miércoles, 30 de julio de 2008

la paciente tarea de perseguir libros [ 2 ]

El programa de mi curso de “Cuatro narradores norteamericanos” incluía Un árbol de noche, de Truman Capote, que es el libro de cuentos más bonito que he leído hasta el momento —no puedo evitar releer cada cierto tiempo Niños en su cumpleaños, La botella de plata y Miriam, tres relatos que cada vez me emocionan incluso más que la primera vez—. Aparentemente ninguna librería de Bogotá tenía el libro en stock, por lo cual tuvimos que leerlo en fotocopias.


Un árbol de noche me gustó tanto, que la idea de no tener un ejemplar en mi biblioteca empezó a perturbarme. Cada vez que pasaba frente a una librería entraba a buscarlo pero poco a poco fui perdiendo la esperanza de encontrarlo. Sin embargo, entre tanto se me atravesaron por el camino otros libros de Capote como El arpa de hierba, Otras voces, otros ámbitos y Música para camaleones, que entonces tampoco se encontraban fácilmente.


Como Álvaro Castillo sabía que yo estaba enganchado a la narrativa gringa, cada vez que yo pasaba por San Librario me ofrecía libros que había ido encontrando y que había guardado para mí. Sin embargo, no había por ningún lado quien diera razón de Un árbol de noche.



En ese momento ya tenía todos los volúmenes de cuentos de Raymond Carver que existían en castellano —se los pedí a los de Círculo de lectores, que distribuyen Anagrama en Colombia, y que me los dieron como parte de pago por haber trabajado en un concurso de cuento que organizaba el periódico El Tiempo— y desde hace un tiempo habían empezado a llegar a las librerías colombianas las ediciones de Alianza de El guardián entre el centeno, de Nueve cuentos y de Franny y Zooey, de J. D. Salinger


***



Toda la semana había estado en el cierre de la revista en la que trabajaba entonces y el viernes después de hacer la última revisión de pruebas de impresión tenía que ir a una papelería a comprar materiales para hacerle un cartel de bienvenida a mi hermanita, que regresaba a Bogotá después de vivir un año en Francia. Aprovechando que estaba cerca, decidí ir a la Panamericana de la calle 72 con carrera 15 a hacer las compras.


Después de comprar moldes de letras, cartulina y globos decidí subir a la sección de libros para distraer el cansancio que llevaba encima. Tras echarles un ojo a las mesas de saldos, que era lo que había ido a ver inicialmente, pasé por las estanterías y sin estar buscándolo encontré justamente un ejemplar de Un árbol de noche en una edición de bolsillo de Sudamericana importada de Argentina que era más bien fea —sin embargo, la traducción era la misma que Juan Villoro había hecho para Anagrama—.


Estuve hojeando el libro durante un rato ansiosamente porque me parecía increíble haberlo encontrado. Sin embargo, al cabo de un momento caí en cuenta de que no llevaba ni un peso encima mío —después de hacer las compras del cartel de mi hermanita sólo me habían quedado unas cuantas monedas para pagar el bus que tenía que coger para ir a mi casa—.


Ahora que había encontrado un libro que había buscado durante tanto tiempo no iba a dejarlo escapar por el simple hecho de no tener dinero, así que decidí buscar un lugar seguro para esconderlo e ir a comprarlo al día siguiente a primera hora. Después de probar varios escondites y distintas formas de camuflar el libro, lo metí al fondo de los estantes donde estaban los manuales de jardinería.


Lo extraño es que cuando iba de salida vi en la mesas de novedades un ejemplar de Luna caliente, una novela bellísima de Mempo Giardinelli que en Colombia había publicado editorial Norma—en España lo hizo Alianza—, que llevaba mucho tiempo descatalogada y que yo había dejado de buscar después de haberla sacado de la biblioteca Luis Ángel Arango —ahora la editaba Planeta, junto con el resto de la obra del escritor argentino—. Aunque en los estantes había un par de ejemplares más de Luna caliente, en ese momento me pareció que lo más coherente con lo que acababa de hacer era coger uno y esconderlo junto a Un árbol de noche.




Ese viernes por la noche mi mamá tuvo que hacer sola el cartel de bienvenida para mi hermanita porque el estado de exaltación en el que llegué había agudizado mi torpeza para las manualidades. Al día siguiente me levanté temprano, cogí el carro de mi mamá sin avisarle y me fui por la carrera séptima hasta la calle 72 esquivando todo lo que se me atravesaba por delante.


***


Ya tenía todos los libros que me habían obsesionado durante un par de años y que me había costado mucho trabajo encontrar. Buscarlos infructuosamente durante tanto tiempo me había producido tanto desgaste, que un buen día terminé dándome cuenta de lo absurdos que habían llegado a ser mi adoración por los libros y mi apego a mi biblioteca —que sigue estando en la que era mi habitación en la casa de mis papás, supongo que cubierta de polvo—.

6 comentarios:

Un beletrista dijo...

Abres las ganas de perseguir ese árbol en la noche... A partir de ahora, cuando entre en una librería, tendré los ojos más abiertos...

Un abrazo,

Carlos

martín gómez dijo...

Carlos, haces bien en abrir bien el ojo. Estoy seguro de que no te vas a arrepentir.

Un abrazo pa' ti también.
Martín.

Camilo Jiménez dijo...

Ya tenemos, enhorabuena, los cuentos completos de Capote en edición de Anagrama. Llegaron tarde, porque también los fui comprando por volúmenes, muchos de Arango Editores. Pero también compré esa edición.

Busque los de Ribeyro, querido Martín. Es tan o más grande, que los que puede leer en "Un árbol de noche", se lo aseguro.

martín gómez dijo...

Sí, Camilo, la salida de los cuentos completos de Capote fue una bendición.

Los de Ribeyro los tengo en Bogotá en el mamotreto de Alfaguara que compré en mi última Feria del libro. Recuerdo haber leído unos cuantos cuentos buenísimos...

Ahora que vaya a Bogotá les echaré un ojo de nuevo a los cuentos de ese libro. ¡Uy, y a los cuentos completos de Onetti también!

Seguimos...
Martín.

Pachá de Patrasso dijo...

Pues, como variante, un libro, me hizo conocer a un buen amigo de libros.
Estaba en Chile, conociendo Valparaíso, y, un libro que siempre he buscado: "Trastorno" de Thomas Bernhard, no iba a ser la excepción dentro de las preguntas a las librerías chilenas. Lo extraño es que no conocía a nadie que compartiera mi gusto por el autor, así que siempre era un solitario deleite.

Un casi señor se encontraba primero que yo en el mostrador y estaba deletreando un apellido:

-B-e-r, no, ere de ratón, n-hard, como duro en inglés.

Mi sensación fue difícil de controlar. El muchacho ya no tan muchacho buscaba "Trastorno".

Desde entonces y gracias a la red, me ha recomendado muchos libros, y hace poco me propuso un "cuatromanos" en su blog.

Increíble ese poder de la literatura. Increíble.

(Ninguno ha podido conseguirlo)

martín gómez dijo...

Hombre, eso sí que es una coincidencia.

No puedes perder la esperanza de encontrar el libro porque recuerda que el partido sólo se acaba cuando el árbitro da el pitazo final.

Espero seguir viéndote por aquí.
Saludos.
Martín.