de 3.746 personas. Cada año se abren en España una media de 200 editoriales, pero algunas no sobreviven ni un ejercicio desde su apertura, y ni tan siquiera llegan a publicar. Además, debido a la concentración editorial llevada a cabo en las últimas décadas, la distancia entre las consideradas grandes editoriales y el resto se ha incrementado. Del total, unas 400 empresas figuran como pequeñas editoriales, con siete empleados como media y una facturación de hasta 600.000 euros al año.

Entre el 2 y 2,5% del PIB

El peso económico del sector varía mucho dependiendo de qué tipo de empresas se mida. Por ejemplo, las 770 empresas —más de 400 de ellas pymes— agrupadas en la Federación Española de Gremios Editores de España (FGEE), movieron en 2005 —últimas cifras disponibles— un total de 4.000 millones de euros, lo que supone un 0,7% del PIB español. “Si bien se puede calcular que el conjunto de las industrias culturales representa entre un 7 y un 8% del PIB, el sector editorial de libros supone entre el 2 y el 2,5%. La participación en el PIB de las industrias culturales está creciendo tanto en España como en el resto de los países avanzados”, añade Álvarez de Lara.

Pero la base de la industria editorial española, al igual que en el resto del mundo, se sustenta en grandes grupos empresariales o ‘holding’. “Esta industria está básicamente estructurada alrededor de un 4% de empresas que representan el 65% de las ventas. Además, el 25% de las empresas pertenecen a un grupo o a un ‘holding’”, apunta el profesor Álvarez de Lara.El grupo Planeta encabeza la relación de grupos editoriales por cifra de ventas con empresas tales como Planeta, su socia italiana Planeta de Agostini, y Espasa Calpe, propiedad también de la primera. En esta relación se encuentra el grupo Bertelsmann con las empresa Círculo de Lectores y Random House Mondadori, y luego los grupos Santillana, Anaya y Océano.

Diversificar y especializarse

Los expertos opinan que si bien no se puede generalizar diciendo que el futuro de la industria editorial pasa por la diversificación del negocio —algunas, las no tan grandes, contemplan su futuro con éxito especializándose como por ejemplo el sector de la literatura, el de la edición científica y técnica o la edición jurídica—, a nadie se le escapa que los grandes grupos, tanto nacionales como internacionales, se han diversificado y continúan haciéndolo en sectores afines al de las industrias culturales, tales como la prensa, las revistas y el mercado audiovisual (cine y televisión).

El Grupo Planeta apostó desde sus inicios (se fundó en 1949) por la difusión internacional del libro. Hoy cuenta con una sólida red de editoriales en Iberoamérica y Portugal. Ejemplo de ello son la propia Editorial Planeta en Argentina, Chile, Uruguay, Colombia, Venezuela, Ecuador, México y USA; Emecé Editores en Argentina; Joaquín Mortiz en México y Dom Quixote en Portugal.

Además, dentro de la estrategia de erigirse como Grupo de Comunicación proveedor de contenidos a través de múltiples canales y soportes, el Grupo Planeta ha tomado participaciones en diversos medios de comunicación. Desde junio de 2003, junto a De Agostini, es el accionista de referencia del Grupo Antena 3, que incluye Antena 3 TV y la cadena de radio Onda Cero. Es accionista de referencia del diario La Razón y, junto al Grupo Godó, también del periódico catalán Avui, además del gratuito ADN.

El socio italiano de Planeta, Editorial Planeta DeAgostini, se constituyó en el año 1985 para centrarse en tres grandes áreas: los coleccionables, los productos interactivos —enciclopedias, cursos y obras infantiles en soporte electrónico—, y los cómics. Opera en España, Portugal, Argentina, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, México, Portugal, Uruguay y Venezuela.Pero el gran cambio le llegó con la llegada a su presidencia de Marco Drago, en 1997. El grupo De Agostini es propiedad de 30 familiares, incluido Drago, que posee en torno al 5,7% el capital. El año pasado logró la mitad de sus ingresos de la aseguradora Toro, que compró a Fiat en 2003 y que vendió en junio a Generali por unos 3.900 millones de euros. De Agostini también posee inversiones en medios de comunicación como Antena 3, y empresas de distribución de cine y DVD.

Su última ‘diversificación’ de negocio ha sido reciente: en octubre, adquiría Gtech Holdings, el primer fabricante de equipos de lotería del mundo, realizada a través de su filial Lottomatica.El grupo Bertelsmann se fundó en Alemania en 1835, a partir de una editorial familiar, pero muy pronto empezó a diversificarse hacia los medios de comunicación, la línea que siguen ahora las grandes del sector editorial. Sus propiedades engloban edición de prensa escrita, productoras de música y películas, servicios on-line y firmas editoriales. Es el gigante europeo de la comunicación y uno de los más grandes del mundo. En estos momentos, el grupo, con presencia en 50 países y más de 300 centros de negocio, opera en la Unión Europea (UE), Iberoamérica, Estados Unidos, África y Asia.

En España el grupo centra su actividad en el campo editorial, donde cuenta con Círculo de Lectores y el Grupo Editorial Bertelsmann (Plaza & Janés, Lumen, Mondadori, Debate, Grijalbo, etc). En el año 2000 Bertelsmann y el grupo Planeta fundaron DeBolsillo, quedándose Berstelmann con el control de la empresa un año más tarde. DeBolsillo fue lanzada en Santiago de Chile a través de la Editorial Sudamericana, propiedad del conglomerado alemán.

En cuanto al sector audiovisual controla RTL, la cadena de TV con base en Luxemburgo (22 cadenas de televisión y 18 de radio en toda Europa). A través de RTL el grupo participa en la cadena española de televisión Antena 3. Posee, además, una parte del canal de pago alemán Premiere; los también alemanes Club RTL, RTL2, Super RTL y Vox, el Canal 5 británico y los franceses M6 y TMC, entre otros.


Otra línea a seguir es la del Grupo Editorial Santillana, integrado por un conjunto de empresas que desarrollan su actividad en el área lingüística del español y del portugués. A lo largo de su existencia, el Grupo Santillana ha ido consolidando su especialización en la edición educativa, extendiéndola más allá de las fronteras españolas, con especial atención a Iberoamérica, donde el grupo es líder en el sector de libros para la enseñanza. Aunque en su origen el Grupo Santillana es netamente español, en la actualidad está presente con empresas propias en la práctica totalidad de los países de habla hispana, además de Portugal, Reino Unido, Brasil y Estados Unidos.

Desde marzo de 2000, el Grupo Santillana forma parte del Grupo Prisa, al que pertenecen, entre otros medios de comunicación, el diario El País. As, Cinco Días; la Cadena Ser; la entidad de televisión Sogecable, que incluye la televisión en abierto Cuatro y la plataforma de televisión digital vía satélite Digital+.

Diferente caso es el de los grupos Anaya y Océano, comprometidos al 100% con el mundo del libro. El Grupo Anaya, está integrado en el Grupo Lagardère desde enero de 2004. Entonces, tras la autorización de la Comisión Europea para la compra del 40% de Editis, antigua Vivendi Universal Publishing, por el Grupo Lagardère, Grupo Anaya, con José Manuel Gómez como presidente, queda integrado en la división Hachette Livre del mismo grupo.

Apoyo gubernamental

Y mientras los grandes grupos crecen y crecen, y se posicionan en el mercado exterior, las ‘otras’ esperan mayor apoyo gubernamental y de las diversas instituciones que afectan al sector.
En este sentido, ¿qué está haciendo el actual Gobierno para reforzar esta industria? Por su importancia y su influencia en el mundo cultural, todos los gobiernos, en mayor o menor medida, y con mayor o menor suerte, se han preocupado de la industria editorial. Para el profesor Álvarez de Lara “en cierta época fueron los incentivos a la exportación así como las subvenciones al consumo de papel las medidas tomadas para fomentar la actividad de esta industria, que si bien no tiene la importancia económica de otras, tiene más ‘glamour’”.


Con la recuperación de la democracia, los sucesivos gobiernos lanzaron diferentes planes de fomento a la lectura que conocieron éxitos diversos. Pero el debate permanente en el sector es el ‘precio fijo’, con argumentos convincentes tanto en un sentido como otro y con experiencias ajenas que dan elementos para la controversia. “Es cierto que, si bien el índice de lectura es bajo comparado con los países del norte de Europa, el número de lectores ha aumentado como consecuencia del incremento del nivel cultural del país”, analiza el profesor de Esade.

Para fomentar la presencia editorial española en el exterior, la FGEE y el Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX) han destinado este año un presupuesto de 1,8 millones de euros, que ha servido para participar en ferias en el extranjero, organizar misiones comerciales inversas de compradores de otros países y poner en marcha los planes del Libro en Español en Estados Unidos y de derechos en el Reino Unidos.

Tomado del boletín de noticias de CEGAL
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viernes 20 de abril de 2007

de paseo por las librerías / mesa de novedades [ 3 ]

Ubicada en el número 4 de la calle Cardenal Casañas del centro de Barcelona, Documenta es una pequeña librería cuya oferta de libros en las distintas vertientes de la literatura y del ensayo es bastante selectiva y parece restringirse a lo fundamental —al fin y al cabo el espacio es reducido y todo libro que no obedezca a este criterio hace estorbo—. Seguramente debido a lo anterior y a la calidez de sus propietarios, durante sus 32 años de existencia Documenta ha logrado consolidar una clientela más o menos fija que tiene la certeza de que allí no tendrá que dar mayores rodeos para encontrar aquellos libros que se ajustan a sus intereses. Me imagino que gracias a eso ha logrado sobrevivir en medio de estos tiempos de grandes superficies y de plataformas globales de venta por Internet.

Documenta tiene varias mesas de novedades de carácter temático organizadas más o menos de la siguiente manera: ficción literaria en español; ensayo sobre artes plásticas, cine y arquitectura; literatura policíaca, cocina y ensayo de ciencias sociales; narrativa en catalán; poesía; libros de bolsillo, best sellers y libros de viaje.

A continuación presento un listado de algunos de los títulos que encontré ayer en las mesas de novedades de Documenta —hago énfasis en la de ficción literaria en español, que es la que más me interesa—.

Librería: Documenta (Cardenal Casañas, 4)

Fecha: jueves 19 de abril de 2007 (7.42 p.m.)

Algunos libros de la mesa de novedades:


- Primera nieve en el monte Fuji, de Yasunari Kawabata

- Sociedades movedizas, de Manuel Delgado

- Llévame contigo, de M. J. Hyland

- El secreto del mal, de Roberto Bolaño

- Barnaby Rudge, de Charles Dickens

- Cien cartas a un desconocido, de Roberto Calasso

- El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža

- Arthur & George, de Julian Barnes

- Siete cuentos fronterizos, de Georges Moustaki

- Delicioso suicidio en grupo, de Paasilinna Arto

- Mercado de espejismos, de Felipe Benítez Reyes

- Cosas que hacen BUM, de Kiko Amat

- Realidades de humo, de María Zaragoza

- Recuerdos de Gustav Mahler, de Alma Mahler

- Complicada bondad, de Miriam Toews

- Hoy, Júpiter, de Luis Landero

- Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster

- Primero estaba el mar, de Tomás González

- Esta historia, de Alessandro Baricco

- Pequeñas memorias, de José Saramago

- La muerte de Matusalén, de Isaac Bashevis Singer

- A paso de cangrejo, de Humberto Eco

- Encyclopèdie, de Philipp Blom

- El corazón helado, de Almudena Grandes

- Otra noche de mierda en esta puta ciudad, de Nick Flynn

- Profundidades, de Henning Mankell

- Para no sufrir más. El Buda en el mundo, de Pankaj Mishra

- Flores azules, de Raymond Queneau

- El niño del pijama a rayas, de John Boyne

- Pájaros a punto de volar, de Patricia Highsmith

- Los ejércitos, de Evelio Rosero

- El orientalista, de Tom Reiss

jueves 19 de abril de 2007

algunos datos sobre el mercado editorial

Los datos no son más que un listado de variables a las que se le han asignado valores y, por lo tanto, en sí mismos no dicen nada. De hecho, la principal fuente de aporte en una investigación no proviene de los datos mismos sino del marco teórico y de las herramientas interpretativas que se utilicen como punto de partida para analizarlos.

En su edición del pasado domingo el suplemento de libros de The New York Times incluye algunos datos interesantes sobre ciertos aspectos del mercado editorial global. Obviamente la elección tanto de los aspectos como de los mercados abordados es bastante arbitraria. De hecho, está claro que hay un énfasis particular en los mercados más grandes.



Varias cosas llaman la atención en esta primera ficha:

- el bajo porcentaje de libros traducidos que se publican en Estados Unidos —que, sin lugar a dudas, contrasta con las tasas de traducción de libros estadounidenses en otros países y no hace más que reafirmar la hegemonía del inglés—

- la distribución por países de origen de los libros traducidos que se publican en Estados Unidos



En la ficha 'Import - export business...' se destaca el monto de la inversión que hace el Ministerio de Cultura de Francia en la financiación de la traducción a otras lenguas de libros escritos en francés —una evidencia clara del peso de la tradición estatista y chauvinista de ese país— para promover la cultura francesa y la francofonía.



En la lista de los best sellers de ficción en el ámbito internacional correspondiente a 2006 —en la cual la presencia de Dan Brown y de J. K. Rowling era más que predecible— sobresalen dos hechos:

- el alcance de una dimensión global por parte de La sombra del viento —de Carlos Ruiz Zafón— y de La catedral del mar —de Ildefonso Falcones—

- el éxito comercial de una obra de ficción literaria de buena calidad como Brooklyn Follies —de Paul Auster, quien en medio de todo ya es un autor posicionado en un nicho compuesto por lectores de muchos tipos—

Considero que los datos que presenta Jascha Hoffman sirven para hacer un mapeo a vuelo de pájaro del mercado editorial y para identificar la dimensión, los hitos y los límites de éste.

miércoles 18 de abril de 2007

el 'reportero ciudadano' y los grandes medios

Pasó en las bombas del 7 de julio de 2005 en Londres y volvió a pasar el lunes, tras la matanza de 32 personas en la universidad Virginia Tech: las primeras imágenes de los acontecimientos fueron suministradas por personas del común y no por los grandes medios de comunicación. Valiéndose de sus teléfonos móviles o de sus cámaras digitales para registrar los hechos casi mientras estaban sucediendo, quienes estaban cerca del lugar de la acción se les adelantaron una vez más a las grandes networks de radio y televisión de cobertura nacional —que terminaron basando en estas primeras imágenes su cubrimiento de la tragedia—. De hecho, en cerca de ocho horas el video filmado por un estudiante de origen palestino llamado Jamal Albarghouti recibió más de dos millones de visitas en el portal de CNN.

El hecho de que hoy en día cualquier persona que tenga una cámara para tomar fotos o grabar videos y un computador con acceso a Internet esté en capacidad de producir y poner a circular contenidos que en muy poco tiempo pueden llegar a ser vistos por millones de personas no significa que los grandes medios vayan a quebrarse como consecuencia de un eventual auge de lo que se conoce como ‘periodismo ciudadano’, ni que un clic sea suficiente para dar el salto a la fama ni mucho menos que ahora sea facilísimo hacer lo que tanto trabajo les ha costado a Ryszard Kapuściński o a Jon Lee Anderson. Finalmente el acceso a la información de primera mano no es más que un punto de partida del cual se puede prescindir si se tiene la destreza necesaria para ganarse la confianza del público articulando relatos consistentes a partir de los cables de noticias que envían las agencias de prensa.



Lo que sí sugiere esta idea del ‘reportero ciudadano’ es que los medios tradicionales —cuya propiedad tienden a concentrar cada vez más los grandes grupos multimedia— han perdido el monopolio de la movilización de la opinión pública, sobre todo cuando se trata de temas de interés puramente local. Creo que los medios tradicionales pueden aprovechar su capacidad de acceder rápidamente a fuentes de todo tipo y de contrastar los testimonios de éstas —es decir, de procesar la información en bruto con el propósito de darle valor agregado— para seguir marcando una diferencia importante con respecto a lo que está en capacidad de producir el ciudadano de a pie. Sin embargo, para hacerlo es necesario que le apuesten al fortalecimiento de su credibilidad no sólo porque para un medio de comunicación no hay patrimonio más valioso ni fuente de prestigio más importante que ésta sino también porque cada vez tenemos más argumentos de peso para sospechar de las empresas pertenecientes a los grupos multimedia.

Si, por el contrario, continúan incurriendo en los mismos errores que los han llevado a perder su credibilidad, en el mediano y en el largo plazo los medios tradicionales corren el riesgo de ver cómo las fuentes independientes siguen ganándoles terreno en términos de capacidad de movilización de la opinión pública —sobre todo en el ámbito tanto de lo local como de la discusión especializada en torno a temas específicos—.

martes 17 de abril de 2007

¿bolañomanía?: especial sobre bolaño en 'babelia' y reseña de 'los detectives salvajes' en 'the new york times'


Después de haber publicado en las lecturas del fin de semana pasado el texto 'Nadie es profeta en su tierra' que apareció en el suplemento Radar Libros de Página/12, quisiera destacar dos cosas más a propósito de Roberto Bolaño:

1. el especial que le dedicó el sábado 14 de abril Babelia, el suplemento cultural de El País, titulado ‘El legado de Roberto Bolaño’.

2. la reseña de Los detectives salvajes publicada el domingo en el suplemento de libros de The New York Times —la editorial Farrar, Straus & Giroux acaba de lanzar la traducción al inglés—.

En el especial de Babelia algunas figuras como Darío Jaramillo, Juan Villoro, Javier Cercas y Edmundo Paz Soldán hacen una aproximación —en ocasiones más afectiva que crítica— a la obra de Bolaño.

La reseña de Los detectives salvajesThe Savage Detectives—, escrita por James Wood, llama la atención porque el hecho de que la crítica estadounidense se ocupe de una de las grandes novelas de Bolaño representa la conquista por parte de su obra de un lugar en el circuito editorial anglosajón —tan reacio a incorporar a autores que escriben en otras lenguas—.

lunes 16 de abril de 2007

debate sobre la concentración de la industria editorial en el encuentro internacional de editores literarios de la XX feria del libro de bogotá


La realización del Encuentro Internacional de Editores Literarios, que tendrá lugar en el marco de la XX Feria Internacional del Libro de Bogotá que empieza el próximo 19 de abril, pone sobre el tapete un problema típico de la globalización como es la concentración de la industria editorial. Editores de distintos países se reunirán en Bogotá para discutir acerca del panorama actual de la industria editorial y para buscarle salidas a la encerrona que representa la concentración en este sector. Al encuentro asistirán, entre otros, el agente literario Guillermo Schavelzon y los editores Manuel Borrás, Jesús García Sánchez, Felipe Escobar, Pilar Reyes, Claudio López, Jorge Herralde y Eduardo Rabasa.

En su artículo ‘Un debate con altura’, Luis Fernando Afanador —el comentarista de libros de la revista Semana— recoge el punto de vista de distintas figuras del mundo de la edición con respecto al fenómeno de la concentración. Los valiosos testimonios que reproduzco y que comento a continuación dan cuenta no sólo de las amenazas, sino también de las ventajas que trae consigo la concentración de la industria para los editores pequeños.

"En las industrias culturales la concentración de la producción y de la circulación de bienes en pocas —y con frecuencia toscas— manos, entraña riesgos sobre la diversidad y la calidad de la producción y del acceso a la cultura". Alejandro Katz, director del Fondo de Cultura Económica en Argentina.

En su planteamiento Katz establece un vínculo entre la propiedad en el ámbito de las industrias culturales y el pluralismo de la oferta de contenidos. Sin lugar a dudas una de las repercusiones de la concentración tanto de la producción como de la circulación de bienes en este sector es la reducción de los puntos de vista que se encuentran representados en dicha oferta de contenidos y, por lo tanto, del pluralismo de ésta.

"El mundo editorial cada vez tendrá que hacer un lugar como auxiliar de otros medios de comunicación publicando libros que aumenten la popularidad de las películas y de los programas televisivos". André Shiffrin, editor de The New Press.

La afirmación de Shiffrin nos permite entender el mecanismo a través del cual los grandes grupos multimedia diversifican sus actividades e integran servicios complementarios para racionalizar el uso de los recursos que poseen sus distintas empresas mediante sinergias. El propósito de esta operación consiste en explotar los recursos de una manera más eficaz y de distribuir las inversiones en distintos campos, de manera que la venta de ciertos contenidos jalone la de otros que están relacionados con éstos y que se encuentran en distintos formatos.

"La ficción de calidad, la historia del arte y la crítica han desaparecido de los catálogos de estos grandes grupos. Ahora la política es la de pagar importantes adelantos a favor de lo que se espera que sea un éxito de ventas. Pero cada grupo sigue la misma política y los adelantos aumentan más allá de lo que se puede esperar razonablemente por la venta de un libro". André Shiffrin, editor de
The New Press.

Con respecto al exorbitante monto de estos anticipos anota Afanador que “van a la cuenta de pérdidas y para compensar el editor se ve obligado a eliminar las obras de tiradas medias: todos los recursos disponibles deben estar en función del marketing y la publicidad de la gran apuesta. Shiffrin pone el ejemplo de la editorial Harper Collins, en Londres, que despidió empleados para cubrir el anticipo de 32 millones de dólares que le dio a Jeffrey Archer”.

"En Pre-Textos somos seis personas y no necesitamos vender más de 3.000 ejemplares de un libro —aunque en algunos casos hemos superado los 10.000 con un título— mientras que un editor a escala mayor necesita a veces hasta 120 personas y vender al menos 25.000 ejemplares. Yo no sé, ni me importa, cómo se puede combatir a los grandes grupos editoriales. Lo que sí sé es que a la tontería e insolvencia literarias en boga, sólo se les puede oponer buena literatura. El reto de un editor informado, pues, es saber escoger lo mejor para sus lectores aplicando un criterio de excelencia riguroso. Después que éstos, que suelen ser honestos, inteligentes e independientes, elijan entre lo mucho que se les ofrece". Manuel Borrás, editor de Pre-Textos.

El punto de vista de Borrás demuestra en qué medida la concentración también puede representar una ventaja para las pequeñas editoriales, que con equipos de trabajo reducidos pueden apostarle a armar catálogos consistentes conformados por obras de buena calidad literaria que buscan satisfacer los intereses específicos de ciertos nichos de lectores.

"El nicho natural de la edición independiente es la excelencia, el rigor, el trabajo bien hecho, con imaginación y tenacidad, combinando las virtudes del esprinter en el día a día, con las del corredor de fondo". Jorge Herralde, editor de
Anagrama.

Anagrama es un caso bastante particular porque es una editorial independiente que tras cerca de 35 años de existencia ha consolidado su posicionamiento en el mercado de la edición de literatura de buena calidad. Sus contactos y sus vínculos de cooperación con editores independientes franceses, italianos, británicos y norteamericanos le han permitido a Herralde no sólo fichar en su momento a figuras emergentes como Julian Barnes, Antonio Tabucchi y Michel Houellebecq, sino también incorporar a su catálogo a figuras consolidadas como Raymond Carver, Truman Capote y Vladimir Nabokov.

"Una editorial es una empresa, y como tal tiene el propósito de poner en circulación libros para que se vendan, con los que se hace negocio. Pero también tiene la misión de preservar el patrimonio cultural y recuperar voces importantes para los lectores y para la historia de la literatura". Jaume Vallcorba, editor de Acantilado.

Si un examen a vuelo de pájaro del catálogo de Acantilado pone en evidencia la dedicación con la que Vallcorba cumple la misión que ha decidido asumir, las ventas de sus libros demuestran que el editor catalán sabe cómo rentabilizar en beneficio de su empresa el empeño que invierte en su trabajo.

"¿A los grandes grupos sólo les interesa los libros de mucha venta? A eso yo respondo con que en la editorial para la que yo trabajo (gran monopolio, como bien saben ustedes) publico a Lobo Antunes, J.M. Coetzee, V.S. Naipaul, Orham Pamuk, etc. Cuatro de los últimos cinco premios Nobel publican en Mondadori; los dos últimos National Book Award son autores de Mondadori; de los seis finalistas de este año al Premio Impac (el más importante premio irlandés, antesala del Nobel) cinco publican en mi grupo... ¿Hace falta algún dato más? En cuanto a que a las editoriales independientes les interesa la calidad y no las ventas, ¿hay que recordar aquí que fue una pequeña editorial independiente, Umbriel, la que ha publicado El código Da Vinci". Claudio López, coordinador editorial de Random House Mondadori.

Me gustaría preguntarle a López a partir de cuándo los sellos de Random House Mondadori empezaron a publicar a Lobo Antunes, a J.M. Coetzee, a V.S. Naipaul, a Orham Pamuk y a todos los autores notables de los que habla. Seguramente cuando algunos de estos sellos eran independientes —es decir, antes de que Random House Mondadori los comprara— se atrevieron a publicar a muchos de estos autores hoy consagrados cuando apenas empezaban a figurar y apostar por ellos implicaba un riesgo alto.

No me extrañaría que una vez se venzan los derechos de Dan Brown algún sello de uno de los grandes grupos ofrezca por ellos una suma que Umbriel no podrá pagar.

domingo 15 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 6 ] /entrevista a inge feltrinelli: ‘el gran editor ya no volverá’


Reproduzco la entrevista que le hicieron a la editora germano italiana Inge Feltrinelli en diciembre pasado en El País —como no se puede acceder sin pagar al archivo de éste, la tomé de una página web que la reprodujo—.


Nadie diría que esta mujer que habla y gesticula a lo italiano con el telefonino no es italiana de nacimiento sino alemana (Inge Schoental), y que, a sus 76 años, aún es la presidenta de Giangiacomo Feltrinelli Editore, puesto que asumió cuando, en 1972, su marido murió mientras manipulaba una bomba. Inge Feltrinelli, la gran dama de la edición, creadora de uno de los grandes imperios editoriales europeos, recibió recientemente el premio al Mérito Editorial en la Feria del Libro de Guadalajara con la conciencia de que es tanto un homenaje a su persona como a un modelo de editor que ya nunca más volverá.


Según Inge Feltrinelli, "las pequeñas librerías tendrán que especializarse si no quieren morir. No aguantarán en el cuerpo a cuerpo frente a las otras".



Entrevista a Inge Feltrinelli


"El gran editor ya no volverá"


Carles Geli - Barcelona - 19/12/2006


Pregunta. ¿Qué le hizo inclinarse por la fotografía y la edición? ¿Tradición familiar, quizá?


Respuesta. Todo lo contrario. En mi casa éramos bastante pobres, y yo quería, eso sí desde muy pequeña, conocer mundo y la gente inteligente de este mundo. Mi madre era viuda con tres hijos, dos hermanos pequeños y yo, así que tuve que espabilarme. Nunca he sido ni escritora ni periodista, pero sí acabé descubriendo en mí un pequeño talento, era una buena fotorreportera, sabía captar lo que Henri Cartier-Bresson llamó el momento decisivo de la fotografía.


P. Usted empezó a fotografiar a personajes como Hemingway, Picasso y Simone de Beauvoir gracias a los encargos de un editor de prestigio alemán, Rowolht. ¿Cómo le conoció?


R. Porque me trasladé a vivir a Hamburgo, que tras la II Guerra Mundial simbolizaba la nueva vida, el antifascismo. Me lo presentaron y me encargaba reportajes...


P. Como el famoso de Hemingway, donde usted sale en la foto con el escritor, imagen de la que se prendó un editor llamado Giangiacomo Feltrinelli, a quien conoció un día de 1958 y se dice que ya no se dejaron. ¿Qué le fascinó hasta ese extremo?


R. Sus ideas, sus ideas. Eran totalmente vanguardistas. Me hablaba del problema de los kurdos, imagínese. Y yo, que no sabía nada de política... Además, estaba eso de que era riquísimo pero tenía un ideario comunista de verdad: quería la justicia social para todo el mundo. Algunos de los primeros títulos de la editorial, en 1955, lo dicen todo: una autobiografía de Nehru, y el segundo, El flagelo de la esvástica, sobre los nazis.


P. Pasados 34 años de la muerte de su marido, ¿cómo analiza la radicalización que experimentó y que le llevó al terrorismo?


R. Giangiacomo tenía un miedo fuerte, exagerado me atrevería a decir hoy, a un golpe de Estado de la extrema derecha, y eso le condujo a las armas: para resistir al fascismo. Yo no era partidaria de esa actitud. Fui su amiga y compañera hasta el último día, pero en esa etapa estuve absolutamente en su contra.



P. ¿Por qué se puso al mando de la editorial?


R. Consideré un deber absoluto el quedarme y seguir con el proyecto de Giangiacomo. Fue el momento más dramático de mi vida. Tuvimos que reconsiderar toda la política editorial, cortar colecciones y, aún me acuerdo hoy, despedir a 25 personas. El programa de mi marido era demasiado grande para un momento en el que atravesábamos por graves problemas financieros. Ante eso, los colaboradores se bajaron todos el sueldo y a la misma cantidad. Salvar la editorial se convirtió entonces en una misión para mí.


P. Su apuesta fue crear librerías, desde las siete que tenía entonces a las 96 de hoy. Visto con ojos de ahora, la estrategia es visionaria: el control del punto de venta.


R. De alguna manera ya seguíamos la estela de Giangiacomo, pero la ampliamos. En los años cincuenta, las librerías italianas eran muy pequeñas, templos de cultura en los que los jóvenes no entraban. Nosotros empezamos con lo de las puertas abiertas, los libros siempre expuestos de cara, espacios correderos, self-service...


P. Y funcionó.


R. Sí, muy bien, y ahora van mejor que la editorial. Las librerías nos facturan 300 millones de euros al año, mientras que la editorial, 60 millones.


P. Muchos grandes grupos europeos se han pillado los dedos con esa misma estrategia de crear su propia cadena de librerías...


R. No, no con la misma. Por ejemplo, las Feltrinelli no son todas iguales: tenemos una treintena de librerías más o menos pequeñas y sólo seis megastores. La mayoría están en ciudades universitarias. En ellas hacemos cerca de 1.500 actividades anuales. Muchas, ¿verdad? Somos casi el antiministerio de Cultura italiano, que no hace nada.


P. Los gurús pronostican que la venta por Internet, como le pasa a otros productos, puede castigar mucho a las librerías.


R. Eso está por ver. La venta de libros por Internet en Italia ha sido un fracaso. Nosotros montamos una librería electrónica y la cerramos. Quizá la gestionamos mal, pero creo que tienen más sentido en países como Estados Unidos, donde hay distancias muy grandes entre unas ciudades y otras y no hay tantas librerías bien surtidas. Pero en Italia, en Europa, eso no es así. Es lo mismo que el libro electrónico: ¿se imagina una madre leyendo a su hijo en la cama un cuento de Andersen con un aparato de ésos? Imposible. El libro se toca, se huele, es un objeto sensual.


P. Pero cada vez es más difícil mantener una librería fuera de los grandes centros comerciales de las ciudades.


R. Lo que sí pasará es que las pequeñas librerías tendrán que especializarse si no quieren morir. No aguantarán en el cuerpo a cuerpo frente a las otras. Otra cosa es el precio fijo, que sí que es vital para ellas, porque si no las grandes cadenas harán dumping.


P. Un amigo suyo editor, André Schiffrin, escribió hace unos años un libro cuyo título quería reflejar los nuevos tiempos: La edición sin editores.


R. Sí, lo leí. Un poco demasiado pesimista. Creo que un gran y exquisito editor puede existir en un gran grupo. ¿Un ejemplo? Sonny Metha, de Alfred Knopf, en Bertelsmann. Pero eso lo hacemos también en Feltrinelli: publicar libros buenos aunque sabemos que no venderemos ni 5.000. Se trata también de hacer catálogo: nosotros sólo publicamos 140 libros al año. Para un grupo como el nuestro, no es mucho. Y es que tenemos mucha venta de fondo.


P. Admitirá, sin embargo, que el mundo editorial ha cambiado mucho desde que usted llegó a él.


R. Los grandes personajes de la edición, Rowolth, Gallimard... ya no existirán más. Era todo otro sistema: no había agentes literarios, se producía mucho menos, el editor era el protagonista. Esos editores de gran personalidad, que trataban a sus escritores como a hijos, ya no existen. Todo eso ya no volverá. Los editores de hoy no conocen a nadie, todos provienen de grandes industrias. Ahora todo se ha mercantilizado en extremo. Todo es marketing cultural


P. ¿Y eso es malo?


R. No lo sé. Todo se confunde.


P. ¿Las Feltrinelli no son grandes centros de distribución cultural, con libros, DVD, CD...?


R. Sí y no... Lo que sí es cierto es que hay que ir adaptándose y, por ejemplo, filmes y documentales acompañados con el libro, a nosotros nos funciona bien.

sábado 14 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 5 ] / sobre roberto bolaño: ‘nadie es profeta en su tierra’


El suplemento Radar Libros del diario argentino Página/12 ha considerado que la publicación de El secreto del mal y La Universidad Desconocida, dos libros a los cuales me referí hace poco que recogen textos inéditos y en ocasiones inacabados de Roberto Bolaño, es una buena ocasión para explorar la valoración que se hace de la obra del escritor chileno en su país casi cuatro años después de su muerte. Debido a lo anterior ha recogido la opinión de cuatro figuras de las letras chilenas en el reportaje titulado 'Nadie es profeta en su tierra'.



En el testimonio que dan los autores de los cuatro textos que reproduzco a continuación se destaca la postura crítica de Bolaño frente al establecimiento literario de su país, tanto el anquilosamiento como el espíritu reaccionario de éste y su incapacidad de tomar una distancia crítica para valorar ecuánimemente la calidad de una obra que hacia mediados de los noventa empezó a recibir el reconocimiento de la crítica en España y en los demás países de América Latina —algo bastante frecuente en aquellos medios retrógrados que se construyen alrededor de vacas sagradas a las que sólo le interesa la defensa del status quo para conservar su posición de notables y su séquito de aduladores—.



Nadie es profeta en su tierra


Roberto Bolaño no tuvo una fácil relación con la literatura de su propio país. Habló en contra de muchos autores consagrados y armó un nuevo linaje poético al margen de los grandes nombres. Sus declaraciones y su consagración mundial causaron resquemores y variados enconos. Pero ¿cómo se lee actualmente a Bolaño en Chile? ¿Cuál es la dimensión de su presencia y su peso? Radar estuvo en Santiago para averiguarlo. Además, opinan jóvenes escritores y críticos chilenos.


Por Mauro Libertella, desde Santiago de Chile


Una noche de 2003, una famosa y poco lúcida conductora de televisión chilena anunció, en vivo y a todo color, que Roberto Bolaño, el Chavo del Ocho, había muerto. La confusión podría tildarse de simpática —la animadora pensaba en el actor Roberto Gómez Bolaños, que sigue vivo y coleando— si no escondiera tras sus pliegues una realidad inquietante: a la hora de su muerte, Roberto Bolaño era en su país un escritor más bien fanstasmal, de apellido intercambiable. Con cincuenta años encima, marcados por una concepción utópico-idealista pero altamente contemporánea de la literatura, Bolaño dejaba tras su paso un puñado de libros definitivos; libros escritos con urgencia, con humor, y con una pasión que a muchos nos hizo creer de vuelta en la epifanía literaria como un sueño posible. Sin embargo, en el país en el que había nacido y del que se había ido de adolescente, para volver sólo unos días antes del golpe de Pinochet y exiliarse para siempre, la opinión era todavía difusa. ¿Cómo explicarlo? En primer lugar, la aniquilación y la pausada reconstrucción que hizo Bolaño de lo que se entendía por “literatura chilena”, una literatura anquilosada y dormida en los colchones espinosos de la dictadura, fue radical. Desde sus cuentos y novelas, Bolaño tallaba sobre un mármol perdurable una idea de Chile, hecha con la materia de una inagotable biblioteca personal, pero también con un universo de ideales morales y estéticos que jamás se corrompieron. Así, Bolaño es el escritor que desde España escribe sobre el Chile que recuerda, pero en ese recuerdo está agazapada la proyección de un Chile posible, de un país en donde la mediocridad o el silencio pueden ser denunciados con elegancia pero sin concesiones. Y es lógico: muchos escritores y críticos chilenos sintieron en Bolaño a un forastero que hablaba desde afuera, y tejieron sobre su obra un silencio casi simbólico, que se puede entender como miedo, como rechazo o como la aceptación de una evidencia incontestable.


Y además, claro, están los jóvenes escritores, esos que llegaron a la literatura cuando Nocturno de Chile o Estrella distante se estaban imprimiendo. Y la pregunta es inevitable: ¿cómo escribir después de Bolaño? ¿Por qué puerta entrar a las catedrales de la literatura chilena, cuando uno de sus más grandes escritores vivos decía: “Chile es hoy un país en donde ser escritor y ser cursi es casi lo mismo”? De un solo modo: quemando las barcas por la escritura. Tomando la herencia de Bolaño desde su costado vital y luminoso, que más que un costado es su centro mismo. Pero, desde ya, la propuesta de Bolaño no es de simple ejecución. Implica una revisión total de la tradición, invirtiendo valores que años de dictadura y operadores culturales a su servicio habían erigido, armando con los ladrillos de la mentira una idea de la literatura chilena —esplendorosa, vendedora—, que un escritor como Bolaño, en muy pocos años, pudo hacer temblar.


Para ilustrar la relación esquiva y pantanosa de Bolaño con la patria y el suelo de pertenencia, se ha mencionado el hecho de que Los detectives salvajes es la gran novela mexicana, escrita por un chileno que vivía en España. Esta extraterritorialidad (en términos de Ignacio Echevarría) fue lo que evitó que el mundillo literario chileno le palmeara la espalda, neutralizando su literatura. Y esa misma extraterritorialidad —solitaria, vertiginosa, lunática— fue la que le permitió también hacer declaraciones como “los escritores chilenos, con alguna excepción, no quieren tener ningún problema. Sólo quieren que se les quiera, que de ser posible un día se vean instalados en una agregaduría cultural, que hablen bien de ellos. Escalar, escalar siempre, buscar y conseguir el éxito, aunque el éxito sea tan pequeño como Chile mismo. En esta feria de vanidades, en este baile de salón entre los siúticos y los cuicos, brilla todo, menos la literatura”.


Hay un momento en el archipiélago de la obra de Bolaño en que la idea de Chile hace expansión y se convierte de súbito en la idea de “Latinoamérica”. Pareciera que de Chile a Latinoamérica hubiera un solo paso, la misma pisada áspera pero imprescindible que lo llevó del Chile fundacional al México infrarrealista (reconvertido en “real visceralismo”), y de México a la España de su trabajo narrativo. Y cuando Bolaño se vio a sí mismo reflejado en el espejo prolífico y mediático de la literatura latinoamericana de fin de siglo, no vaciló en espetar sus pareceres. Respecto del panorama de la “nueva literatura latinoamericana”, dejó una frase memorable: “El panorama, sobre todo si uno lo ve desde un puente, es prometedor. El río es ancho y caudaloso y por sus aguas asoman las cabezas de por lo menos 25 escritores menores de cincuenta, menores de cuarenta, menores de treinta. ¿Cuántos se ahogarán? Yo creo que todos”.


Caminando por las calles de Santiago se puede percibir el singular imaginario letrado de un país que carga en su haber con dos premios Nobel de Literatura, ambos poetas. Es una relación con la literatura al mismo tiempo cercana —Pablo Neruda es algo así como el tío bueno, con el que todos se hubieran tomado una copa, si no afirman habérsela tomado, además de haberlo leído en la escuela, al igual que la Mistral— y de idealización, de protección casi guerrera de sus vacas sagradas. Y entonces llegó el alter ego de Bolaño, Arturo Belano, y habló de Enrique Lihn como un poeta mayor, y habló sin perder el aliento de la inteligencia desnuda de Nicanor Parra. Por eso, tal vez, la irrupción repentina y feroz de Roberto Bolaño en el mapa de las letras locales, con su ímpetu de quiebre y su fascinación por lo menor y lo dislocado, fue difícil de asimilar. Fueron unos pocos años de torbellino y fragor. En 1996 publicó Estrella distante y en el 2003 moría en un hospital, dejando en el horno su magna obra 2666. Un destello de siete años en donde se astilló el arco biológico de una vida, y en los cuales ni la crítica ni los lectores pudieron ignorar que algo definitivo estaba pasando.



I.

La parte de Chile

Por Alejandro Zambra *


Antes de que comenzaran a llegar los libros de Roberto Bolaño, la literatura chilena se debatía entre el triunfalismo y la desesperación: los narradores intentaban, con mayor o menor delicadeza, contradecir o al menos reproducir la atormentada perfección de las novelas de José Donoso; los malos poetas procuraban no parecerse a Neruda, mientras que los buenos luchaban sin pausa por no parecerse a Nicanor Parra o a Gonzalo Rojas o a Enrique Lihn o a Rodrigo Lira; por su parte, los críticos elogiaban o condenaban a los escritores nacionales con celosa cortesía, pero reservaban sus adjetivos predilectos para ponderar a los clásicos (y durante aquellos años hasta Tolkien era considerado un clásico). Los profesores, en tanto, aprovecharon ese valioso tiempo —el de la renaciente democracia— para modificar a su antojo la lista de lecturas obligatorias: fue así como las novelas de Isabel Allende, Luis Sepúlveda y Marcela Serrano se transformaron en inamovibles materiales de estudio.


Los libros de Bolaño —de un tal Bolaño, Roberto, chileno sólo a medias, porque “ha pasado la mayor parte de su vida en México y en España”— más temprano que tarde llegaron a las librerías nacionales. Fue el origen de un subterráneo pero efectivo caos. Los narradores comenzaron a leer poesía y los poetas a leer y hasta a escribir cuentos y novelas. Secretamente, eso sí: después de comparar Los perros románticos con La literatura nazi en América o Estrella distante, la conclusión del gremio lírico fue unánime: como poeta, Bolaño era un estupendo novelista. No faltó el narrador, en tanto, que definió Los detectives salvajes como una buena novela de aventuras, ni el que caracterizó a Bolaño, con calculada malicia, como un escritor “para poetas”. Los críticos reaccionaron con desconfianza o con incredulidad: muy pronto las aguas se dividieron entre quienes pasaron de Bolaño —y siguieron buscando al sucesor de José Donoso o divirtiéndose con Tolkien— y quienes reseñaron Llamadas telefónicas y Los detectives salvajes con un entusiasmo que muchos consideraron excesivo. Los profesores, siempre más aplicados que el resto, aprovecharon el bullicio para diversificar un poco el corpus de lecturas obligatorias: sumaron, entonces, a Hernán Rivera Letelier, a Roberto Ampuero y —para internacionalizar un poco el asunto— a Paulo Coelho.


La muerte de Bolaño dio lugar a retroactivas declaraciones de amistad y a soterradas escaramuzas que con justicia podrían tildarse de bolañianas. Más tarde, la publicación póstuma de 2666 generó debates que poco o nada tenían que ver con la novela; el momento más cómico de la discusión fue la insólita respuesta de un escritor herido que, sin siquiera arrugarse, confesó, en El Mercurio, que no había leído la novela, lo que según él no le impedía opinar que los elogios a 2666 eran desmesurados. En fin: no son pocos, en Chile, los lectores capaces de opinar sin leer los libros. La literatura chilena se piensa a sí misma como una isla orgullosamente distante, que recibe con los brazos abiertos a los turistas, pero mira con desconfianza a los hijos pródigos. “La cantilena, entonada por latinoamericanos y también por escritores de otras zonas depauperadas o traumatizadas, insiste en la nostalgia, en el regreso al país natal, y a mí eso siempre me ha sonado a mentira”, decía Bolaño, y ese saludable descreimiento le valió la antipatía de unos cuantos. Fue, claro está, el mayor escritor hispanoamericano de su generación, y más allá de las querellas literarias el hecho es que vamos a seguir varias décadas leyendo y releyendo sus libros con invariable ansiedad. ¿Bolaño, entonces, es el nuevo Parra o el nuevo José Donoso de la literatura chilena? Es una pregunta absurda que, sin embargo, en un notable artículo sobre el propio Donoso, Bolaño ya contestó: “Desde los neoestalinistas hasta los opusdeístas, desde los matones de la derecha hasta los matones de la izquierda, desde las feministas hasta los tristes machitos de Santiago, en Chile todos, veladamente o no, se reclaman discípulos de Donoso. Grave error. Mejor harían leyéndolo. Mejor sería que dejaran de escribir y se pusieran a leer. Mucho mejor leer”.


Por lo pronto —y es aquí donde entra Borges que, en realidad, nunca ha estado fuera— Bolaño no tiene sucesores, sólo precursores: voces que aún no hemos descubierto, pero que sin duda vagan dispersas por las páginas de Amuleto, Nocturno de Chile o 2666. Los lectores chilenos de Bolaño son también lectores de Wilcock, de Enrique Vila-Matas y Sergio Pitol, de Ricardo Piglia y Rodrigo Fresán, de Fernando Vallejo, de Enrique Lihn; autores, todos, que no suelen figurar, por cierto, en las listas de lecturas obligatorias.

* Nacido en 1975 en Santiago, publicó libros de poesía y la novela Bonsai.


II.

El deshielo

Por Alvaro Bisama **


Habría que explicar la relación —o la lectura o el efecto- de la obra de Bolaño con el establishment letrado chileno pensando en una inquietante paradoja: mientras —a principios de los ’90- la Nueva Narrativa local debutaba en gloria y majestad inaugurando la instalación de las prácticas de mercado en el negocio editorial, en España, Roberto Bolaño, con un hijo en camino, se lanzaba —para equilibrar un crítico presupuesto familiar— a ganar concursos de cuentos de pequeños municipios ibéricos. Es esa paradoja, donde se oponen abundancia y escasez, hype e invisibilidad, una supuesta literatura nacional contra la resaca de una vanguardia —el infrarrealismo— apenas conocida, explica en cierto modo cómo se lee a Bolaño en Chile. O cómo Bolaño lee a Chile.


Porque, ¿qué significó Bolaño para las letras chilenas?, ¿qué implicó que en 1998, el mismo año en que detuvieron a Pinochet en Londres Los detectives salvajes se hiciera —sincrónicamente, como alguna vez apuntó Patricia Espinosa— con el Herralde? Una sola cosa: deshielo. Un deshielo profundo de mitos congelados desde hace tantos años. Puro calentamiento local. Un golpe a la cátedra. O un incendio en la biblioteca.


Mal que mal, lo que Bolaño tal vez proponía sin querer queriendo era eso: un modo distinto de pararse en el canon, de apropiarse de él, de transitar en la tradición. De ahí que las operaciones que proponía en Los detectives salvajes o 2666 desfenestraran con violencia los límites del universo literario local, señalando la mediocridad de lo que había sido escrito y celebrado antes, su falta de riesgo y estrechez. Al leer las aventuras de Belano y Lima, uno podía llegar sospechosamente a pensar que Bolaño pretendía cargarse a toda la narrativa chilena reciente, un camino que seguiría después en Nocturno de Chile (colocando como narrador al principal crítico literario de prensa de la época militar) y que, sobre el final, en 2666 alcanzaba cierto paroxismo conspirativo: Juan de Dios Martínez, uno de los policías de los crímenes de Santa Teresa, se llamaba del mismo modo que un secreto autor viñamarino cuya última obra publicada —La poesía chilena, 1978— era un libro/objeto edificado sobre los certificados de defunción de Neruda, Mistral, Huidobro y De Rokha.


Con esos datos y sin esforzarse mucho, se podía percibir la rabia, el aburrimiento, la precisión quirúrgica con que Bolaño desmontaba todo lo que la narrativa chilena de los ‘90 —a esas alturas canonizada y estudiada en los programas de literatura de nuestras universidades— había construido con esmerado lobby político: los eufemismos sobre nuestro pasado traumático, la aceptación de un statu quo consensuado, la angustia de la influencia canónica, la escritura como un lugar incontaminado de cualquier clase de enferma realidad. La obra de Bolaño proponía lo opuesto, con su vocación pop de lector omnívoro, con aquella predilección deliberada por los géneros menores, con la resucitación de las vanguardias como único ideal utópico posible para la ficción o el arte.


Incómodo, Bolaño recordaba la presencia de un ideal colectivo imposible, lleno de mártires; un proyecto sólo invocable en las hagiografías de autores olvidados y secretos, figuras que volvían en el presente como fantasmas insoslayables de revoluciones imposibles. Una revolución que era equiparable con esas dos novelas iceberg que escribió: un proyecto total que podía, cómo no, flotar o naufragar con inaudita elegancia.


De este modo, el deshielo de Bolaño comenzaba con una colección de insoportables verdades para el medio chileno: que a nuestra tradición novelesca había que buscarla en la poesía; o que Nicanor Parra era quince veces más inteligente que Donoso; que la obsesión por una ficción que develara una identidad nacional era imposible porque no había nada más obsceno que el olvido del horror, que la convivencia y aceptación del mal, que la mediocridad como regla estética.


Con esas aspiraciones, en Chile Bolaño no operó jamás como el narrador canónico continental que terminó siendo, sino como otra cosa difícil de leer fuera del “eriazo remoto y presuntuoso”, como alguna vez lo llamó Enrique Lihn. En la cancha chica chilena, fue más bien una figura asimilable al margen, casi un convidado de piedra, cuyos pasos recorrían ese patio helado donde habían pasado antes autores como el mentado Lihn, Gabriela Mistral o Rodrigo Lira. Un lugar de escrituras a la intemperie, en penumbras, implosionadas por la precariedad, el miedo, la locura o la envidia; sombras tenebrosas que encienden hogueras y acechan y sonríen (mostrando los dientes) en la oscuridad, en los jardines de ese palacio en ruinas que es la literatura chilena.

** Escritor y crítico literario, escribe una columna semanal en El Mercurio titulada ‘El Comelibros’.


III.

Una bocanada de frescura

Por Matias Rivas ***


La instalación definitiva de la figura y de la obra de Roberto Bolaño en la literatura chilena aconteció en el año 1998, con la publicación de Los detectives salvajes. Fue, por supuesto, el mismo año en que Bolaño se hizo conocido y respetado en la literatura en español por su prosa vertiginosa, elocuente y única. Ganó el Premio Rómulo Gallegos y se despachó un discurso impresionante por su franqueza y sutileza para referirse a sus comienzos como escritor y a su generación política.


La instalación en Chile de Bolaño vino, además, acompañada de cierto escándalo: Bolaño escribió un artículo, feroz y divertido, donde relataba la intimidad de una cena en la casa de Diamela Eltit. Este artículo fue publicado por la revista Ajo Blanco y causó escozor en el tímido ambiente cultural de los años de la transición democrática. Luego las emprendió contra el fallecido José Donoso, descartando la mayoría de sus novelas sin piedad; al poco tiempo, desestimó a la entonces triunfante “nueva narrativa” chilena compuesta por Arturo Fontaine Talavera, Carlos Franz, Gonzalo Contreras y Jaime Collyer, entre otros.


La actitud combativa de Bolaño hacia los narradores chilenos motivó el odio de una caterva de enemigos literarios insignificantes que hicieron lo posible por minimizar la calidad de su obra. Entre ellos hay que nombrar al crítico literario del diario El Mercurio, José Miguel Ibáñez, alias Ignacio Valente, sujeto que le sirvió de inspiración a Bolaño para el personaje central de Nocturno de Chile, sin duda su libro más polémico, donde ajusta cuentas con la derecha católica que gobernó las letras chilenas en los años de la dictadura.


Pero Bolaño no sólo criticó cuando volvió a Chile. También escribió y habló elogiosamente de dos poetas claves para él: Nicanor Parra y Enrique Lihn. Les dedicó agudos artículos. Y fue el mismo Bolaño quien empujó la publicación de las Obras Completas de Parra en España. La razón para su filiación con estos autores: Parra y Lihn poseen obras contundentes, escritas con ironía, inteligencia y libertad. Las mismas características de las que hace gala Bolaño en sus mejores textos.


Para entender cómo se lee a Bolaño desde Chile hay que pensar en que sus libros pueden ser comprendidos desde la antipoesía de Parra. Así como sus discursos, despiadados y lúcidos, dirigidos al establishment literario local e internacional, pueden compararse a los furiosos ensayos de Lihn redactados en plena dictadura contra los poderes omnipotentes de un Estado asesino. Bolaño, al vincularse con estos escritores, declara a qué parte de la tradición literaria chilena pertenece y a cuál no. Se sitúa cerca de la poesía radical, y lejos de la narrativa. Si se leen atentamente sus cuentos y novelas, es fácil percatarse de que Bolaño es un prosista avezado, que conoce de ritmos, de precisión, de soltura y de adjetivos exactos. Siempre fue un poeta dedicado a la prosa con el mismo rigor que piden los versos.


Bolaño, asimismo, fue para los lectores y escritores que descreían de las novelas locales, una sorpresa. Muchos chilenos sólo leen a Bolaño y se saltan con brutalidad a todos los demás narradores porque se aburren con ellos. Eso significa que los libros de Bolaño marcan un hito en la literatura chilena. Para muchos jóvenes su lectura fue una bocanada de frescura en un ambiente cultural sofocante. La velocidad deslumbrante de su escritura liberó definitivamente a la narrativa chilena de sus ínfulas decimonónicas. El imaginario que Bolaño impuso aún es una patada certera al realismo bruto y al surrealismo trasnochado.


¿Cómo leemos a Bolaño desde Chile? Con fascinación, gratitud y humor. Bolaño tiene la virtud de inspirar a otros escritores. Su descendencia podría ser generosa.

*** Nacido en 1971, publicó poesía y es director de Publicaciones en la Universidad Diego Portales.

viernes 13 de abril de 2007

una nueva traducción de 'a sangre fría', de truman capote

En febrero pasado Anagrama publicó una nueva traducción de A sangre fría, de Truman Capote, hecha por Jesús Zulaika después de casi veinte años de venir reeditando la de Fernando Rodríguez —que inicialmente había publicado en 1988—. Sin duda alguna la presentación a principios del año pasado de la película Capote, basada en la biografía que hizo Gerald Clarke del autor norteamericano, despertó un interés por todo lo que tiene que ver con éste. Tanto, que A sangre fría entró durante algunos meses a la lista de los libros más vendidos —algo que también sucedió recientemente con El perfume tras la salida de su adaptación cinematográfica y que seguramente sucederá muy pronto cuando se presenten las películas basadas en Las partículas elementales, de Michel Houellebecq, y en El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez—.


Si libros como A sangre fría, Desayuno en Tiffany’s y Música para camaleones podían clasificarse desde hace mucho tiempo en la categoría que se conoce como long sellers, la película que gira en torno al período de la vida de Truman Capote que éste consagró a esclarecer las circunstancias en las que dos hombres asesinaron a los Clutter en Holcomb (Kansas) representa la oportunidad perfecta no sólo para llamar la atención sobre la calidad literaria del conjunto de su obra sino también para despertar el interés del público por ésta —lo cual desde el punto de vista comercial se traduce en ventas—. Por otro lado, no es una coincidencia que la película basada en la biografía de Capote y sus Cuentos completos, una novela inédita titulada Crucero de verano cuyo manuscrito fue hallado en sus archivos y una compilación de cartas del escritor llamada Un placer fugaz hayan salido de manera casi simultánea.


Dejando de lado las consideraciones comerciales, la importancia de la publicación de una nueva traducción de A sangre fría se deriva del hecho de que propone una nueva forma de abordar un texto que en su momento se atrevió a solapar los territorios del periodismo y de la ficción literaria echando mano de las herramientas, de las técnicas y del estilo de ambos géneros para dar origen a lo que se conoce como la novela de no ficción.

jueves 12 de abril de 2007

de paseo por las librerías / mesa de novedades [ 2 ]

Más que una librería, Casa del Libro parece una tienda de cadena del tipo de El Corte Inglés, Sears o Iserra. En la mesa de novedades de esta librería que ha optado por seguir el modelo de las grandes superficies no hay más que novelas de esas grandes y gordotas con portadas coloridas, manuscritos perdidos, curas lascivos, detectives místicos, reyes malvados y sectas demoníacas. Una particularidad importante de la sucursal de Casa del Libro de Passeig de Grácia en Barcelona—que por cuestiones de identidad cultural local se llama Casa del Llibre— es que la mayor parte de los títulos de su mesa de novedades son en catalán.

Como El Corte Inglés, Casa del Libro es una de esas instituciones rancias y de mal gusto que hay en España —claro, cada lugar tiene las suyas—. La entrada de la librería no presagia nada bueno: una de las vitrinas laterales y los detectores antirrobo son utilizados para promocionar El cuento numero 13, de Diane Setterfield.

A continuación presento el registro que hice en mi visita de ayer a esta librería:


Librería: Casa del Llibre de Passeig de Grácia

Fecha: miércoles 11 de abril de 2007 (6.43 p.m.)


Algunos libros de la mesa de novedades:

- El cuento numero 13, de Diane Setterfield

- El código Da Vinci, de Dan Brown (versión libro de bolsillo)

- ¿Quién se ha llevado mi Blackberry?, de Lucy Kellaway

- En brazos de la mujer madura, de Stephen Vizinczey

- El evangelio según Judas, de Benjamín Iscariote

- La amante en guerra, de Maruja Torres *

- Estados peligrosos, de Noam Chomsky y Gilbert Achcar *

- Petites memòries, de José Saramago

- El cinquè en joc, de Robertson Davies

- Dones de Manhattan, de Candace Bushnell *

- El corazón helado, de Almudena Grandes

- El pedestal de las estatuas, de Antonio Gala *

- L'església del mar, de Ildefonso Falcones

- El caníbal, de Isabel-Clara Simó *

- L’art de viure, de Goliarda Sapienza

- Viatges per l’Scriptorium, de Paul Auster

- Manuscrito MS 408, de Therry Maugenest

- La herencia de Gothia, de Jan Guillou *

- El palacio del Tibet, de Patrick Weber

- Rastros de sándalo, de Asha Miró y Anna Soler-Pont *

- El escriba del faraón, de César Vidal

- La sangre de los inocentes, de Julia Navarro

- El quinto día, de Franz Schätzing *

- 616. Todo es infierno, de David Zurdo y Ángel Gutiérrez

- Hannibal. El origen del mal, de Thomas Harris

- Aquesta història, de Alessandro Baricco

- Àcid sulfúric, de Amélie Nothomb

- Mozart III. El hermano del fuego, de Christian Jacq *

- Los pilares de la tierra, de Ken Follet *

- Kafka a la platja, de Haruki Murakami

Curiosamente, al igual que Casa del Llibre una buena parte de los libros de su mesa de novedades pertenecen a sellos editoriales del Grupo Planeta —ver los que tienen un asterisco (*) en frente—.


miércoles 11 de abril de 2007

las obras completas de galaxia gutenberg

El sello Galaxia Gutenberg, que forma parte de la filial española del gigante editorial Random House el cual a su vez pertenece al grupo alemán Bertelsmann, emprendió hace unos años el proyecto de publicación de las obras completas de varios autores fundamentales del siglo XX. Entre ellos se encuentran figuras como Juan Carlos Onetti, Mario Vargas Llosa, Franz Kafka, Federico García Lorca, Elias Canetti, Günter Grass, Julio Cortázar, Juan Goytisolo, Nicanor Parra, Octavio Paz, Pablo Neruda y Vladimir Nabokov.



A primera vista esta iniciativa es bastante interesante en la medida en que no sólo parece recoger en una sola colección la totalidad de los libros de distintos autores que se encuentran dispersos en distintos sellos y que en ocasiones no han vuelto a ser editados, sino que también puede representar un esfuerzo por atraer la atención del público hacia obras que hasta el momento estaban condenadas al olvido por falta de visibilidad. Por otro lado, en el caso de los autores que escriben en lenguas distintas del español como Franz Kafka, Elias Canetti, Günter Grass y Vladimir Nabokov la iniciativa de Galaxia Gutenberg podría ser la oportunidad perfecta para hacer nuevas traducciones que aborden el texto original desde una perspectiva diferente de la propuesta por las que se consideran canónicas —como ya lo han hecho las editoriales Valdemar, Losada y Lumen al proponer traducciones alternativas a À la recherche du temps perdu, de Marcel Proust—.



Sin embargo, en algunos casos Galaxia Gutenberg ha preferido comprar las traducciones existentes —como en el de Vladimir Nabokov, cuya obra narrativa ha sido recogida por Anagrama en la Biblioteca Nabokov—. Es importante aclarar que en la presentación que en su página web hace la editorial de su colección de obras completas hay un vacío de información que, al dar origen a malos entendidos, puede terminar por llevar a cuestionar la seriedad de esta iniciativa: por un lado, no queda claro cuántos tomos comprenden la obra completa de cada autor —¿cuántos se han publicado hasta ahora? ¿Cuántos hacen falta?—; y, por el otro, tampoco se especifica cuáles son las obras incluidas en cada uno de ellos —una información que está referenciada en la contraportada de cada tomo—.

En el caso de Julio Cortázar, por ejemplo, no se especifica cuál de los cuatro tomos de su obra completa incluye textos como La vuelta al día en ochenta mundos, Último round, Fantomas contra los vampiros multinacionales, Silvalandia, Obra crítica o Los argonautas de la cosmopista. De hecho, ni siquiera queda claro que estos textos fundamentales de la obra de Cortázar estén incluidos en estos cuatro tomos que pretenden recoger la obra completa del escritor argentino.

Aunque esta iniciativa de Galaxia Gutenberg es interesantísima, considero que esta falta de claridad en la presentación del proyecto se presta para confusiones que pueden levantar sospechas con respecto al rigor con el que éste se está llevando a cabo.

martes 10 de abril de 2007

entrevista a valeria bergalli, editora de editorial minúscula / "me interesa mucho la escritura que se encuentra en la frontera"


minúscula es una de esas editoriales independientes que le apuestan a la construcción de un catálogo consistente que se atreva a alejarse de los caminos comúnmente transitados por las propuestas mayoritarias. La editora Valeria Bergalli nos habla acerca de las motivaciones que en 1999 la llevaron a crear minúscula, del perfil de cada una de sus tres colecciones y del tipo tanto de textos como de autores que le gusta incluir en el catálogo de la editorial.


MARTÍN GÓMEZ: ¿Cuándo y por iniciativa de quién surge la idea de crear la editorial minúscula?

VALERIA BERGALLI: La historia es bastante larga. Desde que era muy joven tuve la fantasía de dedicarme al mundo de la edición y, sobre todo, de tener la posibilidad de fundar una editorial o, de alguna manera, de poder configurar un catálogo. Entonces me cuesta mucho establecer un momento a partir del cual tengo una iluminación y digo ‘quiero dedicarme a esto’. Es algo que, además, está muy relacionado con mi vida personal y familiar. Por ejemplo, mi abuelo era pintor e ilustrador y tenía su estudio en casa. Cuando yo era muy pequeña, incluso antes de ir al colegio, leí La isla del tesoro ilustrada por mi abuelo. Todas estas clásicas cosas que uno lee o comienza a hojear de pequeño. Yo veía cómo mi abuelo trabajaba en casa y cómo luego eso que él hacía regresaba en forma de libro. Él me explicaba todo el proceso por el que habían pasado sus dibujos, lo cual al final era una explicación de cómo nace un libro.

Por otro lado, soy hija única y mis padres han viajado desde que yo era muy pequeña. Nací en Buenos Aires, mi madre es italiana y pasé casi toda mi adolescencia en Alemania. Durante muchos años estuve haciendo con mis padres un triángulo entre Buenos Aires, Roma y Alemania. Para mí estos viajes fueron una experiencia extraordinaria que, por otra parte, también suponía muchas despedidas y mucha distancia con respecto a las cosas que yo había vivido poco tiempo antes. Por eso los libros eran una manera de continuar la relación que yo quería tener con mi país leyendo autores argentinos, de establecer un vínculo con Italia a través de la literatura italiana o de hacer una primera aproximación a Alemania cuando me fui a vivir allí. Para una hija única que cambiaba de país cada dos por tres los libros también suplían mucho la falta de amigos. Así que los libros siempre han formado parte de mi vida y creo que de una forma casi obligada yo iba incluyéndolos en mi proyecto vital para un futuro.

En cuanto a fechas concretas podría decir que en 1999 fundé la empresa y que los primeros libros salieron en el otoño de 2000. Evidentemente entre la creación de la empresa y la salida de los primeros libros hubo un trabajo intensivo. Incluso durante los años previos a la creación de la empresa hubo todo un proceso de elaboración del catálogo que también fue bastante intenso.

M.G.: ¿Cómo se definió el perfil de las distintas colecciones de la editorial minúscula?

V.B.: Tenemos tres colecciones: ‘Alexanderplatz’, ‘Paisajes narrados’ y ‘Con vuelta de hoja’, que es la más reciente. Las tres están bastante relacionadas aunque cada una tiene un perfil bastante definido. ‘Alexanderplatz’ es una colección dedicada a dar a conocer obras tanto de narrativa como de ensayo de autores de habla alemana. Digo ‘de habla alemana’ porque son autores no sólo alemanes, sino también de otros países que han escrito en esa lengua que se ha utilizado en muchos lugares más allá de las fronteras de Alemania. Me interesaba mucho poder dar un panorama en cierto modo sistemático y al mismo tiempo muy libre de la producción literaria existente en esta lengua. Buscaba hacerlo de una forma bastante sistemática porque creo que antes de la Guerra Civil española Alemania y España tuvieron contactos muy intensos que luego se interrumpieron. Como desde los años ochenta han ido apareciendo de forma bastante errática textos de autores alemanes, me interesaba mucho la idea de ofrecer de forma libre —en el sentido de no seguir ningún orden cronológico ni historiográfico— estos puntos de vista sobre este tipo de literatura. Y hay un periodo que me interesa especialmente que es no sólo los años veinte y treinta, sino también lo que luego será el exilio alemán tanto de los que se quedaron y lograron sobrevivir al Tercer Reich como el de quienes tuvieron que irse. Los autores que hemos publicado en esta colección muestran un hincapié en este periodo pero la idea es llegar hasta nuestros días sin necesidad de seguir un orden cronológico.

La colección ‘Paisajes narrados’ está compuesta por autores de distinta procedencia, algunos de ellos de habla alemana que es una predilección que yo tengo pero que no es una cuestión sólo de gusto personal sino también de interés para los lectores de aquí debido justamente a la interrupción durante tanto tiempo del contacto entre España y Alemania que son de una rabiosa actualidad.

Algunos de estos libros fueron escritos en los años veinte y treinta pero hablan de muchos temas de los que nos seguimos ocupando. La cuestión de la literatura urbana, por ejemplo. Tú coges una novela que publicamos sobre Frankfurt y te encuentras con que toda la temática urbana está tratada allí de una forma mucho más moderna y cercana a nosotros que en muchas de las novelas que se escriben hoy en día.

También está la intención de insistir mucho en la idea de Europa, por lo cual hemos publicado muchos autores de los países del este. Hoy en día se dice sobre todo en los medios de comunicación que ‘Europa se ha ampliado al integrar a países como Polonia’, lo cual es un grave error porque todos estos países siempre han formado parte de Europa —en algunos casos mucho más que la misma España, que en ocasiones se ha encontrado en la periferia— y porque lo que en realidad se ha ampliado es la Unión Europea. Cuando lees a los autores de países como Chequia, Eslovaquia, Polonia, Hungría o la ex Yugoslavia, resulta que son autores profundamente europeos. Y es fascinante descubrir las conexiones entre ellos porque va saliendo a flote la base de esa idea de Europa que practican aunque no la expresen abiertamente. Hay una red de ciudades con un intercambio cultural interesantísimo: Berlín, Praga, Budapest, Viena… Más allá de las fronteras estatales había un intercambio cultural intenso gracias a la gente que viajaba. Por ejemplo, en las colaboraciones periodísticas para los distintos diarios de esa zona el alemán funcionaba como una lengua que unificaba. Un caso fascinante es el de Joseph Roth, que trabajaba en una y otra redacción sin importar las fronteras estatales.

Eso venía por el lado del Imperio Austrohúngaro, que funcionaba como un mosaico de pueblos que tenían un patrimonio cultural compartido. Todo esto es fascinante teniendo en cuenta muchos de los temas que estamos pensando hoy en día más allá de la misma calidad literaria, que en el caso de nuestros autores buscamos que sea sobresaliente porque lo que nos interesa es la literatura —y no hacer algún tipo de panfleto—.

‘Paisajes narrados’ es una colección abierta que busca explorar el papel que ocupa el lugar en la literatura. Los ingleses tienen la expresión the sense of place, que sugiere la exploración de textos que pueden surgir a partir del estímulo que produce el hecho de intentar aprehender un determinado lugar real o imaginario. La colección también busca explorar los microcosmos que se van creando alrededor de un determinado lugar, por lo cual creo que la expresión ‘paisaje’ engloba muy bien esto si la entendemos como todo lo que forma parte del lugar y no sólo como la apariencia física de éste.



M.G.: ¿Cree usted que en el catálogo de minúscula hay una oferta que en este momento no están haciendo ni los grandes grupos ni las editoriales independientes y que, por lo tanto, la editorial está cubriendo un vacío?

V.B.: Creo que minúscula se ha ido abriendo un lugar aunque no se trata de llenar un vacío, sino de crear una propuesta bastante definida que resulte reconocible para el lector y de que el catálogo represente una constelación de libros que adopten una forma determinada. En ese sentido no publicamos libros individualmente. Hay muchas maneras de constituir un catálogo pero yo creo mucho en la idea de colección, que a mí me facilita mucho el trabajo. Podríamos sacar un libro tras otro, de manera que por más que entendiéramos que todos los títulos tienen un aire de familia no dejarían de ser individualidades. Me gustaría mucho que al cabo de los años el lector encontrara en nuestro catálogo un mundo definido y que lo reconociera como el mundo de minúscula. Debido a la manera como están organizadas nuestras colecciones, a lo largo del tiempo he ido dándome cuenta de que poco a poco va emergiendo un gusto por ciertas obras paradójicamente más recientes —porque la mayoría de autores que publicamos son del pasado— que se inscriben en la línea de estos textos que se encuentran en el medio de varios géneros y que cuesta definir como narrativa pura. Creo que ahí hay una cierta marca de la casa.

No sé si minúscula viene a llenar un vacío pero sí pretendemos presentar un catálogo que sea una puerta abierta a un mundo bastante definido.

M.G.: ¿En qué consiste la estrategia tanto editorial como comercial de minúscula para suscitar en el público el interés por territorios que hasta hace un tiempo habían permanecido poco explorados en España?

V.B.: El desarrollo de nuestra estrategia es una tarea bastante ardua porque éste es un proyecto a largo plazo. Jamás pretendí conseguir resultados inmediatos. Mi estrategia consiste en ganarme los lectores de uno en uno. Espero que cuando los lectores lean un libro de minúscula queden lo suficientemente contentos para tener las ganas y la curiosidad de leer las otras cosas que la editorial publica. Aquí retomo la idea de colección: ya hay lectores que tienen una o dos colecciones completas. Hay quienes son más aficionados a ‘Paisajes narrados’ y quienes lo son a ‘Alexanderplatz’ o a las tres. Debo decir que esta idea fue entendida rápidamente y que a partir de la publicación del tercer o cuarto título había gente que estaba pendiente de la salida del siguiente. Incluso hay alguna persona que nos escribe diciéndonos que le falta el número tal de la colección. Y eso sí que lo busqué porque creo que ésta es una manera interesante de trabajar. Por otra parte, me parece la más honesta. En definitiva de lo que se trata es de hacer las cosas bien y de hacerle ver al lector por dónde vas —es decir, que tú trazas unas líneas y luego las sigues en lugar de que al cabo de tres o cuatro libros le cambies todo el esquema—. Mi intención era establecer unas líneas de trabajo e intentar mantenerlas en la medida en que dieran resultado porque si cometes un error luego tienes que subsanarlo.

También está la cuestión del diseño editorial, que es un aspecto sobre el que trabajamos bastante. Aunque todas las colecciones son distintas porque a cada una la identifica un color, el diseño guarda ciertos patrones que las hace reconocibles. En el caso de ‘Alexanderplatz’ recurrimos a un formato más grande porque sabíamos que había textos extensos que en otro formato no funcionarían bien. Para mí el libro es algo que tiene que ofrecer compañía al lector y por eso éste tiene que poder llevarlo a todas partes e incluso metérselo en el bolsillo del abrigo. Creo mucho en el libro que acompaña porque a mí los libros siempre me han ofrecido mucha compañía. De ninguna manera me interesaba hacer un tipo de libro grande y rígido que no permitiera este tipo de cosas y que hubiera que dejarlo encima de una mesa. Todo lo contrario, me gusta que la gente pueda llevarse los libros a donde quiera. Aunque por el tamaño los de minúscula podrían parecer libros de bolsillo, en ellos el tipo de papel, el interlineado e incluso la tipografía son mucho más refinados.

M.G.: ¿Cómo describiría los criterios y el proceso de selección de los autores y títulos que se incluyen en el catálogo de minúscula?

V.B.: En primer lugar, la calidad literaria. En segundo lugar, deben ser obras que encajen en alguna de nuestras tres colecciones. No descarto crear otra colección en el futuro —de hecho, ‘Con vuelta de hoja’ es bastante reciente—. Salvo que sea algo que me guste muchísimo, descarto todo lo que no encaje dentro de estas líneas porque su publicación desconcertaría mucho a los lectores. Es decir, en realidad un título tiene que responder muy bien a estas limitaciones que me he autoimpuesto. Seguramente a otra persona le costaría muchísimo trabajar de esta forma que a mí en realidad me facilita mucho las cosas porque me permite definir si tal libro es para minúscula o no —independientemente de que me guste mucho—. Hay muchas cosas que me habría encantado publicar pero que no hemos publicado porque no tenemos ahora la colección adecuada o porque no responden al espíritu de lo que estamos haciendo.

M.G.: ¿Existe un común denominador a los autores publicados por minúscula?

V.B.: Ya irán saliendo algunos autores muy distintos de los que hemos publicado hasta ahora, que en realidad son muy disímiles entre sí. No son de la misma época y tanto sus estilos como sus géneros son diferentes. Ya te he dicho que me gusta mucho mezclar géneros, como se ve en el hecho de que en la misma colección haya narrativa, ensayos, epistolarios y reportajes. Pero creo que son autores que fácilmente pueden entablar un diálogo entre sí gracias a los temas o a su manera de escribir. Insisto en lo que te decía antes en relación con que estoy yendo cada vez más hacia este tipo de escritura que se encuentra en la frontera, que es algo que comparten muchos de estos autores.

Es fascinante ver y constatar cómo lejos de limitarse a los dominios de la novela, la maestría narrativa se da en muchos otros ámbitos. En la narrativa esa capacidad de contar la encuentras también en reportajes, ensayos o diarios —y no sólo en el cuento o en la novela—.

M.G.: Un poco más de seis años después de la publicación de los primeros títulos, ¿cómo ve el posicionamiento de minúscula entre las editoriales y entre los lectores?

V.B.: Es un momento interesante en el que tenemos muchas cosas buenas. Con frecuencia reeditamos títulos nuestros, lo cual es una muy buena señal porque en el fondo para editoriales como minúscula —desde el punto de vista del tamaño y de la cantidad de títulos que publicamos al año— lo fundamental es que haya una red de librerías independientes que esté en buena salud, que sea fuerte y que tenga una presencia amplia. En definitiva, librerías que trabajen de manera similar a la nuestra: intentando ofrecer a los lectores cosas que no son las propuestas mayoritarias o las que buscan sobre todo el rendimiento comercial. Nosotros no dejamos de ser una empresa y evidentemente el rendimiento comercial es importante para la subsistencia de la propia editorial, pero como yo me considero una editora con vocación cultural de lo que se trata no es sólo de ganar dinero sino también de poder proponer y mantener un proyecto cultural y literario. Mi preocupación es que esta red de librerías se mantenga y subsista. De hecho, en España esta red existe y está bastante bien. Por lo tanto proyectos como el de minúscula y algunos otros son viables gracias a la existencia de estas librerías. Pero tenemos que estar alerta, sobre todo viendo lo que ocurre afuera —por ejemplo lo que ha pasado en Gran Bretaña a partir de la desaparición del precio fijo, que es muy importante—. También debemos prestarle atención a lo que está sucediendo con las grandes cadenas, que para propuestas como la de minúscula no es muy positivo.

En muchos aspectos América Latina es un fermento incluso más vital que España. Yo exporto a América Latina y te puedes imaginar que el problema es el precio por la diferencia entre el euro y el dólar. El libro hecho en España se encarece mucho al exportarlo, por lo cual la alternativa sería imprimir allá. Por otra parte, la acogida de los libros es muy buena —sobre todo en Buenos Aires y en Ciudad de México— porque hay una sensibilidad lectora. La cuestión está en vigilar que esto se mantenga porque lo contrario sería fatal para proyectos como éste.

M.G.: ¿Podría adelantarnos algo con respecto a los libros que minúscula está preparando en este momento?

V.B.: Hace poco salió El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža que es el autor croata por excelencia del siglo XX y que ha sido comparado con Brecht, con Musil y con Gombrowicz. Los libros de Krleža han sido traducidos a más de cuarenta lenguas y nosotros tenemos el privilegio de ser los primeros en traducir su obra al español. También acabamos de publicar México, un libro de un autor italiano llamado Emilio Cecchi que hace unos años había publicado el Fondo de Cultura Económica y del cual encargamos una nueva traducción porque estaba agotado. Se trata de un caso excepcional porque en general publicamos cosas que antes no habían aparecido en español. Este libro viene con una presentación de Italo Calvino y habla de un viaje a través de California, Nuevo México y México durante los años treinta.

También estamos preparando Viaje a Rusia, un libro de Joseph Roth —de quien el año pasado publicamos sus Crónicas berlinesas— que se desarrolla en los años veinte.

lunes 9 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 4 ] / ‘convergencia’, de francis pisani



Transnets, el blog del periodista francés Francis Pisani, es una de mis referencias obligadas para entender no sólo la evolución de las nuevas tecnologías de la información y de la comunicación, sino también las repercusiones que actualmente tienen éstas sobre nuestras vidas a partir del uso que hacemos de ellas.

A continuación reproduzco dos entradas de su blog en las que Pisani comenta algunos de los aspectos centrales del libro Convergence Culture, Where Old and New Media Collide Convergencia cultural, donde los medios viejos y nuevos colisionan—, de Henry Jenkins.

Me parecen bastante interesantes los comentarios de Pisani con respecto a las repercusiones de la convergencia tecnológica sobre el consumo de contenidos, al rol activo de los usuarios en la producción de éstos, a las nuevas estructuras sociales que genera la convergencia y a la importancia que adquieren la idea tanto de 'cultura de la participación' como de 'inteligencia colectiva'.


Convergencia (1) - Un fenómeno cultural


¿Y si la convergencia fuera otra cosa distinta de lo que decimos habitualmente? A la vez diferente y mucho más importante. Un fenómeno todavía más cultural que técnico.

Para la mayoría de nosotros, se trata de la capacidad de reunir diferentes medios en un mismo aparato. Para algunas salas de redacción, el término se refiere a la transformación del periodismo en un nuevo medio en el que se encuentran imágenes, audio y textos. En los dos casos el término remite a un concepto esencialmente tecnológico que es un poco limitado.


Para Henry Jenkins, sin embargo, el término convergencia describe cambios quizás más culturales y sociales que tecnológicos. Una teoría que él desarrolla de manera consistente a partir de múltiples ejemplos concretos en su libro Convergence Culture, Where Old and New Media Collide Convergencia cultural, donde los medios viejos y nuevos colisionan—.

“Por convergencia entiendo el flujo de contenidos que pasa por múltiples plataformas de medios, la cooperación entre diversas industrias y el comportamiento emigrante de las audiencias listas a ir a donde sea en busca del tipo de pasatiempos que quieren”, escribe Jenkins.

A partir de este concepto de base, el fascinante libro de este profesor del Massachussetts Institute of Technology aborda igualmente las cuestiones de la cultura de la participación y de la inteligencia colectiva.

De hecho, todo depende de la “participación activa de los consumidores”. “El consumo”, aclara Jenkins, “se ha convertido en un proceso colectivo, que es lo que entiendo en este libro por inteligencia colectiva”.

Si The Long Tail La larga cola—, el libro de de Chris Anderson, analiza una parte esencial de la economía de la Web 2.0, Convergence Culture nos invita a sumergirnos en sus dimensiones culturales.

En lugar de anunciar la muerte de los medios tradicionales, Jenkins pone al día la extraordinaria fertilidad a la cual da lugar la colaboración con los nuevos medios… bajo el impulso de los usuarios. “Si el paradigma de la revolución digital [tal como se formulaba hace una década] presuponía que los nuevos medios desplazarían a los viejos, el paradigma de la convergencia emergente asume que los medios viejos y nuevos interactuarán cada vez de manera más compleja”, explica.

La tecnología avanza por saltos. Los medios evolucionan porque ellos también son “sistemas culturales”. Reflexionando bien al respecto (y llevando un poco más allá su razonamiento), termina uno por preguntarse si los aparatos no tienden a divergir mientras que los contenidos convergen.


Convergencia (2) - La invención de los relatos transmedios


Una de las grandes virtudes de Convergence CultureConvergencia cultural—, el libro de Henry Jenkins del que ya he hablado, es que rastrea esta evolución mayor a partir de la cultura popular. La obra sigue muy de cerca la manera como la cultura popular es consumida, particularmente por los jóvenes estadounidenses.

Jenkins muestra cómo se constituyen las comunidades de seguidores alrededor de series televisadas como Survivor y American Idol, al punto de influenciar la evolución de éstas. Cómo con la complicidad total de los hermanos Washchowski estas comunidades han inventado la narrativa “transmedios” (el arte de “fabricar universos” de los que debemos reunir fragmentos dispersos en distintos medios).

El libro nos hace descubrir cómo Star Wars ha dado lugar a una colaboración entre las comunidades de seguidores y las empresas de medios y cómo los niños han sentado las bases de una nueva cultura de los medios (hoy indispensable), apropiándose de las versiones en línea de Harry Potter.

En cada uno de los casos que estudia extensamente (un capítulo para cada uno), Jenkins muestra la tensión – cooperación que se crea entre medios viejos y nuevos a la vez que el enfrentamiento entre los responsables de los medios y los usuarios. El autor ve la situación en términos de batallas a librar ahora. “Las empresas de medios están aprendiendo a acelerar los flujos de contenido por diferentes canales de distribución para extender sus oportunidades de ingresos, ampliar el mercado y reforzar el compromiso del espectador. Los consumidores aprenden, por su parte, a utilizar estas diferentes tecnologías para gestionar más plenamente los flujos de contenido bajo su control y para interactuar con sus pares. Las promesas de este nuevo entorno de medios abren expectativas de un flujo de ideas y de contenidos más libres”.

A partir de esta pista, Jenkins aborda naturalmente las dimensiones sociopolíticas del fenómeno. “Los efectos políticos de estas comunidades de seguidores no provienen solamente de la producción y de la puesta en circulación de ideas nuevas (la lectura crítica de los textos favoritos), sino también del acceso a estructuras sociales nuevas (inteligencia colectiva) y a los nuevos modelos culturales de producción (cultura de la participación)”.

El paisaje político, la naturaleza de nuestros compromisos y las herramientas de las que nos valemos cambian porque nuestras relaciones con los medios se transforman. Es por esto que lo que Jenkins ha bautizado (me parece que de manera insatisfactoria) la cultura de la convergencia es tan importante.

domingo 8 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 3 ] / entrevista a imre kertész: "en la dictadura, la literatura te devuelve a tu propia existencia"

Reproduzco la entrevista a Imre Kertész, el escritor húngaro de origen judío que en 2002 recibió el premio Nobel de literatura, hecha por Cecilia Dreymüller y publicada el pasado 31 de marzo en Babelia.


Desde Berlín, donde reside y siente la libertad, el Nobel húngaro evoca la vida bajo una dictadura y reflexiona sobre lo que significa crear bajo su dominio. El escritor, sobreviviente del Holocausto, que publica un libro de ensayos y recupera una de sus primeras narraciones, repasa la historia de su país en el siglo XX y habla de lo que significa tomarse en serio la escritura.

Kertész recibe en el lujoso café —"es mi oficina"— del hotel Kempinski de Berlín, ciudad donde mantenía un piso de trabajo y a la que acaba de trasladarse. La suavidad de su voz concuerda con la finura de sus modales y la delicadeza de su expresión en un alemán culto y algo quebrado. Aunque atiende con amabilidad, se diría que se ha propuesto atajar definitivamente las servidumbres periodísticas, ya que acaba de publicar en Dossier K. Una investigación (que saldrá en otoño en Acantilado) una irreverente y muy sagaz "autoentrevista", donde un Kertész socarrón interroga a un Kertész remiso sobre su obra y su vida. La vida de un hombre (Budapest, 1929) que a los 15 años fue internado en Auschwitz y después trasladado a Buchenwald. El autor húngaro publica en España el libro de ensayos La lengua exiliada y Un relato policiaco.



PREGUNTA. Un relato policiaco nace, en 1976, como una especie de relleno, para la publicación de otra novela.

RESPUESTA. Así es. El editor era un gran conocedor de la literatura universal. Tiene que haber un mínimo de diez octavillas, dijo. Para completar el volumen de mi novela El rastreador necesitaba otro texto de una determinada extensión. Yo, entonces, desde hacía mucho tiempo, rumiaba la idea de Un relato policiaco y, de repente, se presentó esta emergencia. Lo tuve que escribir con extrema celeridad, porque en el llamado socialismo un libro tardaba dos años en ser publicado, y si uno se quedaba fuera del plan, había que esperar cuatro años. De modo que me instalé con mi proyecto en una casa de escritores, y en dos semanas lo terminé; así aparecieron los dos textos juntos.

P. Lo que no se explica es cómo semejante historia pudo pasar la censura.

R. Mire, en Hungría, en aquella época -estamos hablando de 1977- teníamos lo que se llamaba el "comunismo gulash", una versión blanda del comunismo anterior y, de hecho, la censura no era la misma. Cada redactor jefe o director de una editorial era responsable de su propia empresa. Una censura central, tal como la había en Polonia o en la antigua Checoslovaquia, no existía en Hungría. Se trataba de una historia seudo-suramericana. Todo era ficción; no había un Estado suramericano así. De modo que el editor lo podía leer como algo completamente inocuo, incluso dijo: ¡pero si es como aquí! (risas). Y así fue como se publicó. No llamó mucho la atención, como todos mis libros, y después desapareció.

P. En su ensayo de 1990, Budapest, Viena, Budapest, llama a la literatura "el único sentido de la vida". ¿Opina hoy igual que entonces sobre la importancia de la literatura?

R. Mi actitud no ha cambiado, pero me he dado cuenta de que la literatura ahora no posee, ni por asomo, la importancia que tenía entonces en Hungría. Pero eso me da igual. Aunque la literatura resulte superflua, para mí es esencial. Esto es todo; no quiero y no puedo valorar de forma objetiva si vale lo que escribo. Simplemente escribo porque me apetece.

P. Me refería a que en una dictadura la literatura constituye un canal para el desarrollo de una actividad mental.

R. Ah, sí, desde luego. En la dictadura la literatura adquiere una relevancia existencial, al menos cuando uno se toma en serio la escritura. La literatura te devuelve a tu propia existencia, ya que ocuparse cada día con uno mismo sirve para aclararse la vida. Es triste, pero imprescindible.

P. En Ensayo de Hamburgo afirma ser un escritor que saca su inspiración exclusivamente de lo negativo. ¿Cómo logra inspirarse en la actualidad?

R. (Risas) Bueno, hoy escribo más desde lo positivo. Mi último libro, Dossier K., probablemente sea mucho más alegre que mis otras obras. Es algo que he disfrutado mucho. Pero en aquel entonces -hay que trasladarse mentalmente a los años setenta, ochenta- no había ninguna esperanza de que se produjera un cambio. No era previsible que esta superpotencia, ese mamut, ese elefante, se derrumbase algún día. Fue un milagro.

P. ¿Cree que "el intelectual superfluo" del que habla en su ensayo del mismo título ha desaparecido?

R. No, creo que sigue estando allí. En Hungría, por descontado. Y, desgraciadamente, desempeña un papel importante en la sociedad y en la política. Hungría está pasando por una crisis y en esta crisis se dan muchos problemas artificiales de rasgos superfluos que simplemente no pertenecen a la época actual: nacionalismo, antisemitismo, derecha e izquierda, no son conceptos que ayudan a un país a vivir. Pintan problemas de hace cien años, se lo aseguro, ya que el pasado histórico no asumido de Hungría empieza con la Primera Guerra Mundial. Al final de aquella guerra, Hungría pierde dos tercios de su territorio y el resentimiento que surge entonces sigue vigente hoy. Después, la época de entreguerras, el papel de Hungría en la Segunda Guerra Mundial, la alineación del comunismo después de 1956, nada de esto será asumido. Son cuestiones muy difíciles que representan una pesada carga para una sociedad; además, fueron hábilmente eludidos. No sé cómo ha sido en España; al principio, después de la dictadura de Franco, parecía más difícil, pero hoy no se percibe ninguna dificultad.

P. ¿En qué dirección se mueven las nuevas generaciones de intelectuales húngaros?

R. No lo sé muy bien, no tengo demasiado contacto con mi país para pronunciarme con certeza, pero hay mucha extrema derecha. Un joven, que me encontré casualmente en el avión, me contó que estudia en la Universidad de Budapest y le llamaba la atención, al conocer otras universidades en Occidente, que en todas los jóvenes son de izquierdas, mientras que en Budapest la mayoría tiende a la derecha. Y esto es fruto del resentimiento, la incapacidad de superar el pasado. Es como una enfermedad que brota una y otra vez, igual que en Yugoslavia y Polonia. Es una señal muy significativa de que Europa todavía está lejos de estar unida; existen, como mínimo, dos Europas.

P. En su obra reelabora siempre experiencias vividas. ¿Por qué se opone al término "ficción autobiográfica"?

R. Porque todo es ficción, el ser humano es una ficción. Si contemplo mi vida, veo que me hago escritor cuando nada indicaba que lo fuera. No contaba con nada, no conocía nada, no tenía un proyecto, y los que emprendía eran completamente irreales, imposible vivir de ellos o verlos publicados en una sociedad como la de la Hungría comunista. Pero me atenía a esta ficción que me había inventado y llevaba una doble vida: una vida secreta, grandiosa y una vida muy estrecha en la superficie. Me decía entonces que vivía como un escritor inglés: me levanto, reflexiono, escribo algo; lo único que no hago es jugar al golf y al tenis y no conduzco un coche. Me atenía firmemente a esta ficción y así me convertí en una ficción. Lo que me permite escribir de mí mismo como de un extraño, como en Dossier K.: es un diálogo, aparentemente es un diálogo entre yo y mí mismo, pero poco a poco aparece una tercera persona que observa discutiendo a estos dos, controlando que, como en una partida de pimpón, intercambiamos correctamente la pelota. Un juego curioso.

P. La ficción está estrechamente relacionada con un tema muy recurrente en su obra: el concepto de la realidad, la realidad construida interiormente y la realidad en un sistema totalitario.

R. Yo creo que siempre vivía en la irrealidad, siempre fui una invención, hasta que me empezaron a doler las muelas. El dolor de muelas me hizo comprender que existía (risas) e iba al dentista. Pero, aparte de esto, me tomo las cosas alejándome de la realidad; no siempre puedo diferenciar los distintos niveles y menos cuando escribo. Me sorprendo a mí mismo con algunas frases. Cuando estuve trabajando en Yo, el otro, una frase fue muy importante para mí: "La libertad no se puede experimentar en el mismo lugar donde uno ha sido esclavo". Esto, simplemente, lo había escrito así, como una frase clara con un ritmo, y diez años más tarde se había convertido en una profecía. Fue mi verdad existencial: tenía que marcharme de allí.

P. ¿Es ésa la razón por la que vive ahora en Berlín?

R. Sí, así es. Durante cuarenta años yo no he tenido pasaporte. Ni siquiera podía viajar a un país vecino. Yo soy un hombre de la gran ciudad, me siento a gusto en un entorno extraño, me encanta estar rodeado de una lengua extranjera. Y vivía atado a mi tierra como un hombre de la Edad Media. Ésta es una de las razones por las que vivo aquí, aunque también me siento a gusto en Berlín. Es una ciudad interesante, liberal, abierta, donde vivo con más libertad y, sobre todo, no tan cargado de problemas que no me importan. No tengo que repetir como un loro mi fidelidad a Hungría o que soy escritor; ya no me tengo que ocupar de los problemas de mi país.

P. En su discurso del Premio Nobel señala que tal vez el lenguaje ya no sirva para "representar los procesos reales, los conceptos que en otros tiempos eran inequívocos". ¿Qué puede ofrecer el lenguaje al escritor del siglo XXI?

R. Ésa es la cuestión en la que hay que ahondar. En todos mis libros el lenguaje es diferente. Eso se manifiesta de forma muy marcada en Sin destino. La cuestión era ¿se puede crear un "lenguaje atonal"? Empleo este término musical para caracterizar un lenguaje que no posee tónica, no tiene tonalidad de do mayor o de si bemol menor, lo cual significa que no existe un consenso entre los seres humanos, que no hay una cultura válida; en otras palabras, los términos han cambiado por completo. Crear un lenguaje atonal suponía para mí desentenderme del todo de los significados originales de las palabras; todas las palabras han adquirido un contenido nuevo en la situación en la que tiene lugar mi historia. Este "lenguaje atonal" implicaba en Sin destino que la novela no debe narrar, una técnica en la que siempre hay un presente, pero nunca una narración. La manera en que se vive el presente, mediante momentos discontinuos, muestra el desgarramiento, lo inconcebible, el falso orden del mundo. Es una técnica que hay que variar en cada libro.

P. Su "lenguaje atonal" recuerda mucho el lenguaje de Kafka.

R. Kafka se publicó muy tarde en Hungría. El primer libro de relatos de Kafka lo pude leer alrededor de 1964. Tenía un diario de Kafka que pude comprar en Budapest en alemán, pero mi alemán entonces no era lo suficientemente bueno para leerlo sin dificultades. En realidad, Kafka no ha tenido tanta influencia en mí, lo cual fue una suerte para mí. No sé si hubiera podido escribir mi obra bajo la influencia de una cabeza tan excepcional y, sobre todo, un talento literario tan extraordinario. Su forma de representar pequeñas cosas, cómo describe a un hombre, es fantástico. En cambio, un libro que sí quería urgentemente leer, cuando trabajaba en Sin destino, del que me enteré por los periódicos húngaros que hablaban del proceso de Eichmann en Israel, porque trataba del mismo tema que me ocupaba a mí, la banalidad del mal, fue Eichmann en Jerusalén, de Hannah Arendt. Tampoco lo conseguí.

P. ¿Quiénes fueron sus maestros literarios cuando decidió ser escritor?

R. Sobre todo, Thomas Mann y Camus, dos puntos estelares completamente distintos; ellos fueron mis pilares. A Thomas Mann, gracias a Dios, lo leí relativamente pronto; en 1954 se publicó un libro de relatos con La muerte en Venecia, etcétera, y me hizo un gran efecto. Esa monotonía literaria del estalinismo, esas novelas soviéticas con su mala literatura: encontrarme, de repente, con un texto existencial fue grandioso. Después de 1956 leí El extranjero, de Camus. Eso lo he descrito en Dossier K.: ambos escritores acabaron conmigo, pero cuando resucité me sentía feliz de haberlos conocido.

jueves 5 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 2 ] / ‘parece que las editoriales miran a los blogs...’, de josé antonio millán

Gracias a sus aportes a la discusión en torno a la relación entre las nuevas tecnologías y la edición, actualmente José Antonio Millán ocupa en ésta un lugar central como referente y como prescriptor de opinión. Hace poco José Antonio publicó en su blog El futuro del libro una carta que recibió, que sugiere que al parecer las editoriales se han dado cuenta de la contribución que están haciendo los blogs a la reflexión sobre ciertos temas y de su capacidad de movilizar opinión.

A continuación reproduzco la entrada que publicó José Antonio en El futuro del libro tras recibir la carta en cuestión:


Parece que las editoriales miran a los blogs...

¿Cuántos otros blogs habrán recibido un email con el asunto "Regalo de la Editorial XX"? Lo reproduzco, suprimiendo las informaciones que pudieran conducir a su identificación:


Estimado José Antonio,

Permíteme presentarme. Mi nombre es ***.

Llevamos desde hace un tiempo trabajando para la editorial XX, y una de las acciones que les hemos propuesto es tratar de mejorar su relación con la blogosfera y que algunos bloggers tengan acceso a sus publicaciones.

He seleccionado tu blog por la temática de actualidad y crítica social que reflejas y creo que te puede interesar la última obra de ***.

Nos encantaría que lo aceptases como regalo de la editorial, y si te apetece, compartas la experiencia con tus lectores. Para ello solo es necesario tu aceptación y tus datos de envío (y un número de teléfono para el mensajero) para hacerte llegar el ejemplar de forma totalmente gratuita. Puedes ampliar información al respecto en la web de la editorial.

Espero que aceptes la invitación, me envíes tus datos y disfrutes del libro.

Un saludo y gracias por tu atención


Es interesante que una editorial (importante) esté contando con los blogs dentro de su estrategia de comunicación. ¿Funcionará?

miércoles 4 de abril de 2007

lecturas de fin de semana [ 1 ] / ‘literatura y mercado’, de juan goytisolo

Abro las lecturas de fin de semana con ‘Literatura y mercado’, un texto de Juan Goytisolo acerca del problema que plantea la frecuente existencia de una brecha entre la calidad literaria y el potencial de ventas de algunos libros. Este texto publicado el 3 de febrero de 2007 en Babelia recoge y aborda algunas de las inquietudes que me llevaron a abrir este blog y varios de los temas que he venido tratando aquí.


Literatura y mercado
Por Juan Goytisolo

El autor de obras como Reivindicación del conde don Julián asegura y lamenta que las editoriales hayan dejado de publicar novelas que por su complejidad complacen la pereza de los amantes de la telebasura. Reprocha que algunos intelectuales sostengan que los mejores libros son los que se venden más. Insiste en la desertización cultural.


Como todos los años, el balance de las obras literarias correspondiente a 2006 se presta a opiniones encontradas. Para unos, se trata de una cosecha feliz; para otros, de un reiterado estiaje. Probablemente, ambos puntos de vista disponen de argumentos en su favor. Dependen, claro está, del acento que ponen, ya en los resultados de la promoción comercial de ciertos autores y títulos, ya en la rareza de unas rosas de arena creadas en el desamparo de una semiclandestinidad.

No obstante la "perversa inclinación nacional por los malos poetas" señalada por Márquez Villanueva, a ningún perpetrador de versos mediocres se le ocurre la peregrina idea de vivir de ellos: se valdrá a lo sumo de su vanagloria y destreza para forjarse una carrera rentable y escalar a pulso a la cima de nuestro Parnaso. Mas el caso de la novela es distinto: desde la popularización del género a mediados del XIX, han coexistido en ella el texto literario y el producto editorial, Stendhal y Sue, Flaubert y Dumas, Joyce y los epígonos de Balzac. Grandes editores como Gallimard compaginaban felizmente los éxitos de ventas con textos de una expresión literaria refinada y extrema. Los beneficios encajados con los primeros permitían la publicación de los exploradores de nuevos ámbitos. No olvido, desde luego, que grandes novelistas —Tolstói, Mann, García Márquez...— alcanzaron o han alcanzado en vida un envidiable número de lectores, pero son una excepción. En cualquier caso, no se propusieron jugar con dos barajas: su logro no obedecía a cálculo personal alguno sino, como leemos en Las mil y una noches, a una venturosa confabulación del azar.

En los últimos decenios asistimos a una ruptura de dicho equilibrio. Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa. Más grave aún, con el aval de la prensa afín, e incluso de un ilustre académico, sostienen que las mejores novelas son las que venden más: ¡dictamen inapelable que enhesta a El código Da Vinci, La sombra del viento o La catedral del mar a alturas de una himalayana sublimidad!




La condena implícita de la rareza o anomalía promueve la consabida reincidencia en temas históricos, folletinescos o costumbristas, cuyos ingredientes —sexo, misterio, exotismo, ciencia ficción— son conocidos de antemano por el lector. El aletargamiento del público se propaga a su vez al autor y le induce a dar más y más de lo mismo. La belleza y precisión del lenguaje no cuentan y, aún menos, la audacia de la propuesta artística. Los escaparates de las grandes librerías y los muestrarios de almacenes y supermercados revelan los resultados de esta poco gloriosa complicidad.

El elevadísimo número de publicaciones en un país como España, en donde la lectura es escasa —aunque no conduzca ya "a los hombres o la hoguera / y a las mujeres a la casa llana", como en tiempos de nuestro primer escritor—, agrava aún la desertización cultural. Las novedades se suceden a un ritmo cada vez más célere y las novelas minoritarias, publicadas por editoriales pequeñas, desaparecen pronto de los estantes (¡si es que llegan a ellos!) y caen en el pozo negro en el que se almacenan las obras devueltas y condenadas a la destrucción.

La voracidad del mercado y los apriorismos de la institución literaria contribuyen así a la exclusión de una serie de autores que a lo largo de los últimos decenios han creado una obra considerable. Lejos de los centros del poder mediático y de los promotores de la visibilidad, permanecen en un limbo del que sólo les rescata una conmemoración huera o la curiosidad arqueológica de un investigador. Ciñéndome a los ya fallecidos, me pregunto: ¿quién conoce hoy Escuela de mandarines, de Miguel de Espinosa? Pero también los etiquetados como metafísicos o los que despuntaron con brillantez durante los primeros años de la transición han sido sepultados en vida y no disponen siquiera de lápida en su cementerio. La reaparición de alguno, como Ramiro Pinilla, tiene todos los visos de milagro, de una increíble resurrección.

La actualidad avasalla a la modernidad. Como observó uno de mis maestros, cuanto fue actual ayer ya no lo es hoy, y lo que es hoy, no lo será mañana. La modernidad, en cambio, circula como un manantial subterráneo a través de los siglos. Leemos La lozana andaluza con la misma impresión de frescura de una gran novela contemporánea. Pero las obras indultadas por el paso del tiempo son más bien escasas. Nadie recuerda hoy a los campeones de ventas de la época en la que me aventuré a hollar por primera vez el sendero abrupto de la literatura.

La prensa de alcance nacional y sus suplementos culturales colaboran también en el extrañamiento de lo queer o anómalo (alguien me calificó una vez de "escritor raro" ignorante sin duda del inmenso e inmerecido elogio que ello suponía para mí: ¿no se definió Cervantes a sí mismo como "raro inventor"?). Las novelas innovadoras ajenas al entramado de la mercadotecnia suelen ser dejadas de lado -salvo en el caso de escritores ya viejos y conocidos- en provecho de las más comerciales. Si a ello se añaden las dificultades de incluir en sus páginas una indispensable reflexión sobre las lecturas reductivas del pasado y sus ocultaciones, origen de nuestra ya crónica discontinuidad cultural, el panorama revela bajo el barniz de una seudomodernidad, el conformismo heredado de la ideología nacional católica que vertebró el franquismo.

Pocos parecen advertir que el célebre aforismo de André Gide —"lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella"— mantiene su vigencia al hilo de los días. Necio sería el escritor que se lamentara de su incomprensión cuando ello constituye a menudo una prueba de la capacidad innovadora de su empresa. La propuesta literaria original o insólita choca con la rutina de lo establecido y quienes apuestan por la literatura lo saben. Se requiere con todo una buena dosis de honradez, paciencia y fe en el futuro como los que alientan en algunos novelistas jóvenes o menos jóvenes que iniciaron su ardua andadura a mediados de los noventa del pasado siglo. Pienso en obras y autores como El paraíso perdido, de Antonio Pérez Ramos; I love you Sade y La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré; Nembrot y Cabo de Hornos, de José María Pérez Álvarez; Fragmenta y En esa ciudad, de Javier Pastor; El mundo a media voz, de José María Ridao; Retrato de un asesino en prácticas, de Francisco López Serrano; El vano ayer, de Isaac Rosa... Otros y otras habrán escapado a mi atención y, como empedernido lector que soy, lamento su omisión y mi deplorable descuido.

En un universo subyugado por la dictadura de lo trivial, su resistencia tenaz, casi heroica, constituye la garantía de la supervivencia de un género que, como la mejor poesía de siempre, florecerá en adelante en la calidez de la confidencialidad. La gloria es efímera y quienes toman su obra en serio en vez de tomarse en serio a sí mismos no se exponen, como los últimos, a los vuelcos de una moda que arramblan con quienes la siguen. Como decían sabiamente los surrealistas "toda idea que triunfa corre fatalmente a su ruina".

martes 3 de abril de 2007

anuncios para los próximos días: lecturas de fin de semana y entrevista a valeria bergalli, editora de editorial minúscula

Como durante los días santos algunos de los lectores habituales de [ el ojo fisgón ] no tendrán acceso a Internet, yo también voy a aprovechar para desconectarme y tomarme un descanso hasta la mañana del próximo martes 9 de abril.

Para retomar mi trabajo como se debe, ese día publicaré la entrevista a Valeria Bergalli, editora de Editorial minúscula, titulada ‘Me interesa mucho la escritura que se encuentra en la frontera’. En ella Valeria nos habla acerca del origen de la idea de fundar una editorial tan particular, del tipo de textos y autores que le gusta incluir en el catálogo de minúscula y de la manera como fue definiendo el perfil de sus tres colecciones: Alexanderplatz, Paisajes narrados y Con vuelta de hoja.

A partir de ahora aprovecharé los sábados y domingos para sugerir algunas lecturas de fin de semana sobre temas que me interesan y que plantean ideas que me parece que gozan de una vigencia sorprendente, aunque no siempre sean de actualidad. Este fin de semana incluiré varios textos:

'Literatura y mercado', de Juan Goytisolo (publicado en Babelia)

'Parece que las editoriales miran a los blogs...', de José Antonio Millán

'Vivir a través de la escritura', entrevista de Cecilia Dreymüller al escritor húngaro Imre Kertész

'Convergencia', de Francis Pisani

Nota: me gustaría que me sugirieran textos para incluir en las lecturas de fin de semana, así que si alguien tiene alguna sugerencia puede escribirme a la siguiente dirección:


de paseo por las librerías / mesa de novedades [ 1 ]

Como siento la necesidad de ir a menudo a las librerías y siempre que voy a una me gusta ponerle especial atención a lo que hay tanto en la mesa de novedades como en las secciones que me interesan —particularmente en la de narrativa norteamericana, británica y latinoamericana—, decidí empezar a llevar un registro más o menos sistemático de las cosas que encuentro cuando voy a ver libros. Me pareció que éste podría ser un ejercicio interesante para definir de la manera más precisa posible el perfil de las distintas librerías que visito.

Como son las dos librerías que están más cerca de mi casa, ayer en la noche pasé un rato tanto por La Central del Raval como por la Fnac del centro comercial El Triangle y me puse a tomar nota de los libros que había en la mesa de novedades de cada una de ellas. Salvo el par de novedades obligadas, los libros que están en la mesa de novedades de una y otra son completamente distintos. De hecho, diría que el énfasis que cada librería hace en su oferta define no sólo su identidad sino también su tipo de público.

A continuación presento el registro que hice en mi visita de ayer a ambas librerías:

Librería: La Central del Raval

Fecha: lunes 2 de abril de 2007 (9.12 p.m.)



Algunos libros de la mesa de novedades:

- Arthur & George, de Julian Barnes

- Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster

- Ácido sulfúrico, de Amélie Nothomb

- La mesilla de noche, de Edgard Telles Ribeiro

- El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales

- Esta historia, de Alessandro Baricco

- Todas las cosmicómicas, de Italo Calvino

- Un relato policiaco, de Imre Kertész

- La lengua exiliada, de Imre Kertész

- Mantícora, de Robertson Davies

- Delicioso suicidio en grupo, de Paasilinna Arto

- Nocilla dream, de Agustín Fernández Mallo

- Léxico familiar, de Natalia Ginzburg

- El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada

- El corazón helado, de Almudena Grandes

- El retorno de Filip Latinovicz, de Miroslav Krleža

- Els reptes de l´educació en la modernitat líquida, de Zygmunt Bauman

- Cuestión de énfasis, de Susan Sontag

- Obras completas. Libro 2. Vol 1, de Walter Benjamin

- El perdedor radical. Ensayo sobre los hombres del terror, de Hans Magnus Enzensberger

- La cosa en sí, de Andrés Trapiello


Librería: Fnac (centro comercial El Triangle)

Fecha: lunes 2 de abril de 2007 (9.42 p.m.)


Algunos libros de la mesa de novedades:

- Escucha mi voz, de Susanna Tamaro

- Mujeres de Manhattan, de Candace Bushnell

- El corazón helado, de Almudena Grandes

- El pedestal de las estatuas, de Antonio Gala

- Hollywood Station, de Joseph Wambaugh

- El mercenario de Granada, de Juan Eslava Galán

- La catedral del mar, de Ildefonso Falcones

- La sombra del viento, de Carlos Ruiz Zafón

- El séptimo velo, de Juan Manuel de Prada

- Mira si yo te querré, de Luis Leante

- Cien años de soledad (edición conmemorativa), de Gabriel García Márquez

- El cuento número trece, de Diane Setterfield

- Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster

- Los 36 hombres justos, de Sam Bourne

- Hannibal. El origen del mal, de Thomas Harris

- Fantasmas del pasado, de Nicholas Sparks

- 20 pasos hacia adelante, de Jorge Bucay

- Cosmofobia, de Lucía Etxebarría

- Luna nueva, de Stephenie Meyer

- El niño con el pijama de rayas, de John Boyne

- Wicked. Memorias de una bruja mala, de Gregory Maguire

- Como iba diciendo, de Andreu Buenafuente

- La sangre de los inocentes, de Julia Navarro

- S de silencio, de Sue Grafton

- El quinto día, de Franz Schätzing

- La habitación de ámbar, de Steve Berry

- Los 36 hombres justos, de Sam Bourne

- Dos niñas vestidas de azul, de Mary Higgins Clark

- La clave Gaudí, de Esteban Martín y Andreu Carranza

- Roseanna, de Per Wahlöö y Maj Sjöwall

- El libro del destino, de Brad Meltzer


Aunque en sus mesas de novedades ambas librerías coinciden en recoger títulos publicados recientemente como
Viajes por el Scriptorium, de Paul Auster y El corazón helado, de Almudena Grandes, las diferencias entre una y otra son más que notorias: mientras que la de La Central se arriesga a atravesar la frontera de los caminos más fáciles de transitar ofreciendo libros cuya calidad literaria sobresaliente no garantiza un éxito en ventas —por ejemplo, le da un lugar privilegiado al ensayo, la apuesta de la de la Fnac se centra en ese tipo de best seller —particularmente en el thriller—que se deja leer fácilmente en el aeropuerto, en el metro o en la playa.


Sin lugar a dudas, este matiz marca una diferencia sustancial entre una librería especializada y una gran superficie de tipo generalista en donde se puede comprar desde un diccionario inglés - español hasta las boletas del próximo concierto, pasando por un Play Station 3
. Lo anterior también puede constatarse en los siguientes pantallazos de la página inicio del website de ambas librerías:




lunes 2 de abril de 2007

¿de cuáles fuentes bebe la publicidad?: julio cortázar, copy de la agencia atlético internacional

El spot de la nueva campaña creada por la agencia Atlético Internacional para Seat León es una clara muestra de lo híbrido que puede llegar a ser el terreno de la publicidad debido a su capacidad de utilizar y asimilar ideas provenientes de campos distintos. Adicionalmente, creo que la realización de este spot en el que las imágenes y la voz del escritor argentino Julio Cortázar leyendo el Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj nos muestran la relación que establece un hombre con su automóvil también sugiere que esa idea de que por un lado están la llamada ‘alta cultura’ y por el otro la ‘cultura popular’ se restringe cada vez más al ámbito de la academia rancia, de señores engominados y de ancianas estiradas.





Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Tomado de Historias de cronopios y de famas. Julio Cortázar, 1962.